Secuencias favoritas: «Up»

Sinceramente, desde que comenzamos la sección de "Secuencias Favoritas", no se cómo se me ha podido pasar hablar de la escena que vamos a tratar hoy. Es verdad que las que hemos comentado en semanas anteriores son dignas de ser rescatadas y algunas de ellas de gran factura técnica como la de "Children of Men" por mencionar alguna.

Sin embargo, hoy trataremos una escena que instantáneamente pasó a formar parte de la historia del cine por méritos propios. Muchos hablaban de que sólo por ver esta escena de poco más de 4 minutos ya estaba justificado pagar la entrada para ver "Up", la penúltima maravilla que nos ha legado Pixar. No voy a comentar nada de ellos puesto que sobre Lasseter y compañía ya está todo dicho, y no creo que haya nadie con un mínimo de cultura cinematográfica que no los conozca y que no haya saboreado sus obras. Pero sí que voy a hacer una pequeña introducción de la película en sí.

"Up" trata la historia de Carl Fredricksen, un huraño anciano de 78 años que se harta de las constantes presiones de una gran empresa para que les venda su casa y decide cumplir el sueño de su vida —y de la de su mujer—: ver con sus propios Paradise Falls en Venezuela. Y la mejor idea que se le ocurre es atar miles de globos a su casa e ir hasta allí volando en ella. El problema viene cuando Rusell, un joven explorador, accidentalmente se encuentra en el porche cuando la vivienda despega, por lo que ambos tendrán que vivir su aventura juntos.

El director es Pete Docter, ese genio que debutó en la dirección con la maravillosa "Monsters, Inc." y que actualmente se encuentra trabajando en la segunda parte. Sin embargo ya había participado en producciones anteriores de Pixar como parte del grupo creativo en las historias de las dos primeras partes de la trilogía de "Toy Story". Docter ha demostrado, con apenas dos largometrajes en su haber, que es un magnífico contador de historias. No importa cómo sean los personajes, desde monstruos hasta un anciano: lo importante son los sentimientos que transmiten y con los que cualquier espectador pueda desarrollar una empatía.

Antes de nada vamos a ver la escena en cuestión. Disfrutadla:

Tanto para los que hayan visto la película como para los que no —dejad de leer y conseguidla ya—, comentar que se trata de una escena del principio de la película, después de conocer a Carl y a su posterior esposa Ellie en su infancia. Con estos 4 minutos se cuentan dos vidas enteras, y no son vidas sencillas. En ellas tenemos la boda, la obra de una casa, un aborto, conocemos el trabajo de ambos, sus planes de futuro y como pasa toda su vida sin que apenas se den cuenta. A priori podríamos pensar que es tremendamente difícil contar todo esto en apenas 4 minutos, sobre todo cuando hay otros autores que dedican media hora para narrar mucho menos, sin embargo para Docter parece de lo más sencillo.

Con una puesta en escena simple pero efectiva y la música como hilo conductor de toda la secuencia, toda la vida de los personajes se nos pasa casi tan rápido como a ellos. En seguida conocemos qué es lo que han vivido, cómo se han sentido, por qué dificultades han pasado y como han conseguido superar unas mientras que otras no.

Incluso podríamos tomar cada una de las miniescenas que encontramos dentro de la secuencia total. Especialmente interesante, y que personalmente me produjo mucho gracia cuando la vi por primera vez, es la boda que introduce estos 4 minutos. En los primeros minutos de la película ya habíamos comprobado que Carl y Ellie tenían personalidades muy distintas, pero también que los polos opuestos se atraen. Este hecho queda remarcado con la miniescena de la boda, donde se utiliza simbólicamente el espacio de la iglesia y a los familiares de cada uno para mostrar esas dos personalidades: la de Ellie extrovertida e impredecible como su familia, que incluso disparan tiros al aire de alegría; y la de Carl, todos vestidos de negro y que aplauden más por guardar las apariencias que por gusto.

Si esto sólo sirve para describir a los personajes —y a sus familias—, el resto de la secuencia se encarga de narrar los años que pasan la pareja juntos. En ningún momento se usan diálogos, aunque a veces los personajes aparecen hablando. La música es lo único que puede oir el espectador, y en verdad es más que suficiente puesto que una imagen vale más que mil palagras, y aquí Docter exprime cada fotograma que aparece en pantalla. En "Wall·E" ya experimentaron con realizar escenas ausentes de diálogos, algunas de varios minutos de duración, sólo con la música como única banda sonora. Aquí este recurso lo potencian y se vuelve mucho más expresivo que las palabras, puesto que el espectador puede centrarse en las imágenes, en los rostros de los personajes y en lo que, en definitiva, Docter quiere que veamos y que interpretemos.

Sin duda una secuencia que pasará a la historia porque es una auténtica obra de arte, un ejemplo perfecto de cómo se debe contar una historia y sobre todo de cómo se puede hacer de manera efectiva con tan pocos recursos. Muchos guionistas que trabajan actualmente en Hollywood deberían aprender de este tipo de obras y seguro que, si lo aplicaran de la forma correcta, podríamos encontrarnos con auténticas maravillas en el cine como las que siempre nos deja Pixar.

Fotos: MareInfinitum & HollywoodChicago