«127 Hours», 93 minutos, 7 canciones y un pringado

Protagonizada por James Franco, “127 Hours” es un fallido intento de Danny Boyle por crear un filme de intriga alrededor de un hecho real.

Lo que más me sorprende de Danny Boyle es que, tras una estimable ópera prima, “Shallow Grave”, a la que sigue la que continua siendo hasta hoy el máximo exponente de su capacidad creativa, “Trainspotting”, ha conseguido vivir de las rentas de esta última, a pesar de los fiascos artísticos y económicos que supusieron “A Life Less Ordinary” o “The Beach”, recuperando sólo algo de ese esplendor en “28 Days Later”, pero que parece le ha permitido permanecer el resto de su filmografía en medio de un indefinido terreno artístico que roba de aquí y allá para alcanzar un collage audiovisual que sigue pareciéndose más a un videoclip que a un filme contemporáneo. Aunque no haya realizado ninguno.

Probablemente sin ser consciente de ello, esta característica de su cine le encuadra dentro de un escueto y "elitista" grupo de cineastas que basan toda su creación visual en el movimiento constante. Algo que pudiera parecer imposible cuando estamos ante una historia que deja a Aron Ralston (James Franco) atrapado entre una piedra y una pared durante casi todo el metraje de la película, y que el ingenuo Danny Boyle cree que puede solventar a base de todo tipo de estrafalarios recursos visuales que no terminan de encajar con la historia que nos está contando.

No es que no me interese la historia de Aron Ralston (James Franco), es que no me interesa en absoluto la manera en la que Danny Boyle me la cuenta. Lo único que tiene de interesante su película es la evocación qe provoca de otros títulos de similares características que sí consiguieron su objetivo, como “Touching the Void”, la angustiosa experiencia vital de dos auténticos escaladores, Joe Simpson y Simon Yates, quienes transmiten su experiencia a través de un fascinante documental ---docu-ficción---, en el que llega un momento que te es imposible creer que pudieran sobrevivir, a pesar de que son ellos mismos los que te cuentan la historia.

También me acuerdo de “Open Water”, la historia de una pareja de submarinistas que es olvidada en alta mar y que, independientemente de si la historia es real o no, te hacen pasar un rato verdaderamente angustioso, sin necesidad de flashback ni de pantalla partida, ni de música, ni de nada que no sea la historia de dos personajes en una situación extrema.

Como espectador no necesito que recurra a contarme el pasado del personaje para darme cuenta de que estoy ante un cretino cuya percepción de la vida va a cambiar a partir de este suceso. Salta a la vista en el momento en que decide hacer sus acciones de riesgo en solitario, sin compartir sus aventuras con nadie. No sólo cretino, sino egoísta. Y además irresponsable, una cualidad que raramente se puede encontrar en un escalador, lo que incide en la ausencia de verosimilitud de la historia, por muy cierta que sea.

James Franco no me ayuda a soportar ni las 127 horas que dura su experiencia, ni los 93 minutos que dura la película, ni mucho menos la soporífera selección musical con la que nos torturan Danny Boyle y el que parece se va a convertir en su compositor habitual, A.R. Rahman, exportado desde la India tras su sobrevaloradísima “Slumdog Millionaire”. Ni las canciones parecen ser del gusto del protagonista, ni encajan con la historia, ni la inclusión de toques folk, rock, country, hindi, clásico, soul y el batiburrillo musical que haga falta consiguen otra cosa que no sea aburrir y alargar el tedio provocado por una inaudita cinta que consigue que aborrezca a su personaje protagonista, los miembros de su equipo y a su director.
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