‘Australia’: la épica y el photoshop

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7 años ha tardado el director australiano Baz Luhrmann en estrenar su muy ansiada épica patria, tras el monumental éxito de su anterior Moulin Rouge! y el fallido proyecto de película de Alejandro Magno. Una cantidad desmesurada de años para uno de los directores más personales y polémicos actualmente en activo, no ya por el fondo de sus historias, sino por la forma que le da a las mismas, alejada diametralmente de todo academicismo y filtrada por su personal lupa de aumento narrativa.

En Australia nos cuenta la historia de Lady Sarah Ashley, una aristócrata británica que a finales de la década de los 30 del pasado siglo decide ir los territorios que posee la familia al norte de Australia para venderlos y llevarse de vuelta a su marido a Inglaterra. Su odisea al otro lado del mundo no estará exenta de drama, aventura y amor salvaje, todo salpicado en última instancia por la II Guerra Mundial.


Luhrmann es sin duda un director de excesos. Si sus anteriores obras ya demostraban un rechazo por la mesura, Australia, la cual parte con la premisa de recuperar ese aroma clásico de épica romántica de antaño, no se queda atrás. Desmesurada, artificiosa, plástica, excesiva, teatral. La cinta del realizador australiano es extrema en todo aquello que se propone. Cuando quiere ser cómica, roza la caricatura, cuando pretende ser dramática lo es hasta la saturación, lo cual no deja de ser a la larga tanto su mayor defecto como su mayor virtud.

Planos forzados en la composición, montajes con fondos generados por ordenador para darle profundidad antinatural, superposiciones artificiales, retoques masivos de colores hasta lograr una paleta pura cercana a la saturación visual, escenarios grandes llenos imposiblemente de detalles en amplios espacios naturales, y extensas aglomeraciones de casas montadas pictóricamente... Técnicamente la película oscila entre la falsedad más teatral y la plasticidad de un cuadro de la época, es excesiva en cada recurso que utiliza, sin dejar de lado aspectos como el vestuario, cuidado y diseñado al milímetro con estampados y materiales alucinantes, o como el maquillaje.

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Y si en los aspectos técnicos es desmesurada, en términos de actuación no se queda atrás. Nicole Kidman, como la decidida y snob Lady Ashley, pasa de la exageración cómica de una primera mitad en la que uno no puede tomarse demasiado en serio su personaje, algo decididamente deliberado y usado en Moulin Rouge! igualmente, a un dramatismo más medido en su segunda mitad. Aunque se ve a la actriz absolutamente entregada a la empresa, algo innegable y plausible, su recauchutamiento facial juega ne contra de sus intenciones. Y es que el botox le ha hecho mucho daño a la intérprete. Pero mucho, mucho. Esos labios dan mucha grima, y claro, despistan.

Jackman, dado el carácter machoman de su personaje, es mucho más comedido en toda su interpretación, pero el hombre tiene un papel hecho expresamente a su medida, tanto corporal como de talento, y eso le da mucha soltura a cualquiera. Igualmente es un pilar fundamental y se aguanta sobradamente. Quizás la mayor pega del reparto sea la elección del niño mestizo protagonista, de hipnótica y angelical mirada, no lo vamos a negar, pero limitadas cualidades interpretativas. Por no mencionar un doblaje altamente cuestionable.

memorias del botox al sur de africa

La historia es un mero vehículo la servicio de todo lo anteriormente expuesto, por mucho que entre el reparto de manos implicadas estén las del gran Ronald Harwood, ganador de un Oscar por El Pianista. La historia es bastante previsible, y su radical cambio de tono a mitad del metraje lastra la película notablemente. Este cambio, acompañado de un ritmo irregular en términos narrativos, llevan al cansancio por saturación del espectador, puesto que un metraje tan alargado pedía más tensión y menos manual, pero la teatralidad de la propuesta, su falsedad autoimpuesta en búsqueda de la pose, es algo que pedía.

Una película que luce mucho y bien en pantalla grande, que deja clara la marca de la casa Luhrmann en términos cinematográficos, y que, aunque algo pesada y fallida en su segunda mitad, proporciona lo que promete: mucha Australia.

PUNTUACIÓN: 6.5 / 10

LO MEJOR: La estética del exceso que lleva por bandera.

LO PEOR: El maniqueísmo que supone eso mismo al tratar el drama de los personajes o de la generación robada australiana que denuncia, más cercana en su tratamiento a un campamento de verano que a la serie de torturas institucionalizadas que fueron.

EL MOMENTO: El ataque japonés. Anecdótico, accesorio, pero molón.