«Los sustitutos»: acción olvidable

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Al amigo con el que fui a verla le gustó, pero yo casi me duermo durante la proyección de esta nueva película de Bruce Willis, dirigida por Jonathan Mostow y coprotagonizada por Rhada Mitchell, aquella "Melinda y Melinda" de Woody Allen. Y eso que "Los sustitutos (Surrogates)" es más bien breve (dura ochenta y pocos minutos), siendo esta escasa duración, quizás, uno de sus mayores problemas a la hora de desarrollar lo que pretende contar.

Desde los títulos de crédito iniciales, el guión ya pisa el acelerador. Se nos presenta un mundo seguro, sin delincuencia ni muertes accidentales o por homicidio. ¿Y esto por qué? Pues porque los seres humanos, básicamente, no salen de sus casas. Todos permanecen a salvo entre cuatro paredes, viviendo el mundo real sólo a través de sus sustitutos, que son réplicas robóticas, versiones mejoradas de sus dueños. Así, durante el primer tercio de la historia, a quien vemos realmente es al sustituto de Bruce Willis, que es como él pero con pelo y una cara tersísima, sin una arruga. ¿Pero qué pasa? Pues que de repente ocurre lo que en teoría era imposible que ocurriera: que un sustituto es asesinado y esto provoca que también muera el ser humano que está conectado a ese robot en su casa... Y comienza la acción.

Está claro que Mostow y sus productores han primado, por encima de cualquier otra cosa, que "Los sustitutos" sea un vehículo de ritmo frenético y argumento demencial en el que da igual que haya cabos sueltos en lo que respecta a su premisa o que apenas se reflexione sobre lo que se plantea. Bueno, sí que todo el rato machacan con el mismo mensaje: "la vida tienes que vivirla por ti mismo, no a través de un robot". Pues vale. Lo que queda es un producto de acción, de uso y olvido inmediato, con toque ochentero y un Willis intentando a marchas forzadas que su personaje tenga algo de profundidad. Menos mal que el carisma de este hombre dignifica casi cualquier película.

Foto: Walt Disney Pictures International Spain