«Toy Story 3»: el viejo dilema de los nuevos espectadores

“Toy Story 3 es uno de esos tanques hollywoodenses que llegan con toda su fuerza para arrasar las carteleras locales de cada país que toca, de eso no hay duda. Pero, por suerte, deja conforme a todos los fanáticos que quieren ver el último capítulo de la historia de Woody y Buzz al mismo tiempo que permite, como suele ser costumbre, la entrada de nuevos espectadores ---estrictamente, aquellos que por cuestiones de edad no han podido vivir la aparición de esta película en la oferta de un cine, quiero decir, que han recurrido a los medios de reproducción caseros que llevan cualquier cinta a la comidad de nuestro hogar ---. Claro que esto de incluir nuevos espectadores no lo hace de la manera más sencilla… Para ser sintéticos, los incluye por no suponer en ningún momento que tales inocentes existen.

Ahondemos: los productores de Pixar, los guionistas, el equipo entero nunca se preguntó realmente si había que concentrarse en una historia que pudiera sumar o no al nuevo público, debido a que sencillamente esa categoría no existe para lo que en esta cinta se cuenta. La incidencia de “Toy Story” dentro de nuestra cultura, su importancia a la hora de iniciar a los más pequeños a la expectación de una obra cinematográfica es tal que ni siquiera es necesario actualizar cierta información, y todo inclusive se podría tomar desde cualquier punto: no hay problema, quien no lo sepa ahora lo sabrá en breve, pero no se hace imprescindible volver a contar ciertos detalles. Se parte, entonces, de la premisa de que todos saben de qué estamos hablando.

Claro que esto de incluir o no a un nuevo público a una determinada franquicia va variando de producción a producción: se podría decir que muchos filmes, muchas de esas secuelas que han quedado grabadas en nuestra memoria emotiva suponen siempre cierta continuación entre una película u otra, a veces más fuerte, a veces más tenue. Un gran ejemplo de secuela que precisa saber de qué se está hablando, películas que suponen que el espectador tiene una idea cabal y completa de la historia son las de “Back to the Future” (1985), por ejemplo. Esto mismo no sucede con otras secuelas de otras películas, como las “Indiana Jones” (1981), en donde cada filme, por su naturaleza de constituir una aventura que empieza y termina en esa cinta, no precisa que aquel que la esté viendo sepa qué ha sucedido en todas las películas anteriores: inclusive, para los fanáticos, los nuevos datos de la personalidad de Indiana completan el mosaico que se ha ido armando a lo largo de las diferentes travesías, mientras que para el neófito constituyen un pequeño fragmento que da una idea de totalidad del personaje. En términos de secuelas recientes, me parece que vale la pena mencionar a “Transformers” (2007), la cual tiene ligeras líneas de continuidad entre una película y otra, como si los dos filmes fueran siempre pensados para realizar estos procesos de inclusión constantes.

En “Toy Story 3” la idea de incluir a inocentes espectadores que no tengan mucha idea de qué va la película --- sí, pasa, ojo que no todo el mundo sabe de qué estamos hablando cuando tarareamos “Yo soy tu amigo fiel”--- parece no estar tan presente. Andy cumple diecisiete años y debe prepararse para ir a la universidad, esto es, deshacerse de muchas de las cosas que constituían su mundo infantil: juguetes, pósters, etc. Frente al dilema del qué tirar, qué guardar, qué llevar consigo al nuevo mundo estudiantil, Woody, Buzz y compañía deben enfrentarse al hecho de que quizás nunca más volverán a ser usados para jugar. No estamos frente a una historia más, una aventura al estilo de “Indiana jones”, en donde mucho no importa qué ha pasado antes, mientras tengamos en cuenta que vamos a ver el enfrentamiento del arqueólogo con ciertas fuerzas malignas que quieren llevarse tal o cual objeto museístico. Aquí ya debemos saber qué sucedió cuando Buzz entro en esta hermandad de juguetes o qué es lo que hacen allí personajes como Jesse --- al igual que la tensión amorosa que existe entre ambos ---: la historia no comienza cíclicamente, sino que sigue una línea, empieza desde un determinado momento de la historia cronológica de los implicados en los sucesos a narrar.

La fuerza emotiva --- la empatía, la captación de la audiencia mediante el recurso a su costado emotivo --- proviene precisamente de este reconocimiento o suposición de que todos sabemos de qué están hablando: la idea de que “Toy Story 3” cierra la posibilidad de cualquier otra secuela tiene que ver con su final, con la esperable sensación de cierre, de desprendimiento que queda en la cabeza de aquellos que ven el filme. Si la identificación va por el lado de que todos volvemos a tener diez años al momento de sumergirnos en lo que se va a contar en la pantalla, ya el baldazo de agua fría que recibimos al momento de enterarnos de que crecimos junto con Andy va preparando toda esta sensación de melancolía que va a seguirnos algunos días luego de que llegue el momento de los créditos --- bah, es una sensación mía, la generalizo a los fines de demostrar mi punto---.

“Toy Story 3” logra con éxito lo que se propone: al pensar en una audiencia que sabe todo lo que estos personajes han atravesado, cierra la historia de estos juguetes en una película que no deslumbra, sino que cumple estrictamente con este planteo. Y por eso es buena: no clausura, sino que reabre la franquicia al convertirla en parte de la vida de los que la han visto, los que han comprado los muñecos, los que se han sentido acompañados por estos personajes. Ese es, sin duda, su gran mérito: en hacer de esta historia de juguetes “eterna” por transformar la secuela en un capítulo final.

Sí, vayan a verla, la van a pasar muy bien: sugiero que caigan a la sala con algún que otro pañuelo de papel, por las dudas.

Foto: Ricardo Barrientos Vega