«I Love You, Phillip Morris», a medio camino de todo

Una vez vista "I Love You, Phillip Morris" me pregunto si todos aquellos problemas de distribución y todos los retrasos del estreno, se deben más a la película en sí que a al puritanismo de los distribuidores.

Porque si le quitamos todo en contenido homosexual a "I Love You, Phillip Morris", que se estrena éste próximo viernes en España, la película sigue sin terminar de funcionar en ninguno de sus aspectos. Arranca como una sátira al estilo de vida americano, a lo "American Beauty", continúa como una comedia sobre la homosexualidad, que recuerda a "Una jaula de grillos", da un giro hacia una cinta de timadores, al más puro estilo de "Atrapame si puedes", y está salpicada de múltiples elementos de las comedias románticas y las cintas carcelarias. El problema es que tiene un poco de cada género, y en ninguno de ellos termina de funcionar.

El principal lastre que arrastra la película es el personaje de Steven Russell, un Jim Carrey incapaz de contener sus muecas, que intenta, infructuosamente, que queramos y amemos a un personaje con el que no podemos empatizar. Porque un personaje que engaña a su familia, inventando una vida falsa para luego, abandonarles y convertirse en delincuente, simplemente porque "ser gay es caro", es difícil de querer. Porque un personaje al que la vida le da mil oportunidades, al que incluso en la situación más adversa (su estancia en la cárcel) es capaz de encontrar la felicidad (el amor de su vida) y, aún así, sigue delinquiendo y estafando una y otra vez, es dificil de entender.

La historia del cine está llena de entrañables estafadores: desde Henry Gondorff hasta Frank Abagnale Jr, todos ellos tenían algo en común: Una causa noble o, al menos, una justificación dramática para sus actos. No es el caso de Rusell, al que la vida le da mil oportunidades para redimirse y acaba ingnorándolas todas. Los directores nos quieren hacer ver que todos esos actos son por amor, cuando son más que por puro egoismo, pues la historia romántica no está tan bién retrada como lo está la relación de autosatisfacción que Rusell tiene consigo mismo.

Por eso al final un espectador que consiga entrar en la historia acaba empatizando más con el personaje de un excelente Ewan McGregor que desde el primer minuto en pantalla hace que entendamos a su personaje a la perfección, al que le deseamos con todas nuestras fuerzas que se aleje de ese tipo que solo le traerá disjustos.

Sin embargo, en momentos aislados la película funciona, algunas secuencias de timos y estafas, así como algunas de las huídas de Rusell son dignas herederas de este género, pero los contínuos giros en el tono de la película acaban por desconcertar a un espectador que en ningún momento sabe como posicionarse ante un film que no termina ni de emocionar ni de conmover ni de hacer reir.

Lo más extraño de ésta película es que, pese a saber que está basada en hechos reales, la historia es tan inverosilmil que cuesta trabajo creer. Por eso, con el retrato que los directores hacen de Rusell, uno se pregunta si la historia que se cuenta en el libro y en la película no es tan solo la personal visión, parte ficción, parte real, que un Russell encantado de haberse conocido ha querido contar al mundo.