‘Burn After Reading’ – Gran farsa Coen

Cuando se habla de la filmografía de los hermanos Coen, dos de los directores esenciales del cine norteamericano de los últimos 20 años, suelen dividirse sus películas en dos categorías: las comedias locas y los dramas criminales, si bien ambos grupos tienen puntos en común con el otro. Aunque yo añadiría un tercero, el de las películas existencialistas, categoría que engloba a Barton Fink y a The Man Who Wasn't There. Los dramas criminales tienen su cumbre en Fargo y en Miller's Crossing (quedando muy atrás No Country for Old Men) mientras que los Coen no han firmado mejores comedias que Raising Arizona y The Big Lebowski.

El resto de comedias oscilan entre lo trivial (para su talento) y lo infravalorado. Ahí se enclavaría esta alocada farsa, más o menos en el grupo de la infravalorada Ladykillers e Intolerable Cruelty, pero no tan ambiciosa y arriesgada como The Hudsucker Proxy. Ahora bien, lo que nadie puede negar, es el desbordante ingenio de los Coen a la hora de construir una farsa que arremete contra las convenciones de género estadounidenses de forma tan contundente, precisa y desvergonzada, con un trasfondo existencialista que la hermana con ese tercer grupo antes nombrado.

No sería exacto definir Burn After Reading como una sátira de los servicios de inteligencia norteamericanos, cuando en verdad su alcance como pulla canallesca va mucho más allá, y se incrusta sin miedo y sin límites en el mismo centro de las costumbres sociales de ahora mismo, si bien le faltan dos o tres peldaños más para causar una verdadera sangría comparable a la de Raising Arizona. Las mejores comedias de los Coen, antes citadas, tenían la clarividencia de atacar con furia, aunque también con ternura, las costumbres y la forma de vida de unos personajes demenciales incapaces de asimilar que viven instalados en el absurdo más patético.

Porque de criaturas demenciales va la cosa, de auténticos subnormales de encefalograma plano, que son el divertimento principal de esta pareja de hermanos gamberros. La nómina de estúpidos de baba que pueblan esta película ingresan con honor en el patíbulo de memos más grandes de toda la filmografía Coen, y eso es decir mucho. De hecho, podrían ser nominados como algunos de los personajes más idiotas de la entera historia del cine. Y esto tiene más relevancia cuando hablamos de una trama construida en torno a un 'mcguffin' puesto a mala leche: unas memorias de un ex-agente de la CIA (interpretado con gran brillantez por John Malkovich) que provocarán una riada de despropósitos.

No hay esperanza para los Coen. En su mundo, el 99,9% de las personas son subnormales perdidas, y de ellos los que son capaces de un acto generoso mueren de la forma más horrible. Las necesidades de los idiotas inician una cascada imparable de acontecimientos que la mejor de las veces desembocan en una secuencia patética, y en la peor en una muerte dolorosa e inmerecida. En esta película te ríes porque el tono de farsa es absoluto, y los Coen lo mantienen con talento, pero falta realmente muy poco para caer en la depresión al constatar que el ser humano no anda sobrado de inteligencia ni de amor.

Por eso es tan importante para estos brillantes hermanos repasar por dos veces, en sendas magníficas secuencias, el transcurso de la historia en los despachos de la CIA, para que veamos que por muy idiota que el ser humano demuestre ser, lo mejor es verlo con ironía y no tomarlo muy en serio. Impagables J.K. Simmons (un habitual en las últimas Coen) y David Rasche, como altos mandos de la CIA que no pueden sino alucinar con el caso, convirtiéndose en el espectador que somos nosotros.

Los Coen planifican (ayudados por primera vez por el gran operador Emmanuel Lubezki) y montan (con el seudónimo de Roderick Jaynes) con la destreza que han ido acumulando y perfeccionando a lo largo de estos años, y dirigen sin ningún divismo ni deseo de impresionar. El conjunto es sobrio y humilde, con unos irreconocibles e hilarantes Brad Pitt y George Clooney, y aunque parece cada día más claro que no van a superar, ni siquiera igualar, a The Big Lebowski, en muchos años (si es que lo consiguen alguna vez), esta gozosa comedia de perdedores resulta gozosa y agradecida, generosa y sorprendente.