‘The searchers’ – Narraciones abstractas

De lo que llevamos analizado sobra la película de John Ford, hemos dejado múltiples reflexiones sobre cómo el cineasta extrae del modelo de tragedia clásica lo más intenso, mientras que retuerce su mismo basamento hasta volverlo algo fascinante de lo personal y heterodoxo que resulta. Los arquetipos funcionan, pero el artista ha de saber cómo convertirlos en algo más.

Una vez Martin abandona por segunda vez a Laurie para correr tras el rastro del cada vez más perturbado Ethan, la película abandona definitivamente todos los caminos y formas recorridos hasta ese momento, para sin dejar de ser ella misma transformarse en una narración abstracta, fantasmagórica. De forma sutil, pero implacable, nosotros los espectadores vamos descendiendo por una espiral de violencia y melancolía que ya no nos abandona ni al final de The Searchers.

La pista es Jerem Futterman, un comerciante que quiere sacar dinero gracias a un golpe de suerte. Parece que tiene en su poder un vestido que perteneció a Debbie, y que le compró a un comanche. Por fin tienen algo: el nombre del jefe comanche (Scar) y el nombre del grupo, los Nawyecky. Futterman parece decir la verdad, si bien por su aspecto es un tipo poco de fiar. La escena es breve, pero la sigue una muy importante: la secuencia de la emboscada en la hoguera. Filmada en un decorado de estudio evidente, no puede empezar mejor. Martin presiente que alguien les sigue, a lo que Ethan responde, despreciativo, que esa debe ser su parte india, que se duerma.

Por supuesto que Ethan sabe que les siguen, pero quiere engañar a Martin y hacerle servir de cebo. Es muy interesante también lo que dice acerca de la palabra Nawyecky. Algo así como dar rodeos, como un nomadismo constante e impredecible, algo a lo que se han visto empujados Martin y Ethan, que ya forman una pareja mucho más estable, aunque siempre con los desprecios y falsedades de Ethan.

Sabiendo que van a atacarles (Jerem Futterman y sus compañeros de andanzas), Ethan se muestra todo un maestro de la estrategia, dejando a Martin como cebo y con sus propias ropas simulando su propio cuerpo tendido al lado del fuego. También se muestra implacable con los perseguidores, disparando sin piedad y matándoles por la espalda. Ethan es un asesino gélido que no siente nada después de matar a cuatro personas y poner en serio peligro la vida de su único "amigo".

Regresamos con los Jorgensen, rompiendo la linealidad del relato y su eje (la pareja de "buscadores"), para una escena sumamente importante. El ex-ranger Charlie McCorrey, interpretado por un actor tan fordiano como Ken Curtis (uno de esos que aúnan comicidad y provincianismo), sabe que Laurie hace dos años que fue abandonada por Martin, y no piensa dejar pasar la oportunidad de intentar ocupar su puesto. Trae la carta de Martin para ella (¡la segunda en un año! jalea entusiasmado el señor Jorgensen) y mientras Laurie la lee no deja de observarla como el objeto de su máximo deseo.

La lectura de la carta por parte de Laurie inicia una serie de flash-backs a cuál más extraño, en los que se narran las vicisitudes y búsquedas interminables de Debbie por parte del dúo de centauros. Ford llega al paroxismo de la manipulación del tiempo, razón de esta película, cuando en pocos minutos Laurie recorre varios meses de viaje de Martin y Ethan. De pronto ella es la protagonista de la película, y la vemos desesperarse cuando Martin tiene que cargar con una comanche a la que ha comprado sin querer. Martin, el medio indio, se ha casado ahora con una comanche, lo que provoca no pocas mofas del irritante Ethan.

Ford tiene la destreza suficiente como para dotar a este segmento de hilaridad y de tensión insuperables. Esta es una trampa de guión evidente pero no por ello menos brillante. La comanche conoce la historia de Scar y los Nawyecky y permite a unos despistados Ethan y Martin regresar al buen camino y ponerse de nuevo en el rastro de los misteriosos grupo nómada. El tratamiento en la película del grupo de comanches comandados por Scar les confiere un aura de misterio absoluto. Es como perseguir un fantasma que te supera en el juego.

Pero además hay algo muy enigmático en cuanto a la resolución plástica, pues Ford comienza con la narración de Laurie, lo que probablemente son los mejores minutos que ha filmado en su vida. Y eso, en lo referente al cineasta de origen irlandés, es mucho decir. Existe algo inquietante, luctuoso, que flota entre las imágenes de The Searchers, y cuanto más avanza, más evidente es. La búsqueda de la niña pasa a ser como la búsqueda de la ballena blanca por parte de Ahab: una mera razón para enfrentarse a los propios demonios.

En el camino, Ford pondrá en tela de juicio todos los resortes narrativos al uso, comenzando por una voz en off cuestionable y terminando por el punto de vista de un relato que afronta a partir de la muerte de la comanche su tercio final, que analizaremos a partir de aquí.