Movimiento virtual, precedentes del cinematógrafo en la pintura

La magia y el impacto que produce la primera proyección del cinematógrafo en el Salon Indien del sótano del Grand Café, ubicado en el número 14 del Boulevard de Capucines de París, sólo se puede entender si tenemos en cuenta que, hasta ese momento, sólo se habían visto reproducciones de imágenes estáticas, nunca en movimiento.

El arte de capturar la imagen en movimiento, el cine, algo que nos parece tan sencillo y común hoy en día a lo que nos habituamos desde pequeños, era algo absolutamente inusual y novedoso a finales del siglo XIX. Sin embargo, no era la primera vez que el movimiento era representado, ya se había dado muestras de un intento de representar un movimiento virtual a través de la pintura. De hecho, algunos cineastas como Sergei M. Eisenstein, Jean Cocteau, Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovsky, Iván Zulueta, Derek Jarman, Julian Schnabel, Takeshi Kitano o David Lynch fueron pintores antes que cineastas.

Uno de los primeros, y más primitivos, casos de representación gráfica del movimiento se produce en un insólito ejemplar de jabalí polícromo retratado por un cavernícola las cuevas de Altamira, la considerada "capilla sixtina" del arte rupestre, que ubicada en Cantabria se desarrolla en el Paleolítico Superior. Caracterizada por el realismo de las figuras representadas, uno de los artistas de la época, en un intento de producir una ilusión de movimiento en uno de los muchos jabalíes retratados, decide proporcionar a su ejemplar de cuatro patas extraordinarias, dotándole de ocho patas y creando así la ilusión de que el animal corre o huye, en lugar de estar quieto.

Mucho más adelante, en el Renacimiento, en la época en la que Leonardo Da Vinci materializara la cámara oscura, Doménikos Thetokópoulos, más conocido como El Greco, realiza dos obras por encargo del rey Felipe II, Alegoría de la Liga Santa y El martirio de San Mauricio, dándose la peculiaridad en este segundo de la repetición de los mismos personajes dentro del mismo lienzo, en escenas y actitudes diferentes en un intento de reproducir una secuencia dentro del cuadro.

Lo mismo ocurre en Embarque a Citera, una obra en la que Jean-Antoine Watteau mezcla la realidad con la fantasía pintando en Citera ---la isla en que nace Venus de la espuma del mar--- los momentos sucesivos del pensamiento de una mujer ante la invitación del enamorado siguiendo una secuencia en la que aunque parezcan diferentes, siempre representan la misma:

  • La primera pareja es captada en el instante en el que el galán intenta convencer a la mujer para que le acompañe. Ella se niega.
  • La mujer de la siguiente pareja ya se levanta con ayuda.
  • La tercea va andando y ella vuelve la vista hacia atrás como si no estuviera segura de su decisión.
  • Las demás parejas ya se dirigen al barco, donde aparece la rocalla típica del Rococó.

Un siglo después, el impresionista Edgar Degas, realiza retratos y series sobre bailarinas y carreras de caballos en las que explora el movimiento, una idea que será continuada por el postimpresionista Toulouse-Lautrec en sus obras que reflejan la vida de actores, bailarines, burgueses y prostitutas en lugares como el Moulin Rouge, Le Chat Noir o el Folies Bergère.

Ya en el siglo XX, Carlo Carrà, intenta fundir la sensación del movimiento con la estructura geométrica y la paleta neutra del cubismo en un movimiento vanguardista que se da a conocer como el Futurismo, pero este es un movimiento que ya no precede, sino que es una de las primeras vanguardias artísticas que incluyen y consideran el cine como la forma de expresión artística del futuro.

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