Bienvenidos a Zombieland. ¡Seguid las reglas!

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Hacer una comedia sobre Zombies a éstas alturas parece algo complicado. Principalmente porque Edgar Wright parecía haber filmado la película definitiva dentro de este subgénero, Shaun of the Dead. Con un precedente de tan altísimo nivel, intentar que Zombieland estuviera a la altura se me antojaba una gesta difícil. Pero Ruben Fleisher ha sabido perfectamente cómo hacerlo. Si en Shaun of the Dead, Wright mezclaba la comedia romántica con el cine de Zombies, en Zombieland la mezcla no está tan clara, y Fleisher toma un poco de cada género para realizar un collage totalmente heterogéneo: Road Movie, comedia adolescente, película de acción, film apocalíptico y, por supuesto, Zombies.
En Bienvenidos a Zombieland (cada vez entiendo menos a las distribuidoras y sus traducciones) todo son aciertos. Desde los geniales títulos de crédito, hasta ese final abierto que te deja con ganas de más. (Por cierto, hay más. Esperaros hasta el final de los créditos, si es que el personal de sala os deja).
El cast es completamente redondo: Woody Harrelson borda un personaje de esos que te hacen gracia nada más verlo en pantalla. Jesse Eisenberg suma uno más a su lista de perdedores con encanto (este chaval está empezando a encasillarse) y Abigail Breslin y Emma Stone componen dos personajes femeninos con carácter de los que escasean en el cine yanqui. Los cuatro forman una extraña cuadrilla mata-zombies en una película en la que no hay prácticamente más personajes. Bueno, sí. Está el famoso "cameo" del que tanto se ha hablado, y te recomiendo que si no sabes de quién se trata, y piensas ver la película, no sigas leyendo. Avisado estás.

Todo el capítulo que rodea la aparición estelar de Bill Murray es de lo mejor de la película. Murray sabe como reírse de si mismo, el guiño a Shaun of the Dead (humanos haciendo de Zombies para no ser reconocidos) es evidente, y el final, aunque algo previsible, no deja de ser desternillante por atrevido. Toda la secuencia destila un amor por las comedias clásicas de los 80 que impregna toda la película. Ver a Tallahassee enfundado en el mono de los Cazafantasmas no tiene precio. En serio, genial.

Pero es que cuando parecía que la película ya no podía ir a mejor, llega ese final en el parque de atracciones digno del mejor cine de aventuras de los 80. Todo ritmo, tensión y acción. Si no, que se lo digan una vez más al personaje de Harrelson y a su "fortaleza". El gran acierto narrativo de este final es descubrirnos cual es el auténtico leit-motive de la película: Las reglas de Columbus. Lo que al principio se nos presentaba como un simple recurso humorístico, se desvela en este final como el auténtico tema de la película: Las reglas se hacen para poder romperlas. Y dicho tema siempre había estado presente en la película, pero no nos habíamos dado cuenta hasta entonces. En muchos momentos algo rompe "físicamente" el grafismo que ilustra sus reglas. La película avanza gracias a los personajes que no respetan esas reglas: Tallahassee no estira, Wichita no se pone el cinturón... Y si lo de la tienda india no es romper las reglas, que baje Murray y lo vea. En un mundo devastado por los Zombies las reglas te pueden ayudar a sobrevivir, pero también hay que "disfrutar de las cosas pequeñas".
Y una de esas cosas pequeñas de las que hay que disfrutar en la vida es algo tan simple como meterse en una sala de cine y ver Zombieland, verla sin prejuicios, sin alzar una ceja y mirar por encima de las gafas... No es una obra de arte, ni una película culta y profunda, no tiene personajes complejos que sufran una gran transformación, ni una fotografía que invite a la reflexión... Pero tiene hora y media de diversión pura y dura, con ese ritmo, esos gags, y esos personajes que nos hacían pasarlo tan bien en los 80 cuando llegaba el viernes y nos íbamos directos al videoclub de la esquina. Zombieland es para nosotros como ese Twinkie para Tallahasee.

Foto: Facebook