“Date Night”, cómo hacer reír a pesar del guión

En la constante lucha del texto por sobre la performance, los actores la tienen realmente difícil. Cuando un actor le pone el cuerpo a una historia pobre debe enfrentarse al constreñimiento de las líneas que lo atoran. Y créanme que en “Date Night” Steve Carell y Tina Fey no la tenían nada fácil. Escrita por Josh Klausner—y más allá de algunos gags bien orquestados— la historia del film muestra sus hilos por todas partes. Después del corte la seguimos.

“Date Night” es una típica historia de quid pro quo: los Fosters son una pareja de mediana edad que busca escaparse del amesetamiento producto de la vida conyugal. Aterrados por una pareja amiga que se acaba de divorciar, los Foster deciden hacer una salida especial en la que se harán pasar por otras personas para lograr una mesa en un exclusivo restó de Manhattan. A partir de usurpar los nombres de una reserva, el guión se desata hacia lares ya transitados por numerosísimas historias.

Lleno de hilos que buscan redondear la película, el guionista y su director —Shawn Levy— no hacen más que mostrarnos las suturas operadas sobre el texto. Paralelismos, retaceo de información, personajes funcionales al desenvolvimiento de una noche inverosímil, “Date Night” no convence desde lo que narra. Aunque tal vez sí haya algo de luz en las performances de los dos actores protagónicos.

Algunas líneas de Tina Fey son sencillamente exquisitas —la rutina de los errores en el set proyectada hacia el final del film demuestra que las risas no se las debemos al guionista sino a cierta libertad que les dio, o se dieron, tanto Fey como Carell para insuflarle vida y gracia a sus personajes—. También interesante es la actuación de Mark Wahlberg —más gracioso si recordamos la historia de Marky Mark y su desdén por las camisetas.

Con todo, la película podría haber sido muchísimo mejor de haber tenido un guión un poco menos artificioso —no hay nada peor que un guionista llenando de símbolos su historia o anticipando las lecturas que de ella puedan hacerse a posteriori—. Tal vez, adivino, si Klausner se hubiera concentrado en una escritura un poco más paratáctica —no tanta justificación de lo que vemos, no tanta sintaxis, por así decirlo— tal vez allí sí Fey y Carell nos hubiesen regalado una joya para un género bastardeado, la comedia familiar.

Foto: Facebook