«Happythankyoumoreplease»: Adiós a la tristeza

La comedia romántica. Ese género capaz de dar películas maravillosas (dignos "placeres culpables") y a la vez producir constantemente basuras repetitivas con los mismos ingredientes concentrados. Es muy difícil hacer hoy día una buena comedia romántica, y tal y como está el patio, tan sólo hay una forma de hacerlo: coger los estereotipos del género y darles un giro de 180º.

El pasado año lo consiguió "(500) Days of Summer", que cogía las bases argumentales y estructurales del género y les daba la vuelta. El amor no era tan idílico, y para entenderlo no había que contarlo todo de cabo a rabo. Este año, la revelación del género nos llega con el complicado nombre de "Happythankyoumoreplease". Tras este complicado trabalenguas se esconde una de las sensaciones indies del año. Premio del público en Sundance y con un amplio circuito de festivales a sus espaldas, el debut tras las cámaras de Josh Radnor es una comedia romántica que ni es cómica, ni es romántica.

Porque aquí los gags quedan camuflados debajo del desencanto que hace mella en (casi) todos los protagonistas. Y el romanticismo no puede surgir hasta que éstos han perdido precisamente esa tristeza, hasta que se han aceptado a si mismos y aceptan que se merecen que los quieran.

"Happythankyoumoreplease" cuenta la historia de Sam, un Josh Radnor que confirma que la vis cómica que demuestra semana tras semana en la serie "How I Met Your Mother" es perfectamente trasladable (y matizable) a la gran pantalla. Sam no es Ted Mosby, pero podría ser una versión más atormentada de éste. Sam es un escritor en crisis (uno más) que un buen día se encuentra un niño abandonado en el metro y ni corto ni perezoso decide "quedárselo" como si de una mascota se tratara.

La historia principal puede pecar de poco creible e inverosimil, pero sirve perfectamente de ejemplo de cómo caracterizar a un personaje, y de metáfora -- en la extraña amistad que se establece entre Sam y el pequeño -- de lo que sucede en las otras dos historias: Todo el mundo necesita ser amado.

El mensaje de la película, pese a lo evidente, está muy bien tratado en las dos historias que flanquean la principal. La de Annie, la mejor amiga de Sam, una inmensa Malin Akerman con alopecia, que aún calva está guapa, y que descubre el amor dónde menos se lo espera, y aprendiendo a querer aprende a quererse ella misma. Y la de Mary, especie de prima segunda (o algo parecido) de Sam, que debe decidir entre su felicidad y la de su pareja, sin darse cuenta que ambas no son incompatibles. Al fin y al cabo ésta es una película sobre el amor, sobre cómo buscarlo, cómo encontrarlo y, sobre todo, cómo aceptarlo.

La película puede que no esté llena de gags memorables -- aunque alguno de ellos si que sacan una carcajada al espectador --. Puede que no tenga fabulosas secuencias románticas -- aunque un par de momentos están narrados desde la más absoluta sinceridad --, pero en conjunto forman una cinta prácticamente redonda, que no sigue los designios del género, pese a mantener todos sus estereotipos; que se acerca por momentos al drama para acto seguido volver a animarte el día con una banda sonora memorable.

Porque en tiempos en los que tanto se llevan los personajes atormentados, esos que toman drásticas decisiones y que tienen una oscura y profunda vida interior, Radnor nos invita a relajarnos, y usando precisamente ese tipo de personajes (a los que curiosamente nunca llegamos a conocer al completo), los desnuda de todo artificio y los deja en lo realmente importante, animándonos a centrarnos en el amor, olvidarnos de la tristeza y aprovechar los buenos momentos que la vida nos ofrece.