Secuencias favoritas: «Blue Velvet» y nada como un buen comienzo

Puede que "Blue Velvet" sea el cuarto de los largometrajes dirigidos por David Lynch, tras títulos tan carismáticos y controvertidos como "Eraserhead", "The Elephant Man" y "Dune", pero es con esta película con la que comienza verdaderamente a formarse ese retorcido y atractivo mundo que conocemos como el universo Lynch, y que terminaría de florecer en "Twin Peaks".

Muchas de las señas de identidad de este peculiar y personal cineasta pueden encontrarse en cualquiera de sus títulos precedentes, sí, pero es en "Blue Velvet" donde parecen encontrar ese equilibrio entre forma y contenido que todo cineasta anhela para su obra, marcando un punto de inflexión en su carrera, que también estaría ligado al inicio de la colaboración profesional con Angelo Badalamenti, quien sería su compositor a partir de entonces.

Qué duda cabe que muchas son las secuencias que se podrían resaltar de la película, pero quisiera llamar la atención sobre su secuencia inicial. Ese inquietante y cautivador prólogo que pareciera introducirnos de lleno y desde el mismo inicio de la película, en el universo Lynch, un lugar en el que nada es lo que parece y en el que la situación más extraordinaria puede parecer la más natural, de la misma manera que lo más cotidiano también puede llegar a ser lo más extraordinario.

Si fuera cierta la máxima que dice que estamos ante una obra maestra cuando un cineasta es capaz capaz de condensar en sus primeros minutos la esencia de lo que desarrollará a lo largo de toda la película, como sucede con "Citizen Kane", por ejemplo, no cabe duda de que "Blue Velvet" refuerza esta idea.

Vayamos con detenimiento sobre una posible interpretación de esta secuencia. Lo primero que muestra David Lynch tras los títulos de crédito es la imagen de un intenso cielo azul sobre el que se escucha Blue Velvet, interpretada por el propio Bobby Vinton. La cámara realiza un movimiento para incluir en el plano un valla blanca delante de la que se alzan impetuosas unas rosas rojas, cuyos colores (azul, blanco y rojo) pudieran perfectamente querer simbolizar los de la bandera de los Estados Unidos de América.

A continuación se suceden imágenes de un vecindario en el que reina el orden y la armonía, hasta tal punto que cuando pasa un coche de bomberos, éste parece saludar al espectador. De entre todas las casas, nos fijamos en una de ellas en la que un afanado marido se encarga de cuidar el jardín, mientras la esposa disfruta relajadamente de una taza de café, sabedora de que el único mal que le puede acechar se encuentra controlado y atrapado, literalmente dentro del televisor, como sugiere la imagen de una mano empuñando un revolver.

Pero en la vida suceden cosas inesperadas y un nudo formado en la manguera con la que se riega el jardín, pudiera servir para simbolizar que tan tranquila y apacible vida se pudiera torcer en cualquier momento, sin avisar, como el repentino ataque que lleva al marido jardinero a desplomarse en el suelo.

La vida y la muerte, el comienzo y el fin, se juntan en un mismo instante, cuando un niño se acerca al escuchar los ladridos del perro que trata de cazar el chorro de agua que sale disparado de la manguera sujetada por el jardinero, que yace en el suelo ajeno a lo que está sucediendo.

En el mismo lugar, en el mismo momento, a otra escala inferior, también se libra otra lucha por la supervivencia. El bien y el mal, la vida y la muerte, dos mundos que conviven en el tiempo y el espacio, el de Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) y el de Frank Booth (Dennis Hopper), ese American Way of Life que tan bien nos han vendido y la realidad que se esconde por debajo, por detrás. Más adelante sabremos que los escarabajos simbolizan los problemas que complican nuestra existencia, por lo menos hasta que lleguen los jilgueros, hasta la primavera.