Secuencias favoritas: luz y oscuridad en la vida de «Tess»

Pasada la Semana Santa, comenzamos una semana que concluye con una festividad que se celebra en el mundo entero: el día del tramador. Quizás por eso ha venido a mi mente una película como "Tess", de la que la crítica alemana, primer país en el que se estrenara uno de los filmes más bellos de Roman Polanski, dijera que "la película es tan válida sólo como documental acerca de la vida en una granja lechera del siglo XIX", según reflejan en Miradas. Lástima que el crítico no pudiera reconocer toda la tragedia y el romanticismo de una historia basada en Tess, la de los Urberville, una novela de Thomas Hardy en la que están presentes el materialismo, el naturalismo y el pesimismo inherentes a toda su obra.

Fiel al espíritu de la novela, Roman Polanski realiza una aproximación absolutamente naturalista en un periplo que comienza un atardecer, momento en el que se hace la oscuridad en la vida de Tess (Nastassja Kinski), cuando su padre descubre, por casualidad, que su nombre procede de una familia aristocrática, motivo por el que envía a su preciosa hija a conocer a sus familiares más cercanos, sin saber que, en realidad, habían comprado los títulos que relacionaba a ambas familias.

Este encuentro marca el inicio de los males de la pobre Tess, que víctima de su natural e inocente belleza es violada por su supuesto primo, marcando el inicio de una vida llena de infortunios y penurias que sólo volverá a ver la luz en el momento en que llega a su fin, terminando Roman Polanski su película con un bello amanecer a través de los restos del monumento megalítico de Stonehenge.

Todo es vanidad

Mi frase favorita de la película y uno de los momentos más bellos, que se producen después de que Tess se acurruque junto a unas hojas para pasar la noche, a la intemperie. Entre mis momentos favoritos ciertamente también se encuentra ese momento en que Tess se dirige con sus compañeras de trabajo a la iglesia, interponiéndose en su camino un gran charco que podría ensuciar sus vestidos de los domingo. Al otro lado del camino se encuentran con Angel (Peter Finch), joven del que están todas ellas platónicamente enamoradas y que se prestará a transportarles alzándoles en peso hasta el otro lado del charco. Una secuencia larga, pero intensa, en la que la última en ser alzada será, precisamente Tess, motivo real por el que Angel confiesa haber realizado todo el esfuerzo.

Pero mi auténtica secuencia favorita de la película es un breve momento que establece una conexión visual con ese atardecer del principio y el amanecer del final, lo que en literatura se denominaría quiasmo, al repetir la alusión visual al astro rey, formando una simetría significativa entre principio y final y que se produce cuando, después de que Tess y Angel se confiesen mutuo amor, Tess quiera eliminar la piedra que se interpone en su camino hacia el altar. Tess tiene la necesidad de conseguir el perdón de Angel ante un acto que del que no fue causa, sino víctima, como fuera aquella violación que sufriera por su falso primo y que se materializara en un bebé que naciera y muriera después.

Tess escribe una nota explicando todo lo sucedido, dado que el dolor y la vergüenza le impiden hablar de ello directamente con Angel. Introduce su nota por debajo de la puerta de la cabaña donde vive Angel y al día siguiente se muestra totalmente feliz al encontrarse con una gran sonrisa y abrazo por parte de Angel, entendiendo que le perdona y comprende que lo sucedido no fue más que fruto del infortunio. Mas tiempo después, Tess descubre que al deslizar la nota por debajo de la puerta, esta había quedado oculta debajo de una alfombra, por lo que Angel nunca leyó su nota y sigue sin saber si tiene la capacidad de bondad suficiente como para perdonar que no sea tan pura e inocente como cieramente es.

Roman Polanski no necesita ni movimientos de cámara, ni ralentí ni ninguna floritura artificial para realzar el profundo pesar que se cierne sobre su protagonista. Le basta con colocarle ante un poderoso contraluz con respecto al sol, haciendo que la luz invada el plano, por un momento, impidiendo que veamos el rostro turbado de Tess ante el terrible descubrimiento. Si parecía que la luz iba a volver a la vida de Tess, todo fue fruto de la ilusión pues igual que cegado queda el espectador, permanece Tess ante su descubrimiento, y cegado quedará Angel, pero entre sus propios prejuicios cuando Tess le cuente, posteriormente, su desafortunada historia, invadiendo de tristeza nuestro asolado corazón.