“Howl” o el cine y la libertad de expresión

En Empire Online apareció hace no mucho un interesante comentario acerca de las películas que en los últimos tiempos se enfocan en las producciones artísticas envueltas en un serio problema que en toda sociedad se presente de una manera u otra: la censura de una obra determinada. La cinta "Howl" (2010), protagonizada por James Franco y de muy escasa distribución --- un problema que las zonas hispanoamericanas tenemos también como una pata más de la "censura" de una película: aquella que determina qué producto es rentable y cuál no --- se concentra en el proceso sufrido por el poeta beatnik con respecto a su trabajo, acusado de exhibicionismo y ofensa a la moral pública, digamos, una de esas constantes en lo que respecta a la organización de un gobierno desde la época de la Revolución Francesa en adelante: la peligrosa metáfora que vuelve equivalente a una sociedad con un organismo, poniendo en peligro la vida de los particulares al juzgarlos beneficiosos o peligrosos para un determinado orden. Ahora bien: ¿vale para una película concentrarse en estos momentos de censura de la producción artística o es más interesante retratar un momento de producción ante todo, con sus partes buenas o malas?

Creo que el centro de la discusión tiene que estar en otro lado. En principio, hay que saber distinguir qué es lo que le interesa a Hollywood, a esta altura, un campo semántico con autonomía propia, para entender qué tipo de historias le interesan: cualquiera sabe que lo interesante para que una historia sea atractiva para el gran público son aquellas en donde el personaje protagonista sufre una radical transformación en su existencia y pasa de un momento de equilibrio a otro, siempre atravesando una grave crisis que implica una transformación radical. La conclusión de la nota de Helen O´Hara es que es mucho más interesante ver al artista superar una adversidad para llegar a una obra, adversidad del tipo "censura", antes que retratar un momento de producción creativa.

Ni una cosa ni la otra, decimos aquí: una obra no puede ser medida por el tipo de comentario que tiene su producción, sino por el resultado efectivo. Los ejemplos que cita la periodista en esta nota son todas situaciones muy diversas que dudosamente pueden ser equivalentes: ¿Cómo igualar dos novelas tan disímiles como "1984" de George Orwell, con su crítica al totalitarismo --- comunista, sí, pero capitalista también --- con "Farenheit 451" de Ray Bradbury? ¿Cómo pasar de esa comparación de novelas, literarias, con su correspondiente adaptación al cine? Más allá de ser discursos distópicos que plantean, como toda obra de ficción, un comentario con respecto a la sociedad actual, un "retrato", en ellas el problema es el límite de la individualidad y la articulación de diferentes técnicas de represión para controlar a los particulares, mientras lo otro, este tipo de cintas defendidas por la mencionada periodista, no son otra cosa que una edulcorada versión de un individuo tratando de realizar su actividad en los límites de lo permitido, esto es, una postulación de un "genio romántico" creando en la soledad antes que una crítica social efectiva. La distancia es clara: no hay crítica social, sino retrato interesante para las masas, por lo que por eso no podemos hablar de que lo primero sea su tema... La verdadera crítica insoportable es la que no sale, la que no tiene ningún tipo de distribución, la que no junta fondos; el resto son apenas cosquillas para los poderes de turno. Y de eso no hay casi ninguna película.