Política y terrorismo van de la mano con «Carlos»

Concebida originalmente como una miniserie de televisión, que se alzara con el Globo de Oro a la Mejor Miniserie y una nominación al Mejor Actor para su protagonista: Édgar Ramírez, así como sendas nominaciones a los premios Emmy y un premio al Mejor Montaje de la Academia del Cine Europea, junto a una nominación para su director: Oliver Assayas; "Carlos" se pasaba en el Festival de Cannes de 2010 con su duración original, de trescientos treinta y tres minutos, para ser posteriormente estrenada con un montaje "abreviado", con una duración de ciento sesenta y cinco minutos, que si se estrenaba en abril en España, el pasado junio lo hacía en Argentina.

"Carlos" viene a sumarse a una curiosa tendencia del cine contemporáneo que tiende a retratar a terroristas como héroes que luchan contra el sistema. Pero no con la intención de exaltar al personaje, sino con la de hacer reflexionar al espectador sobre los motivos que llevan al individuo a involucrarse en un modo de vida sin punto de retorno. Un relato intenso y emocionante que te atrapa desde la primera secuencia. Capaz de transmitir tanto el terror de las víctimas, como el estado de exaltación que experimentan los terroristas. Y del que lo primero que me llama la atención es el realismo, autenticidad y veracidad con la que se nos cuenta la historia.

El realismo viene dado por una fotografía de luz extremadamente naturalista, como suele ser habitual en el cine francés, pero con un tratamiento de color adecuado evocar cada una de las décadas que aparecen en la película. Como cuando vemos un programa antiguo por televisión y nos percatamos de las diferencias de color y definición, que no percibíamos cuando lo viéramos en su época, pero que se evidencia al echar la mirada atrás. Esta atmósfera está remarcada por una banda sonora absolutamente coherente y equilibrada que termina de encajar con la memoria visual de la época.

La autenticidad está plasmada en una magnífica ambientación que cuida hasta el último elemento del decorado y el vestuario, pero sin llegar a ser excesivo, evitando caer en lo kitsch, y sin casi prestar atención realmente al impresionante trabajo del equipo de arte. Todos estos elementos artísticos se apoyan en la veracidad de contarnos la historia en todos y cada uno de los idiomas en los que se comunicaban los personajes en la realidad: francés, inglés, español, alemán, árabe y algún idioma más que no puedo identificar, pero que dotan al relato de una legitimidad ausente por completo en la mayoría de producciones estadounidenses. Todavía me acuerdo de Javier Bardem interpretando en inglés al poeta cubano Reynaldo Arenas en "Before Night Falls", que si bien el esfuerzo del actor era incuestionable, habría sido menos artificial si hubiera estado realizado en español, tal y como Steven Soderbergh realizaría "Che: Part One" --en la que también participa Ramírez-- y "Che: Part Two.

El argumento de "Carlos" se desarrolla de lo particular a lo general, centrándose primero en el individuo, después en el grupo y por último en la sociedad a la que afectaron sus actos. Sexo y militancia parecen ir de la mano en la personalidad de Carlos, un individuo que parece necesitar la adrenalina para sentirse vivo. No será el caso de algunos de los componentes de su grupo, en dónde pone el acento Assayas para marcar la diferencia entre idealistas y sociópatas que canalizan su descontrolada adrenalina con la más absoluta ausencia de raciocinio. Si implacable es la manera de operar de Carlos, impecable resulta la interpretación de Édgar Ramírez, que se se entrega en cuerpo y alma, literalmente, a su personaje. Si la interpretación del actor venezolano es la más sobrecogedora, no menos interesantes resultan las de todos y cada uno de los actores y actrices que intervienen en el reparto, que aunque sólo dispongan de un par de secuencias para desarrollar sus personajes, lo hacen a la perfección.

Ellos intervienen en el Medio Oeste, ¿verdad? Y también debemos ser capaces de interferir en sus países.

Pero lo más interesante de "Carlos" es la visión global, la que pone de manifiesto la posibilidad de que terrorismo y política internacional vayan de la mano en muchos más países de los que quisiéramos pensar. Es muy curioso que cuando pareciera que el ombligo del mudo fueran los Estados Unidos de América, casi todo el relato se desarrolle en suelo europeo, no apareciendo las alusiones americanas más que en el tercio final.

Olivier Assayas parece querer hacernos reflexionar sobre la interpretación de las actividades de Carlos, que si hubieran conseguido sus objetivos, quizás se vería hoy como un héroe en lugar de como un terrorista. Y todavía más, si sus actividades tuvieron que evolucionar con la llegada de nuevos tiempos y la caída del muro de Berlín, que marcara el final de la Guerra Fría, también la caída de las Torres Gemelas de Nueva York marca el comienzo de una nueva época (¿un nuevo régimen?) liderada por la política del terror imperialista y su denominado eje del mal. ¿No quiere Assayas hacernos reflexionar sobre lo que hoy se considera terrorismo, que en otras épocas fuera denominado revolución?

4 estrellas