“Wall Street: Money Never Sleeps”, de la fiesta a la quiebra

Wall Street: Money Never Sleeps” consigue un éxito de público que Oliver Stone no disfrutaba desde los tiempos de “Any Given Sunday”, lástima que el éxito sólo se produzca a un nivel económico.

Uno de los aciertos de la película puede que sea que funciona igual de bien desde el punto de vista de la secuela, como si de una película independiente se tratara. Cualquiera que no haya visto “Wall Street” no necesitará grandes explicaciones sobre Gordon Gekko, ya no interpretado, sino personificado con soltura en la piel de Michael Douglas, quien nos presenta un personaje fácilmente identificable con cualquiera de esos personajes corruptos que, lamentablemente, pueblan la sociedad actual de cualquier país. Aunque como secuela sí plantea un dilema interesante: ¿hemos aprendido algo? La respuesta parece ser negativa.

En este sentido la película continúa con el tono crítico de Oliver Stone sobre su propia sociedad, la estadounidense, a la que, curiosamente tras la caída de las torres gemelas, ha estado incomodando con esos acercamientos a personajes políticamente incorrectos que retrata en “Comandante”, “Looking for Fidel”, “Persona Non Grata”, “South of the Border”, “W.”, o incluso “Alexander”, que bien se podría considerar como una alusióm metafórica a la invasión de Iráq por parte de su presidente.

Tan sólo el excesivo amaneramiento patriótico que rezuma de la insoportable "World Trade Center" parece tratar de buscar una identificación con el modelo patriótico estadounidense. Sin embargo, aunque "Wall Street: Money Never Sleeps" no está exenta de interés, no consigue retomar la fuerza que tenía “Wall Street” ni su cine previo al 11-S.

Una de las mayores torpezas de la película ha sido elegir como protagonista al actor más rentable de Hollywood, Shia LaBeouf, de quien se puede percibir palpablemente un desmesurado, pero vano, esfuerzo por estar a la altura de un contundente reparto en el que Carey Mulligan y Josh Brolin están espléndidos y sobresale por encima de todos la breve pero enérgica interpretación de Frank Langella y la entrañable presencia de Eli Wallach.

Pero por mucho que el reparto defienda sus personajes a la perfección, por mucho que la historia planteada tenga su interés y llegue en un momento muy oportuno, y por mucho que el dinero nunca duerma, este espectáculo termina por adormecer al espectador. Demasiado texto para tan pocas acciones, demasiadas explicaciones para dar a entender lo que no sucede realmente en la pantalla, demasiadas palabras y casi ningún hecho con que reforzarlas.

No sé si el problema viene de la ausencia de Oliver Stone en la escritura y desarrollo del guión, o a que ya no le queden amigos ni familiares a los que retratar en la pantalla, el caso es que su secuela no parece ser más que una segunda parte y no hace falta repetir lo que se dice de las segundas partes.
2 estrellas
Fotos: El Séptimo Arte Cine Vista