La falso se vuelve auténtico en “The Last Exorcism”

Incluida en la sección oficial de Sitges 2010, “The Last Exorcism” es una propuesta que supera las expectativas creadas por su tráiler, sorprendiendo dentro de dos fórmulas en las que creíamos que todo estaba inventado: la del mockumentary y la de las películas de terror con exorcismo.

Dentro de las películas cuya premisa radica en presentar como documental lo que en realidad es ficción, el género de terror ha sido, quizás, el más desafortunado, con la excepción de aquellas películas que basan su estrategia en la sorpresa, como puede ser “[Rec]”, o las que se suman al gore con la intención de provocar sensaciones de asco y desagrado en el espectador, como “Cannibal Holocaust”. Por ello, considero que el principal acierto de la propuesta de Daniel Stamm radica en su capacidad para que nos olvidemos de si lo que estamos viendo es ficción o realidad, pues en lugar de parecerse al formato documental es más cercano al reportaje televisivo, y consigue hacer completamente creíbles los personajes sobre los que recae el peso dramático, como el reverendo Cotton Marcus (Patrick Fabian) y las circunstancias que rodean la oscura existencia de Nell Sweetzer (Ashley Bell).

En lo que se refiere a la manida fórmula de cine con exorcismos, a pesar de que filmes como “The Exorcism of Emily Rose” puedan aportar puntos de vista interesantes, que duda cabe de que la cota más alta de este subgénero permanecerá, por mucho tiempo, en “The Exorcist”, pareciendo cualquier aproximación al género una variante bajo el mismo pretexto. Sin embargo, la trama de “The Last Exorcism” consigue que el espectador digiera su argumento como algo nuevo, no visto, pues no se apoya en la espectacularidad de los supuestos momentos de posesión, sino a lo que se esconde detrás de ellos, gracias al punto de vista escéptico del protagonista manifestado desde el primer momento.

Qué duda cabe de que en este proyecto el tándem de guionistas compuesto por Huck Botko y Andrew Gurland tiene bastante responsabilidad al saber distraer de manera inteligente al espectador, no sólo con la premisa del falso documental, sino a través de una estructura falsamente deductiva que acabará revelándose inductiva sólo en la última secuencia. La acción transcurre con lentitud pero con seguridad, sabiendo cuando mostrar y cuando dejar intuir, dosificando la información y compartiendo con el espectador las conclusiones del falso reverendo en el preciso momento en que el espectador lo necesita.

Por debajo de su trama principal aflora una discreta subtrama que alerta sobre los peligros de la América profunda, aquellas zonas de los Estados Unidos en los que el miedo a lo desconocido permite que siga habiendo una lucha constante entre la razón y la lógica contra la superstición e ignorancia, ubicando a estos estadounidenses en la misma franja cultural de otras culturas tan temidas por ellos como las islamistas, y enriqueciendo su discurso con algo más de lo previsto.

En una propuesta tan arriesgada en la que cámara y actor están tan cerca el uno del otro, resulta prácticamente imposible engañar al objetivo, por lo que todas las interpretaciones son absolutamente creíbles. Aunque, indiscutiblemente, destacan las creaciones de Patrick Fabian y Ashley Bell, los dos protagonistas, quienes dada la autenticidad de sus interpretaciones, parecen ser los responsables de que nos olvidemos de si estamos presenciando un documental o una ficción, verdad o mentira, invención o realidad.
3 estrellas

Fotos: Cinerama Screenrant