‘El patio de mi cárcel’ – Endeble melodrama

Imaginemos un gran saco. Un saco donde podemos meter al 99,9 % del cine que se ha hecho en España en, digamos, 20 años. O más. Todas las películas que contiene ese saco padecen la misma enfermedad, que son los problemas que sufre El patio de mi cárcel, y que a continuación detallaremos. Fuera de ese grupo tan amplio, unas pocas películas gozan de la valentía, el talento, el ingenio, la profesionalidad que se exige a un cine mínimamente interesante.

Por eso todos los que hablan de la crisis del cine español, y a los que se ve tan preocupados, tan afectados, por la anemia de una industria siempre a punto de morir, creo yo deberían olvidarse de cuestiones de mercado, o de la educación del espectador, o de la piratería o de otros factores sin duda importantes. Y deberían centrarse, directamente, en el talento y la capacidad de los directores, guionistas y actores, y en la inteligencia de los productores. Hay quien defiende, sabedor en su interior que es una causa perdida o snob, esta película. A todos esos, sencillamente, no les gusta el cine.

Da verdadera pena poner todo de parte de uno, y constatar el esfuerzo titánico que hace la directora para levantar una historia, y el fracaso casi absoluto que se desprende de ese esfuerzo. Y da lástima el enésimo intento del cine español de proponer un melodrama y volver a caer, uno por uno, en todos los clichés, los errores, los lugares comunes que han convertido casi cualquier película española en un calco de otra; y ante todo las pocas posibilidades de los actores, más allá de su talento, para construir personajes que suenen a verdad, acaso aisladamente.

La debutante Belén Macías se ha enfrentado a su material, un grupo de mujeres convictas que asisten a un taller de teatro dentro de la cárcel, con la más absoluta indefinición e indecisión, dando lugar a una historia anodina que parece que no empieza nunca. Y es que por mucho que pongamos de nuestra parte para que nos importen las vicisitudes del personaje interpretado por Verónica Echegui, una yonki incapaz de llevar una vida normal fuera de la cárcel, lo cierto es que termina por cansarnos su supuesta tragedia, su supuesto interés.

Echegui es una actriz que tras su presentación en Yo soy la Juani, está como loca por huir del encasillamiento, y ha aceptado el supuesto protagonismo en esta película, con un papel muy alejado de su imagen de sex-symbol, aunque hubiera sido mejor en un papel con más enjundia y más profundidad: su yonki se limita a reírse mucho de paridas que a nadie hacen gracia y a poner cara de pena en momentos más oscuros, nada más. Tiene algo esta chica, pero de momento va a tener que seguir buscando la forma de explotar ese algo.

Y hemos escrito supuesto protagonismo porque su personaje (de la misma forma que el protagonista de la lamentable Siete vírgenes, película con la que guarda varios puntos en común, y ninguno positivo) ni ejerce de eje, ni de punto de vista ni de nada. Su protagonismo es arbitrario, como todo en la película, pues no necesariamente tiene más peso que otras actrices que no pueden desplegar sus alas por la servidumbre al personaje de Echegui. Sólo Candela Peña es capaz de respirar entre la mediocridad, porque es una buena actriz que saca al resto del reparto varias cabezas en oficio y presencia, pero no está en su papel, pues no parece que eso de celadora de la cárcel le pegue mucho, sino más bien el de convicta.

¿Significa eso que estamos en una película coral? Pues tampoco, por mucho que a menudo sea el deseo del guión y de la directora. Es más bien una caja de sardinas, en la que las secuencias acaban funcionando por acumulación y por insistencia, más que por clarividencia y verdad. Pero es todo lo que hay, pues en lugar de coger el drama por los cuernos, y hacer un melodrama a tope, o un drama social a tope, o una tragedia a tope, o una comedia dramática a tope... la directora se pierde incapaz de establecer un tono, confundiendo sobriedad con banalidad. Y es una lástima, porque más de una vez da la impresión de que va a sumergirse en uno de esos tonos para explorarlo y ver qué da de sí... Sin embargo, una y otra vez no tiene el valor de confiar en su material y es incapaz de otorgarle una personalidad.

Una dirección de fotografía de Joaquín Manchado carente de chispa y de inspiración certifica a este operador como uno de los más insustanciales de nuestro cine, incapaz en ningún momento de trascender los esquemas más rancios de puesta en escena, para firmar un trabajo que sumado a la sosa dirección artística de Soledad Seseña recuerda al Garci más opaco. La maldita manía de muchas películas españolas de meter un pianito, con una melodía desastrosa, para reforzar los momentos dramáticos, termina por rematar una película que quizá podría haber dado mucho más de sí, si sus responsables hubieran sabido enfrentarse a su material con algo más de gusto, inconformismo y riesgo.

Estrenada hace dos días en el festival de San Sebastián, resulta sorprendente que compita en la sección oficial de ese certamen.