“Saw 3D” no es la peor de la saga

Lo que ocurre con la saga sobre Jigsaw es, cuanto menos, curioso. Hasta la fecha hemos podido disfrutar, en mayor o menor medida, de siete de estas películas en la gran pantalla. Mientras la primera de ellas fue verdaderamente sorprendente e impactante, con ese final inesperado cuyo frenético montaje creó escuela, la secuela intentó seguir su estela y al menos consiguió mantener el listón, aunque sin superarlo. La tercera parte se desinfló un poco con respecto a las anteriores, aunque fue una digna conclusión para una trilogía, porque al menos mantenía la coherencia con las obras previas.

Sin embargo, a partir de ahí la saga cayó en picado y lo único interesante que podíamos sacar de la cuarta, quinta y sexta entregas de la saga son las distintas pruebas a las que se veían sometidos los protagonistas. Si, unos gustos bastante macabros, pero es la realidad. Si tuviera que elegir entre esas tres para designarla la peor de la saga, sinceramente no sabría con cuál quedarme, porque están todas prácticamente al mismo nivel.

Pese a esto, la película que nos ocupa, que supone la séptima entrega de la saga, no llega a ser tan buena como las tres primeras pero al menos tampoco la podemos incluir por su calidad entre las tres siguientes. Digamos que se encuentra en un punto intermedio puesto que mantiene esa dinámica del sinsentido, del estiramiento de la trama, de añadir nuevas líneas argumentales aunque no tengan coherencia con el material anterior que destacaban en la cuarta, quinta y sexta, pero aparte de ello aporta elementos nuevos que no hemos visto en las seis películas anteriores. Y no me refiero sólo al uso del 3D que, aunque tiene escenas pensadas especialmente para ser disfrutadas con las gafas polarizadas, tampoco es especialmente remarcable.

Cualquier fan de la saga sabrá que estas películas siempre comienzan con una escena de introducción donde se nos muestra una prueba de Jigsaw a algún inocente. Este prólogo es, sin duda, lo mejor de "Saw 3D" no sólo por la prueba en sí, que tampoco es que sea especialmente novedosa, sino por las connotaciones que supone dentro de la saga. Dicha prueba no se desarrolla en un sótano o en una nave aislada de cualquier población: esta tiene lugar en la plaza de una ciudad, en un cubículo acristalado donde cualquier paseante puede ser un morboso espectador de lo que allí va a ocurrir.

Y esta es precisamente la idea más trascendental de la escena y la más novedosa con respecto a esta película, que no hemos visto en las seis anteriores y que tampoco se dará en el resto del metraje de esta séptima: lo morbosos que llegamos a ser como pasivos espectadores de una obra que, aunque sabemos que está mal, que una persona está sufriendo, no podemos —o no queremos— apartar la mirada. Eso también es lo que nos llevó a ver las anteriores entregas, lo que realmente nos llamaba de ellas: las pruebas y el sufrimiento de los personajes.

Aunque no sé si esa era la verdadera intención de Kevin Greutert al idear esa escena, sin duda es la lectura más plausible que se puede extraer de la misma, por cómo se ha creado y por lo distintos planos que nos muestra de la misma, dando la misma importancia a las víctimas que a la multitud de espectadores que se agolpan en la cristalera.

Una vez pasado este momento, el resto del metraje viene a ser más de lo mismo. Es curioso comprobar cómo estas películas se parecen más a un telefilm que a un largometraje hecho específicamente para ser visualizado en una sala de cine. La estética, esos escenarios tan descuidados, tan pésimamente trabajados, donde es inevitable pensar en todo momento que se trata de cartón más que de hormigón, evitan que nos tomemos en serio el discurso.

A esto también ayudan, y mucho, las interpretaciones de los actores. Es verdad que tampoco vamos a encontrar en la saga al ganador de un Oscar, pero quiero pensar que esa gente son "profesionales" y que cobran por hacer un trabajo, algo que indiscutiblemente, no lo realizan decentemente. Especialmente penosa es la relación entre el protagonista —Sean Patrick Flanery— y su mujer —Gina Holden—: ahí hay menos química que entre Clark Gable y Vivien Leigh —aunque ellos al menos lo disimulaban magníficamente—.

En resumen, una nueva película que se suma a la larga lista de Jigsaw y que sirve para cerrar al menos, la historia con respecto a las anteriores. Sin embargo, que no se alarmen los fans de la saga, puesto que la conclusión no es, ni mucho menos definitiva, y viendo los resultados en taquilla que ha obtenido, estoy seguro de que tendremos Jigsaw para rato.

3 estrellas

Fotos: Taquilla3 & NotasDeCine