‘The Searchers’: Profanación

En la última entrada del análisis que estoy dedicando a una de las obras maestras más importantes de la entera historia del cine, lo habíamos dejado de forma consciente en el fundido a negro que cierra los ojos al terrible ataque comanche al rancho de los Edwards, que se saldará con la masacre de la mayor parte de la familia. Del fundido a negro pasamos a un plano general del Monument Valley con la mayoría de los rangers comandados por Samuel Clayton regresando (tal como dijeron) al rancho de los Jorgensen, que queda más cerca. De ahí, un fundido a Martin Pawley, cuyo caballo ha muerto del esfuerzo de regresar de nuevo las 40 millas a todo galope.

Ethan y Moss le alcanzan, y Martin, con la silla en la mano, le pide por favor que pare para llevarle, pero Ethan le ignora, pues tal como le advirtió, sin abrevar el caballo no lo conseguiría. Ethan por tanto, demuestra su superioridad total como jinete y como "guerrero" (no olvidemos esa funda del rifle tan "india" que porta). El siguiente plano es quizá el más recordado de la filmografía de Ford y uno de los más poderosos de la historia del audiovisual: Ethan llegando a la loma desde la que divisa la granja de los Edwards. Dispuesto en contrapicado, para otorgar mayor presencia a Ethan, la música termina de electrizar el momento. La granja de los Edwards arde con unas llamaradas cuyo humo cubre casi todo el valle. El rostro de Ethan está desencajado. Aunque sabe que es inútil, lanza con ira la funda del rifle en un gesto de indescriptible violencia. Martin llega mirando a cámara (el fondo es un decorado evidente, pero a quién le importa), y en sus ojos azules se ve reflejado el horror. Imposible más dolor y más violencia en una pantalla.

Este mítico momento ha sido homenajeado varias veces en algunos títulos notorios. Recordemos el regreso a la granja de sus tíos por parte de Luke, después de su periplo por el desierto con Kenobi. Los imperiales han quemado la granja y a sus tíos dentro. Pero aquí, entre la humareda terrible, Ethan sólo busca a una persona: "'Martha!..Martha!", ni sus sobrinos ni siquiera su hermano es el objeto de su interés. Enseguida encuentra el vestido azul (de una tonalidad idéntica al cielo del valle) y la respuesta está clara: han violado, torturado y asesinado a la persona más importante para él. Terrorífico el plano desde el interior de la granja, con la silueta en negro de Ethan acercándose para encontrar el cadáver (nunca visto) de Martha. Es interesante que Ford le da una pequeña oportunidad a Ethan, cuando evita por la fuerza (pocas veces la fuerza ha sido algo tan compasivo) para evitar que Martin entre en el cobertizo y vea la carnicería.

No hay cadáver de Lucy ni de Debbie. Se las han llevado. Ethan encuentra la muñeca de Debbie, que lleva (qué curioso) un trajecito del mismo color del que tenía Martha. El plano a continuación, referente al entierro de los cuatro asesinados (Aaron, Martha y el hijo varón de los Edwards) es un prodigio de composición y de fuerza visual que ha hecho justamente legendario al maestro irlandés. En primer término comienza un corro de amigos y familiares que se enrosca alrededor de la loma en la que están enterrados los tres infelices. En la cúspide de la misma los tres personajes más importantes de la película: Ethan, Martin y el reverendo Clayton. Antes de que el reverendo termine su prédica, Ethan le grita que termine de una vez y que diga amén. Como no le hace ni caso es Ethan el que grita Amén!, y se aleja del lugar.

No es la primera, ya hablamos de otra ocasión en la que Ethan profanaba un acto sagrado (en aquella ocasión fue un juramento, ahora un entierro). Parece una persona incapaz de respetar cualquier creencia, juramento o ritual. Nadie protesta, pues parece un loco iracundo, aunque la madre de Brad y Laurie Jorgensen (un personaje que hasta ahora no ha tenido la menor presencia, pero que en breves tendrá una importancia capital, interpretado por la maravillosa Vera Miles) le sigue hasta su caballo para protestar. Es la actriz Olive Carey, una estupenda intérprete muy fordiana, que le pide que no malgaste la vida de los chicos buscando venganza, o buscando salvar a las chicas. Ethan ni la mira a los ojos, la ignora directamente, y se dirige de nuevo a Martin con desdén: "¡vamos si vienes con nosotros!", subiendo a su caballo con violencia.

Los rangers salen de inmediato a buscar a Debbie y Lucy, para intentar rescatarlas de los comanches. Tenemos unos breves y majestuosos planos del grupo (7 hombres) que sigue a los comanches. Encuentran a uno enterrado a la manera comanche (sepultado hasta la cintura con sus armas, y con una roca en forma de losa cubriendo el cadáver) y aquí tenemos una secuencia perturbadora. Por lo que dice Clayton no es el primero queu encuentran: otro que añadir a la lista de bajas provocada por Aaron. Por cierto que es notable que el actor que interpreta al indio enterrado respira profundamente un instante... Pero lo importante es que Ford comienza a sugerir, con esta imagen perturbadora, que el indio es el verdadero dueño de esa tierra, pues 'pertenece' a ella, y es parte de ella de forma mucho más directa que los inmigrantes.

Brad, que sabe que no encontrará viva a su novia, pierde los nervios y en un ataque de furia incontrolada (comprensible), coge la roca y la lanza con todas sus fuerzas contra el rostro del comanche. No vemos los efectos, como es natural en aquella época (y así mejor), de ese acto violentísimo, pero Ethan es aún más brutal. Demostrando una vez más su conocimiento de la cultura comanche, y en una acción deleznable, le dispara sonriendo (¡qué gran momento de John Wayne!) al cadáver. Concretamente a sus ojos, pues según la creencia comanche no podrá entrar en la Tierra de los Espíritus sin ojos, tendrá que vagar eternamente entre los vientos. Una vez más, Ethan, ese personaje abyecto, deshace a su antojo un ritual o una creencia, profanando las reglas del juego de cualquiera que se ponga delante. Todos ven su acto horrorizados, pero Ethan está más allá de toda moral.

La siguiente secuencia es un diálogo magnífico, dirigido por Ford con gran destreza. Han descubierto el campamento de los comanches, 30 km. más allá de donde están ellos. Lo ha divisado Ethan, como no podía ser de otra manera. Es Clayton, el que antes cubrió de nuevo el cadáver del indio con cuidado, el que ahora de nuevo se enfrenta a Ethan y es el único capaz de impedir que ataquen todos al campamento, pues matarán a las niñas en cuanto se acerquen. Según él, sería mejor ahuyentar a los caballos de los comanches mientras duermen, pues un indio a pie está más dispuesto a negociar. Martin está de acuerdo con él, y Ethan como no se burla de él: "¿Qué sabrá un medio Cherokee del viejo truco comanche de dormir con su caballo atado?". Clayton zanja la discusión, pero Ethan le lanza la cantimplora al mismo momento en que le asegura que si se equivoca no le dé más órdenes. Cada vez está más claro que Ethan quiere estar sólo, y planificar su venganza (y su plan secreto...) a solas.

La siguiente secuencia, con el grupo avanzando en un escenario nocturno (un decorado evidente), es un empleo del decorado falso pero pretendidamente real, tratado con gran veracidad. Es de destacar el sensacional sonido ambiente, que simula una marisma allí donde sólo hay agua y barro producida artificialmente. Es un dato menor, pero elocuente respecto a que los momentos más sensibles fotográficamente están tratados con un mimo por el detalle más que notable. Los comanches les han dado esquinazos, y ahora les rodean. Ethan en lugar de preocuparse por su vida se burla de Clayton: "¿alguna orden más, capitán?". Clayton le pregunta si quiere abandonar, pero Ethan responde con una frase que repetirá a lo largo de la película: "that'll be the day", que viene a ser "ese día será el día", una manera críptica de expresar su rebeldía.

Terminamos esta entrada con la secuencia del combate contra los comanches, que tiene lugar a la mañana siguiente, pues los indios no les han atacado en la noche, sino que aparentemente quieren jugar con ellos demostrándoles su total superioridad. Una secuencia de acción que debería servir de ejemplo a esos directores contemporáneos incapaces de entender la capacidad del cine para causar tensión y dinamismo.

La manera de aparecer de los comanches incide en esa línea del cadáver enterrado: ligándolos íntimamente con la tierra. La compañía de rangers viaja de izquierda a derecha de cuadro, en primer término, y de detrás de una loma surge (más que aparece) un guerrero como si la tierra lo engendrase. Les rodean, a cada lado una hilera de comanches se acerca lentamente a ellos. Inconmensurable el plano lateral con los comanches al fondo remontando la ladera que alberga dos enormes rocas. Más abstracto el tono imposible. Finalmente, los rangers de Clayton (que se agarra su chistera con un pañuelo muy cómico, Ford siempre es Ford) salen cabalgando a toda prisa hacia el río, perseguidos a toda velocidad por los comanches: el perseguidor se convierte en patético perseguido. Pero el humor fordiano sigue haciendo acto de presencia cuando Clayton le pregunta a Moss cuán lejos está el río y él responde que ya está bautizado...

Ford filma la persecución siempre con planos muy generales, y con el grupo dirigiéndose hacia la cámara, dando una impresión de profundidad de campo espectacular. El grupo tiene a los comanches encima, y en la siguiente entrada explicaremos cómo filmó Ford este gran momento.