‘The Perfect Storm’ – Tragedia clásica

El alemán Wolfgang Petersen es un gran artesano que ha sabido hacerse un hueco en la industria cinematográfica norteamericana a base de inteligencia, trabajo y solidez. Convertido con el paso de los años en productor de sus propios filmes, ha conquistado el respeto y la confianza de las majors de Hollywood, labrándose una generosa carrera con filmes épicos, ambiciosos y casi siempre (imposible olvidar su patraña Air Force One) muy interesantes. Pero poco importan los tropiezos, por irritantes que sean, cuando se está en disposición de aportar The Perfect Storm.

Tres años después del melodrama Titanic, no parecía el ambiente perfecto para que otra tragedia marina (comparten, además, compositor: James Horner) se aupara hasta el limbo de las grandes películas, y obtuviera un prestigio crítico que se merece con creces, pues The Perfect Storm es una hermosa tragedia, que bordea con nobleza el melodrama desatado, rebosante de vida y de verdad, que destila un amor por el mar y por los barcos como no se había visto en muchos años de cine.

En verdad la recepción y memoria cinéfila de una película depende mucho del momento en que nace, y de las grandes películas que las rodean. No cabe duda de que sin la existencia de Titanic, y con más perspicacia por parte de gran parte de la crítica, este filme tendría otra consideración y otro lugar.

En 1991 tuvo lugar una llamada “tormenta perfecta” al norte del océano Atlántico, un fenómeno colosal de la naturaleza, en el que varias poderosas tormentas confluyen a su vez en el mar, originando un maremoto de proporciones bíblicas. Tales tormentas son relatadas en canciones antiguas marinas como algo sobrenatural. En 1991, un barco pescador de pez espada, al Andrea Gail, tuvo la mala suerte de encontrarse en el mismo centro de este fenómeno.

La estrategia narrativa adoptada por Petersen para acercarse a la historia de la media docena de marineros y de su experiencia irrepetible, roza la maestría absoluta, y representa sin lugar a dudas su máximo trabajo como cineasta. Poco importan sus embellecimientos novelescos, que a los familiares de los marineros tanto ofendieron. La realidad nunca fue tan verdadera, tan emocionante. El drama de Billy (magistral George Clooney, en el mejor papel de su carrera, despejando las pocas dudas que quedaban sobre su talento) es de una riqueza y una emoción realmente impresionantes.

Su Billy es más complejo que Michael Clayton y que el Bob Barnes de Syryana juntos. En una secuencia es altivo, en la siguiente entrañable, para pasar a ser mezquino, y valiente, y sincero, y humano. Protagonista absoluto de la cinta, Clooney le da vida sin divismos y sin énfasis alguno, en un ejemplo de contención y destreza. Es realmente notable cómo cede toda la atención a sus ojos, por los que pasa, con una credibilidad sin fisuras, la ilusión, el amor, la búsqueda, la culpa, la desesperación, la resignación.

El capitán del Andrea Gail está embarcado (y perdón por lo fácil de la imagen) en una búsqueda, en una apuesta con el destino. Pareciera que se juega algo más que su reputación como pescador de pez espada, en entredicho después de una mala racha terrible. Billy Tyne sólo tiene ser capitán de barco de pesca, y el amor infinito y antiguo que late en su pecho por el mar y el oficio. Divorciado y solitario, sin amigos y sin vida social, Tayne decide salir a enfrentarse con su mala suerte. Y cuanto peor van las cosas en alta mar, más apuesta. Y cuando la tormenta se revela en toda su fuerza invencible, el capitán baja los brazos e intenta regresar. Y cuando no puede regresar mira a los ojos de la muerte y lucha por vencerla con coraje pero sin fuerzas. Impresionante.

Sorprende que un relato tan melancólico y de final tan negro, triunfase en taquilla, aunque puede ser resultado de un marketing y unos efectos visuales que asombran al más escéptico. Técnicamente, La tormenta perfecta es…perfecta. La secuencia en que el helicóptero de salvamento cae al mar, y su piloto intenta salir de él es una maravilla insuperable que pone los pelos de punta, así como el lento pero inevitable naufragio del velero.

Mark Wahlberg ofrece un papel mucho más fácil que Clooney, pero aún así interesante, aunque mucho menos intenso que el de sus menos conocidos, pero todos brillantísimos, compañeros de viaje. El quinto compuesto por John C. Reilly, William Fichtner, John Hawkes, Allen Payne y el propio Wahlberg conforman un puñado de secundarios muy compacto, que tiran unos de otros y que en sus réplicas, enfrentamientos, miradas y amistades fraguadas, logran el contrapunto perfecto al viaje del capitán, complementándolo y enriqueciéndolo. El intenso y terrible clímax deja al espectador como un puño, pues ha compartido la lucha y el sufrimiento de un grupo de seres humanos tan vivos como nosotros, o puede que más…

El arranque, completamente opuesto al final, avisa del carácter tremendamente generoso y vital de The Perfect Storm, prosaico pero lírico al mismo tiempo, con los barcos pesqueros entrando en puerto y la optimista música de Horner, alternado con la rutina de la faena del puerto. Si añadimos la presencia arrolladora e impagable de los grandes Mary Elizabeth Mastrantonio, Diane Lane y Michael Ironside, y la planificación clásica pero dinámica, limpia y potente de Petersen, concluimos que esta película es una joya, casi una obra maestra absoluta.