‘El manantial de la doncella’ – Hipnótica tragedia

Conociendo posteriores y muchísimo más personales películas, una película como El manantial de la doncella puede parecerle menor a un espectador poco avezado en la filmografía de Ingmar Bergman, sobre todo teniendo en cuenta el año en que está enclavada, pues la precede su primera gran obra maestra, El séptimo sello (que en muchos sentidos preludia a ésta), así como una de sus cinco mejores películas, Fresas salvajes. Los sesenta estaban a punto de comenzar, y ahí germinaría el Bergman más críptico y fascinante, el que cambió la cinematografía mundial.

Pero lo cierto es que El manantial de la doncella es una obra de una fuerza narrativa inigualable, que no por resultar más accesible en su doloroso drama, desmerece del universo bergmaniano. Más bien lo amplía. Basada en una balada nórdica del siglo XIII, el guión es una joya de concreción y de diálogos. Doce únicos personajes en un decorado interior, y en primorosas localizaciones naturales exteriores. Este poema visual es sobre todo una hipnótica tragedia con reminiscencias shakesperianas, ibsenianas y strindbergianas, al mismo tiempo que aúna lo católico con lo pagano, lo existencialista con lo mundano.

La puesta en escena de Bergman se aleja de todo manierismo de forma consciente y ascética, buscando en todo momento la austeridad, los silencios, la expresividad "casual". Escasos movimientos de cámara, empleada esta con gran energía en los momentos en los que se necesita, para acentuar la tensión psíquica del espectador; dirección de actores precisa y sobria, sin grandes exhibicionismos, pero capaz de arrancar una verdad indescriptible a los actores. Parece, de hecho, algo teatral, pero no por defecto, sino por virtud. Esta teatralidad nos retrotrae a los dramas escandinavos y a las representaciones de grandes tragedias gélidas del teatro sueco y ruso.

Extraordinaria fotografía en un celestial blanco y negro por parte del maestro de la luz, recientemente fallecido, Sven Nykvist. Su trabajo es enormemente decisivo en el tratamiento visual de Bergman, pues esta película se narra principalmente con imágenes, y no tanto por sus escasos diálogos. Su sencillez es transparente, y de ella nace el dolor de su historia, su inasible melancolía, dedicada a describir la soledad del hombre en el mundo, el horror de la violencia injustificada o no, el silencio insondable de Dios y las palabras sin respuesta que sus hijos le profieren, la naturaleza inconcebible de la muerte violenta, el amor parental, el odio entre hermanos, la venganza...

En el centro del reparto, un imponente Max Von Sydow, pero todos están magníficos, Birgitta Valberg, Gunnel Lindblom, Birgita Pettersson... Considerada hoy día una de las películas clave de Bergman, esta maravilla no ha envejecido nada, sino que se conserva eternamente joven. Bergman sería capaz de superarse en el futuro, forzando a sus contemporáneos a convencerse de que es uno de los mejores y más profundos artistas del siglo XX.