«Machete» o la virtud del exceso

Si hay un adjetivo que defina a "Machete", la última película de Robert Rodríguez (co-dirigida con su montador habitual, Ethan Maniquis), ese es el de "excesiva". Eso sí, genialmente excesiva. Excesiva en su estética, en su lenguaje, en su trama (por inverosímil), en sus personajes, en su violencia, en su mensaje, en su humor... Todo en ésta película se sale de madre, pero precisamente ahí radica su mayor virtud.

Siguiendo el espíritu "Grindhouse", Rodríguez se inventa un género con "Machete"; el "mexplotation", como él mismo lo define. La película rebosa mala leche y falta de seriedad por todos lados. Rodriguez ambienta su película en un mundo temporalmente indefinido (hay iPhones pero todo el mundo usa teles de tubo) en el que las leyes de la física y la probabilidad no tratan de la misma manera a los personajes principales que a los secundarios (y la primera secuencia así lo demuestra) y en el que los ordenadores, cuando encuentran algo, te muestran un gran cartel verde en el que pone "Bingo". Como digo, exceso por todos lados.

Y es ese en exceso, cercano en ocasiones al más puro spoof, en el que Rodríguez se regocija para deleite de un espectador que, si entra en su juego, puede pasárselo en grande con una de las mejores películas de acción de los últimos años, pero que, no obstante, corre el riesgo de verse apartado de la historia precisamente por lo mismo. Porque los usos (y abusos) que hace "Machete" de los estereotipos del cine de acción, sólo funcionan ante un público consciente del bagaje que trae la película. Entonces si que disfrutas de esas largas disertaciones que hacen los malos justo antes de morir, de que todas las chicas se enamoren de un tío tan feo como Machete, o de que Steven Seagal y Robert de Niro (jamás creí que escribiría estos dos nombres juntos en un post) se rían de si mismos hasta la saciedad.

No apta para estómagos sensibles ni cinéfilos de los que miran por encima de las gafas, Machete es una divertida orgía de acción, sexo y sangre, que sólo pierde enteros cuando se toma a sí misa muy en serio. Y es que el mensaje político de la película, tan en boga últimamente como ya nos comentó mi compañero Luis en su crítica, por momentos funciona como broma-protesta, y sólo se diluye en las secuencias en que los personajes quieren revindicar su status y su dignidad de una forma más seria y trascendental. Es uno de los pocos "peros" que se le puede poner a una película cuyo mayor mérito es lanzar un mensaje político usando como armas la incorrección política.

Pero "Machete" es, sobre todo, un sincero homenaje cinéfilo a todas esas películas de acción tan denostadas por la crítica, (y malísimas en muchas ocasiones, para que lo vamos a negar) que recupera las virtudes de aquellas pero que, consciente de los fallos, en lugar de eliminarlos lo que hace es potenciarlos para alcanzar un tono paródico pero en ningún momento ofensivo, que sabe mirar atrás con cariño y nos permite, por fin, ver a Steven Seagal en una película sin sentir vergüenza ajena.