‘Road to Perdition’, bella pero no grande

Y por bella me refiero a su aspecto meramente audiovisual: fotográfico, sonoro, de diseño. Su imagen es de una belleza, de un mimo asombroso. Con el fallecido Conrad L. Hall (fallecido poco después de finalizar la película) en un trabajo de fotografía que roza el exhibicionismo de la perfección técnica que logran. También en la precisa y esmeradísima puesta en escena de un Sam Mendes que abandona el mundo cínico y gris de American Beauty, y se sumerge con sensiblidad y sobriedad en un melodrama gangsteril que tenía muchas probabilidades de convertirse en una obra maestra incomparable.

El porqué esta enésima historia de venganzas familiares y de sagas mafiosas en ningún momento logra erigirse en esa gran película que podría haber sido, sino que es una historia más de venganzas y de sagas mafiosas con detalles sumamente interesantes, es lo que nos disponemos a analizar en las siguientes líneas. Road to Perdition es de esas buenas películas que a uno le da rabia tener que constatar los defectos que la impiden subir más.

El punto de vista de la película, desde el comienzo, es del niño Michael Sullivan Jr. (Tyler Hoechlin), hijo del temible asesino a sueldo Michael Sullivan (Tom Hanks), quien trabaja para el poderoso John Rooney (Paul Newman). Esta interesantísima elección no está explotada a fondo, pues si bien Mendes mantiene con destreza el tono de relato de iniciación a la madurez del niño Sullivan, el punto de vista del niño no siempre está respetado, y esto termina desestructurando una historia cuya primera hora es magnífica, y cuya segunda hora se dedica a la exploración de los sentimientos padre-hijio, con sensiblidad pero sin emoción, cayendo en la previsibilidad más absoluta.

El misterio del padre como figura enigmática para un niño (razón de ser de obras maestras como El sur, de Víctor Erice), es sin duda lo mejor de la película, su nivel más memorable. Sin embargo, la elección de Tom Hanks como el epicentro de ese misterio se nos antoja una decisión orientada a convertir Road to Perdition en otra Gran Historia Americana, en otro Gran Melodrama de Hollywood, de modo que cierta abstracción y poesía del conjunto se diluye hacia un conservadurismo formal que termina resultando irritante.

Tom Hanks es un buen actor, no es cuestión de dudar de su talento. Pero su presencia acarrea un lastre. Por un lado porque es demasiado blando para encarnar a un personaje tan oscuro e inasible, mientras que otro actor hubiera otorgado una dimensión más arriesgada y tenebrosa. Por otro lado resta sorpresa al relato: ¿acaso alguien teme por su vida antes del final, siquiera cuando el personaje de Jude Law le acorrala por dos veces? Law, que compone aquí un trabajo memorable (quizá el mejor de su carrera), inclina la balanza hacia un tono más barroco o grotesco, decididamente siniestro. El problema es que al resultar el personaje más oscuro, termina iluminando aún más a Michael Sullivan.

Sam Mendes dirige sin divismo y con gran precisión, de eso no hay duda. De hecho parece una historia demasiado fácil para él, después del desafío (nada trivial) de la gran American Beauty. En esta ocasión, según sus propias palabras, era cuestión más de contar con imágenes que con diálogos. En ese aspecto, sale del trance con nota. Así mismo, una vez más, arranca de todos y cada uno de sus actores una interpretación memorable, aún en el caso de un Tom Hanks que como ya decimos resta fuerza al conjunto. Pero tanto Daniel Craig, en un papel muy difícil, como el gran Paul Newman, andan cerca de esa película que podía haber sido.

En el caso del recientemente fallecido y legendario intérprete, es uno de esos casos en que cuando está en pantalla la película se eleva a toda velocidad. Hay algo melancólico y hermoso en este personaje sufriente por haber tenido un hijo indigno de su clase, y por amar a un hijo que no es de su sangre y que a él le hubiera gustado que lo fuera. Hay algo trágico (de nuevo, nunca explorado como merece), en su elección de favorecer a su hijo de sangre frente a su hijo adoptivo. La interpretación de Newman es un placer absoluto para la vista, un derroche de elegancia, inteligencia y genio físico.

Existe un gran contraste entre el cómo se cuenta y el qué se cuenta. En arte, la forma es el contenido, pero aquí la conciliación entre ambos chirría por la superioridad absoluta de la técnica y la apariencia, mientras que el guión se queda a medio camino en todo. No todos los elementos de la película organizan una unidad, el final se anticipa quince minutos antes y la violencia, a fuerza de intentar hacerla elegante, acaba resultando escasa. Pero esta debía haber sido una de esas 'historias de violencia', cuyo clímax nos conmocionara, en lugar de servirse como en un melodrama exquisito (que es lo que acaba siendo, para bien o para mal).

Una verdadera lástima, aunque a fin de cuentas hablamos de una estupenda película con momentos memorables (esa aparición en la carretera nocturna del vehículo del personaje de Law y la sensacional escena del bar de carretera que la sigue), pero demasiado perfecta, demasiado bonita, sin vida.