Secuencias favoritas: la encrucijada emocional de «Close Encounters of the Third Kind»

En el verano del revival de Steven Spielberg, en el que se ha estrenado "Paul" y en breve "Super 8", que rinden tributo a las películas de ciencia-ficción que realizara estando soltero; recopilando todavía los datos de la recaudación de "Transformers 3: Dark of the Moon"; teniendo pendientes de estreno filmes en los que participa como productor ejecutivo, como "Reel Steel" o "Men In Black III"; y con dos proyectos dirigidos por él mismo sobre la mesa de montaje, "The Adventures of Tintin" y "War Horse", y otros dos en fase de pre-producción, "Lincoln" y "Robopocalypse", no veo mejor momento para comentar, no ya una de sus películas que más me ha impactado, "Close Encounters of the Third Kind", sino una de las secuencias de la película que más desazón me ha provocado: la abducción de Barry.

Cuando se quiere hacer un análisis fílmico preciso y responsable, se debe tener muy en cuenta, no sólo la época en la que transcurre la historia de la película, sino más concretamente, el momento en el que está realizada. En 1977, el mundo no era, ni mucho menos, como el que conocemos ahora. No había Internet, ni teléfonos móviles, ni para nada se había desarrollado todavía la industria de los videojuegos. Pero Steven Spielberg tenía ya una prometedora carrera por delante después de haber conseguido un espectacular (y merecido) éxito con "Jaws", lo que le permitió hacer una película sobre un libro de ciencia ficción que él mismo había escrito y en el que se limitaba a proyectar sus propias fantasías de adolescente con respecto a la posible existencia de vida extraterrestre.

En España (país en el que resido), se vivían momentos de efervescencia, con la recién nacida (de nuevo) democracia, que hacían que todos los españoles (salvo los de extrema derecha) fueran optimistas con respecto a lo que nos deparaba el futuro. Probablemente por eso, una película de naturaleza tan positiva como la de Steven Spielberg en la que nos proponía, no sólo que no estábamos solos en el universo, sino que los extraterrestres eran seres bondadosos, que venían para ser nuestros amigos y que incluso nos devolvían todos aquellos seres humanos que habían ido abduciendo a lo largo de los años (entiéndase el doble sentido de mi frase, pues Spielberg mostraba a sus extraterrestres como buenos, a pesar de que habían estado secuestrando personas durante los últimos cincuenta años), estaba destinada a encantarnos. Por cierto que resultaba bastante perturbador, para un espectador de la época, encontrarse con un trailer que más que hablar de la película, explicaba lo que significaba su título, estimulando al máximo la imaginación del espectador sobre lo que iba a ver después.

Si la primera secuencia de la película (en español en su versión original) era capaz de cautivar por sí misma con aquel "anoche salió y el sol y me cantó", qué decir del momento en que Roy Neary (Richard Dreyfuss), es "adelantado" en un cruce por una nave espacial. Quizás la fascinación de la secuencia venga por representar lo que a muchos les gustaría que les sucediera, tal y como sugería el trailer original de la película, tener un encuentro de la tercera clase y que lo peor que te pueda pasar sea que se te queme la mitad de la cara. También la secuencia de los controladores aéreos resultaba muy efectiva, pero precisamente por lo que no mostraba, especulando con la probabilidad de que debía haber habido encuentros con naves espaciales, pero que no habían trascendido, precisamente por la incredulidad de la mayoría de la gente ante situaciones de este tipo.

Pero la secuencia que realmente me cautiva cada vez que la veo es, sin duda, la abducción de Barry (Cary Guffey). Una secuencia en la que el espectador puede sentirse identificado con la madre de Barry (Melinda Dillon), absolutamente aterrorizada ante a la idea de que unos extraterrestres se lleven a su único hijo, o con Barry, ajeno al peligro que corre, deseando jugar con unos pequeños seres que vienen de otro mundo. Aunque lo más probable, y ahí considero subyace la genialidad de la secuencia, es que la mayoría de los espectadores queden atrapados en una encrucijada emocional que les lleve a experimentar tanto la fascinación de Barry, como el terror de su madre (la secuencia la encontrarán hacia el minuto cuarenta y nueve).

Luego está la famosa secuencia de "la conversación", pero, sinceramente, creo que debe más a la impresionante banda sonora de John Williams, que al buen hacer del propio Steven Spielberg. Aunque considero que el paso del tiempo no ha hecho mucha mella en la película, la verdad es que las nuevas generaciones no parecen quedar igual de fascinadas que un servidor cuando la viera por primera vez. O al menos es lo que le pasó a mi amiga Laura cuando le puso la película a su hija de diez años, Wilma, quien alegara que le parecía aburrida la misma película que un servidor viera con sólo siete años y quedara absolutamente fascinado.