Confieso: no soporto «Magnolia», demasiadas casualidades juntas

Hace ya una década llegaba a las pantallas una de esas películas en las que había que posicionarse a favor o en contra, “Magnolia”, la tercera película de Paul Thomas Anderson, en torno a la que se generara ese fatídico movimiento por el que si no te gusta su propuesta, inevitablemente querrá decir que o no habías entendido la película o no tenías la sensibilidad suficiente para apreciarla, o si, por el contrario, te gustaba, eras una persona sensible, exquisita y auténtica.

Antes de ver la película no tenía muchas cosas para poder sacar un juicio previo sobre ella, ni a favor ni en contra. Tan sólo había visto una de sus películas “Boogie Nights”, que a pesar de contar con un jugoso reparto y una morbosa historia, no consigue hacer de mi uno de sus seguidores. Paul Thomas Anderson pretende contarnos una historia pornográfica (literalmente) como si de una película de gángsteres se tratara, concretamente una de Martin Scorsese, “Goodfellas”.

El precedente es muy intiresante, no cabe duda, pero si la manera impresionista de hacer cine del director neoyorquino le llevaba a utilizar sus movimientos de cámara por un motivo más allá del estético, el director californiano los utiliza simplemente porque puede hacerlo, porque le llega el presupuesto y porque queda más bonito, pero sin un sentido concreto, sin saber por qué, siendo su discurso más bien heredero de los futuristas que de cualquier otro movimiento de vanguardia.

Gracias a que un amigo me regala una edición especial en DVD de “Magnolia” puedo comprobar por mi mismo en qué grupo de personas me encuentro. Y, efectivamente, estoy entre los insensibles, aquellos que encuentran demasiado oportunista una repentina metamorfosis estilística de Paul Thomas Anderson, hacia las propuestas narrativas de Quentin Tarantino y su contundente “Pulp Fiction”, Krzysztof Kieslowski y su trilogía de los colores, o Robert Altman y sus maravillosas películas corales; los excesos audiovisuales de Baz Luhrman, por aquel entonces en boca de todos con la insoportable “Romeo + Juliet"; y sumando la sempiterna influencia de David Lynch en cualquier cineasta contemporáneo y su apología por lo improbable, lo inusual, lo insólito.

Si bien nunca pongo en duda cualquier suceso que se incluya en una película pues, como bien dice el discurso de “Magnolia”: “estas cosas pasan”, entonces ¿por qué no consigo creerme ninguna de las historias que nos cuenta Paul Thomas Anderson, que no sólo dirige, sino que también escribe el guión? (SPOYLER) Aparte de la secuencia inicial que incide directamente sobre aquello que el director quiere señalar manifestando prematura y torpemente la tesis de su película, restaron la credibilidad de la narración los siguientes puntos:

  • Dudo mucho que en un programa de televisión vayan a arriesgarse a la humillación pública de uno de sus concursantes, y mucho menos siendo un menor, permitiendo que llegue a orinarse en público.
  • Nunca he visto una persona desesperada acudir a la farmacia a solicitar los medicamentos con los que piensa suicidarse recién salida del salón de belleza.
  • No me creo que un mancebo de botica se le ocurriera dar lecciones de ética y moral a uno de sus clientes, por muy mal que lo viera ---que no es el caso por que nadie podría imaginarse que Linda Partridge (Julianne Moore) tenga intenciones de suicidarse con lo reluciente que está---, si acaso se niega a dar los medicamentos solicitados y punto.
  • Linda Partridge quiere suicidarse porque su marido se muere. ¡Chica espérate que se muera y entonces te matas, pero no le des el disgusto antes de que espiche!
  • No es que yo conozca muchos drogadictos, ni sabría decir si los efectos de la cocaína son diferentes en un hombre o en una mujer, pero en un estado de ansiedad, no creo que ni ellos ni ellas tengan la casa completamente impoluta como la tiene Claudia Wilson Gator (Melora Walters), y con las rallas de cocaína perfectamente trazadas una al lado de la otra esperando pacientemente a ser consumidas.
  • Policía que se enamora de jovencita infeliz a primera vista. O no, esto ya lo he visto anteriormente, ¿será realmente un homenaje a la patética "Grand Canyon"?
  • La historia del personaje de Frank T.J. Mackey (Tom Cruise), no tiene sentido, ¿me peleo con mi padre y me vuelvo misógino? No lo entiendo (¿y ese pelo?)
  • Y llueven ranas del cielo. ¿Y todo tiene sentido al final?

Hace poco tuve la oportunidad de ver otra película en la que llueven ranas del cielo, “Wonderful World”, pero de manera creíble, ¿cómo es eso? Porque esas cosas pasan. Porque la intención de Joshua Goldin no es emocionarte con la imagen, sino con la historia, al contrario que Paul Thomas Anderson que cree que con una imagen potente, sus movimientos de cámara y una música a tono, puede conseguir emocionar de la misma manera que los espléndidos personajes nacidos de la pluma de Raymond Carver, que tan bien llevara la pantalla Robert Altman en “Short Cuts”, influencia última (u origen no confeso) de la película.

Independientemente del grupo al que pertenezcas, muchas veces he expuesto mi punto de vista sobre las incongruencias del guión de Paul Thomas Anderson, y los sensibles, exquisitos y auténticos espectadores que alaban su película han tenido que darme, un poquito, la razón y reconocer que siempre se habían dejado llevar por la espectacularidad visual en favor de las inconsistencias narrativas. De hecho, un año después se estrenaría la primera de las tres películas de Alejandro González Iñárritu,"Amores perros", de similar estructura narrativa, pero con una superior capacidad cinematográfica.

Fotos: Narrativa Digital NNDB