‘Tiro en la cabeza’ – Retrato de la sinrazón

El ínclito e irrepetible Alfred Hitchcock tenía el sueño, según confesó él mismo, de rodar una película sobre New York. Concretamente 24 h. en la vida de la ciudad. Sin protagonistas, ni trama, ni música extra-diegética. Así, mostraría la vida de una ciudad como nunca antes se había hecho. Bien sabemos que tal proyecto nunca vio la luz (y es una verdadera pena), pero esto demuestra hasta qué punto muchos cineastas, o directamente muchos artistas, comprenden el verdadero interés del arte: crear la vida.

No recrearla, ni hacer un reflejo de ella, ni un experimento. Crearla. A tal efecto, muchos directores con arrestos intentan explorar hasta dónde puede llegar el cine como herramienta narrativa, o meramente descriptiva, de la vida pura. Mientras, no faltarán espectadores susceptibles que no entiendan nada. ¿Quién ha dicho que una película deba tener obligatoriamente diálogos o banda sonora directa? ¿Por qué una película no puede ser aburrida, porque lo diga Billy Wilder? ¿Acaso observar una pintura o una escultura no es aburrida para esas mismas personas? En escultura y en pintura se busca crear la vida. Y el cine debería tender también hacia ello.

Tiro en la cabeza indaga acerca del terrible acto obsceno contra dos guardias civiles en el sur de Francia, cometido por asesinos etarras. La estrategia narrativa para construir esta película no puede ser más radical: absolutamente todos los planos de la película están filmados con teleobjetivo (esto es, con la cámara muy lejos de la acción pero con su objetivo largo, para acercarse al objeto en cuestión, aplastando lo que le rodea por estar fuera de ese foco), y absolutamente todas las mezclas de sonido, salvo muy pocas, están grabadas en primer plano. Esto significa que el sonido que producen las personas y objetos del plano visual no nos llega o nos llega muy difuso, mientras que lo que oímos es lo que está cerca de la cámara, generalmente a varias docenas de metros de los actores.

Este tratamiento del sonido resulta tremendamente estimulante, ya que produce una sensación de realidad, sumada a la imagen representada, que no abandona al espectador ni después de salir de la sala. A fin de cuentas, nuestra percepción de la realidad, cuando caminamos por la calle, cuando nos fijamos en la gente, es cercana a la mirada insólita que plantea Rosales. ¿Por qué no es permisible llevarlo a cabo en una película? Lee uno "críticas" que causan vergüenza ajena, de personas que no demuestran el más mínimo interés por comprender aquello que se muestra en la pantalla.

Cierto que la película es aburrida, y tremendamente radical. Pero no se entienden las acusaciones de mala fé por parte de Rosales, cuando en su lógica y en su secuencia se advierte una profunda nobleza, humildad y riesgo. El plano deviene herramienta diseccionadora de lo cotidiano (un marco polimorfo, que a menudo se divide en varios planos, artificiales o naturales), mientras en otras películas no es más que una tendenciosa herramienta que pegar con otro, con el fin de construir una mentira de evasión. Y el espectador se sumerge en un ambiente opresivo (también un poco somnoliento...) y en una encrucijada moral.

Acompañamos, como voyeurs privilegiados, al día a día de la vida de un hombre que resulta ser un asesino despiadado, un carnicero sin alma. Es tan normal, tan gris, que nos identificamos con él. Pero de repente un sólo acto nos pide a gritos alejarlo de lo que se conoce como "humanidad". El aterrador clímax de esta película se queda grabado en la retina como uno de los momentos cinematográficos más escalofriantes del cine reciente: a fin de cuentas, éramos nosotros mismos los que viajábamos al sur de Francia en compañía de unos amigos. Sin paños calientes, Rosales pone el dedo en la llaga: el ser humano es así de insensato, de brutal, de cruel. Le domina la sinrazón. Eso es lo que le define.

En realidad esto parece un documento de la naturaleza, pero carente de narrador, acerca de la naturaleza humana, que nos resulta tan extraña como pudiera parecerle a un extraterrestre. Pero no somos extraterrestres, y observamos el asesinato con incomodidad: ¿no estábamos deseando que llegara porque el resto nos parecía anodino y trivial? ¿Es eso el cine, desprenderse de la vida para mostrar el horror interior? Quizá lo sea.

Tiro en la cabeza es, además de necesaria, importante.