«Twelve» y los nenes de papá, que también lloran

Twelve”, la última pieza del rompecabezas artístico de Joel Schumacher, se manifiesta como el punto más bajo (de lo que yo haya visto) de su filmografía. No es que la película sea irregular, es que es falsa y pretenciosa. Algo que ya avisáramos cuando publicamos su tráiler.

Antes de que la película llegue a pronunciar su discurso, los personajes caen tan mal que no se espera nada bueno de ellos. Ni siquiera me parece que sea un problema de guión, considero perfectamente creíble que pueda haber adolescentes de esta guisa con estos comportamientos tan grotescos, y ciertamente, si leyéramos el guión escrito por Jordan Melamed, pocas dudas tengo de que tendríamos otra impresión de la historia.

Aunque claro, sabiendo que se basa en una novela de Nick McDonell, escrita cuando contaba sólo 17 primaveras, tampoco debería rasgarme las vestiduras. Pero si lo hago es porque el problema no es el texto, sino la representación, la curiosa manera en la que Joel Schumacher nos muestra unos adolescentes ---supongo que serán adolescentes, los actores desde luego no lo son--- que en lugar de tener dieciséis años, parece que tengan sesenta, como si se hubiera producido un error de interpretación de la cifra pronunciada en inglés, sixty, en lugar de sixteen. Y no es por sus actitudes, sino por la pretendida profundidad con la que se nos quiere convencer de su desbocada desilusión existencial.

La patética voice over de Keifer Sutherland ---lo que algunos llegan a hacer por amistad--- que nos conduce a lo largo de la narración no es más que un patético intento por dotar de esa mínima profundidad a una obra tan superficial como la mayoría de la filmografía de Joel Schumacher. No porque las películas fueran superficiales ---algunas como “The Lost Boys”, “Falling Down” o “8MM”, me parecen películas estimables---, sino porque la aproximación de este artesano, nunca es capaz de traspasar las capas superficiales de los personajes que retrata. Lo que nos lleva nuevamente al guión, dado que en la mayoría de las veces, Schumacher, trabaja con guiones ajenos que destroza y trivializa hasta la desesperación.

Desde luego, Schumacher no se caracteriza por ser un director con un estilo concreto, sus películas han ido navegando de un género a otro en función de los éxitos ajenos, en busca de un oportunismo de taquilla que le leva a subirse al rebufo de autores con más personalidad como John Hughes ---cualquiera puede considerar “St. Elmo’s Fire” como heredera del cine del productor y director de los adolescentes de los años ochenta---, Tim Burton ---tal y como se desprende de sus desastrosas y desafortunadas secuelas del hombre murciélago cuyos nombres me niego a mentar---, o los diferentes géneros a los que se ha sumado debido a éxitos precedentes, siendo el más evidente el del cine judicial que se popularizara en los años noventa a raíz de las novelas de John Grisham, de las que lleva dos al cine, “The Client” y “A Time to Kill”.

Pareciera que ahora, aparte de añadir un número más a una filmografía cargada de títulos con cifras en sus títulos ---"8MM", "Bad Companny", denominada en España "9 días", "Phone Booth", que incluye todos los números del listín de teléfonos, "The Number 23"---, quisiera realizar una versión masticada, domesticada y abominable del magnífico “Elephant” de Gus Van Sant. Salvo que en esta ocasión (y esto es un SPOILER) este espectador experimenta una morbosa sensación de placer cuando se produce la matanza indiscriminada de estos estúpidos adolescentes. A lo mejor era una parodia de “Elephant” y tampoco me di cuenta, como me pasó con “A Nightmare on Elm Street”.
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Fotos: The Playlist Indie Wire