‘Revolutionary Road’, el final de la esperanza

tan lejos, tan cerca

Precedida por la gran expectación de reunir a Kate Winslet y Leonardo DiCaprio más de 10 años después de Titanic, la última cinta del realizador británico Sam Mendes brilla por muchas cosas, una de ellas indudablemente es el punto citado al principio, pero eso sólo es la joya de una corona llena de piedras preciosas.

Revolutionary Road nos cuenta el devenir de los Wheeler, April y Frank, quienes dejan de lado sus sueños y aspiraciones románticas de juventud por el camino de la seguridad suburbial de la norteamérica de los 50, frustrándose y finalmente pagándolo con quien tienen más cerca: su pareja. Sus esfuerzos por salvar su relación centrarán sus energías y determinarán su futuro, tanto solos como acompañados.

Mendes, un director impecable, había dejado un sabor de boca un tanto desigual con su anterior propuesta, Jarhead, una cinta nada desdeñable pero sí quizás inadecuada para la particular sensibilidad y tacto que había hecho gala en Camino a la perdición, brutal a todas luces, y American Beauty, un cinta cuasi-redonda. Aquí el cineasta retoma esa pulcritud en sus planteamientos narrativos, esa sutileza a la hora de meter el dedo en la yaga de la miseria humana, y retrata el vacío existencial de ser una oveja más con pulcra claridad, con soberbia tranquilidad y preocupante precisión.


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La suya es una disección, no ya de dos seres humanos empeñados en estar juntos, sino de toda una sociedad, y por ende, del ser humano como especie en el primer mundo. A Mendes no le gustan las aguas tranquilas, lo suyo tampoco es la denuncia. Él no juzga a los personajes, sólo se encarga de naturalizarlos, y esa es la gran virtud de Revolutionary, que es absolutamente fluida y natural en su drama amargo.

La fotografía acompaña esa intención de limpieza, esa estética de lo depurado y medido de un entorno donde lo que no se ve, lo que se siente, el interior de los personajes oculto bajo esa ropa, metido bajo esos sombreros y peinados, escondido en esas casas, es todo menos limpio. Los deseos y esperanzas, las frustraciones y luchas de los personajes son la escala de grises que marca el contrapunto con ese entorno tan luminoso. Dos de sus nominaciones a los Oscar residen acertadamente pues en su dirección artística y diseño de vestuario, quedando coja la fotografía, pero en fin...

La tercera nominación al Oscar de la cinta, cómo no, debía ir al apartado interpretativo, absolutamente superlativo. No sólo Winslet y DiCaprio siguen teniendo una química demoledora en pantalla, sino que con el paso de los años han ido depurando sus artes interpretativas, y sus combates de boxeo dialécticos en la cinta se tornan demoledores por la fuerza, la rabia y vida que inyectan los intérpretes.

mujeres y niños primero.... ay, no, que esa era la del barco
Aunque hubiera sido sobradamente justo reconocer la labor de cualquiera de ellos, los académicos han decidido honrar como secundario a Michael Shannon, un actor de holgada solvencia probada, de aspecto inquietante y voz carismática, quien tiene 3 escasas escenas en la película, pero ciertamente roba los planos cuando aparece. Y hacer eso rodeado de los monstruos escénicos que tiene como compañeros merecía un reconocimiento. Su juiciosamente demente John Givings es el único que no teme soltar las verdades en un mundo de apariencias, con una mirada que oscila salvajemente entre la lucidez extrema y la violenta locura.

Un libreto ajustadísimo, un ritmo medido, tranquilo pero no contemplativo, y una siempre atractiva (aunque rutinaria ya en su filmografía) banda sonora de Thomas Newman, conforman un retrato humano de un espacio y un tiempo concreto: la pérdida de la ilusión y el abrazo a la desesperanza en las idílicas aceras de Revolutionary Road.

Una calle que tiene usted a la vuelta de la esquina, se lo crea o no.

PUNTUACIÓN: 8.5 / 10

LO MEJOR: Los intérpretes, sobre ellos, Kate Winslet.

LO PEOR: Que tenga tantísima razón.

EL MOMENTO: April Wheeler tras utilizar el aparato de goma que compró...