Kung Fu Panda: tigre y dragón. Y mantis. Y mono. Y grulla.

KUNG FU PANDA

Hace poco, un amigo me comentaba cuán harto estaba que casi todas las películas de animación que nos llegaban a los cines estuviesen protagonizadas sistemáticamente por adorables, y en gran parte de los casos coleccionables, animalillos convenientemente antropomorfizados.

Con Kung Fu Panda, Dreamworks en su división de animación vuelve a apostar fuerte por ello para reventar las taquillas del verano 2008. En este caso con la historia de Po, un panda gordo, flojo, y muy pero que muy friki que, de buenas a primeras, es elegido como el legendario guerrero del Dragón, y por tanto, el salvador del Valle de la Paz donde residen del malvado tigre de las nieves, Tai Lung.

No vamos a entrar en disertaciones sobre la elección de animales parlantes como protagonistas de las películas de animación por ordenador del estudio, puesto que al final sólo serían especulaciones sin ningún apoyo de declaraciones oficiales. No obstante es curioso destacar que el mismo estudio, en todas sus películas de animación tradicional sí que apostó por modelos humanos (El príncipe de Egipto, La Ruta hacia El Dorado, Sinbad) cuando en las de animación por ordenador son, con suerte, secundarios (HormigaZ, Shrek, El espantatiburones, Madagascar, Bee Movie, Vecinos Invasores…).

La historia de Kung Fu Panda no deja de ser un hilo conductor muy básico y fino del que colgar las cosas que realmente interesan, es decir, personajes ultramolones que te vienen en el Happy Meal, sucesiones de gags que sostengan el ritmo y alguna que otra enseñanza sobre valores esenciales para los pequeños de la casa (debo añadir, muy finamente orientalizadas a lo zen). Pero, no nos engañemos, demonios, yo he pagado para eso y justamente eso es lo que he obtenido. Técnicamente, Kung Fu Panda sienta un nuevo estándar para la compañía, eones lejos de animales de zoo y abejas, con un acabado de texturas extraordinario, una dirección artística depurada hasta la excelencia y una gestualidad de los personajes de quitarse el sombrero.

Y esa es la gran baza del panda rechoncho. Que te hace reír no por lo que diga, sino por las caras que pone, que lo dicen todo. Es tremendo. En algunos casos, casi chaplinesco, lo cual, en un entorno lleno de referencias a clásicos del género de las artes marciales, no choca sino complementa fantásticamente. En una historia sobre el destino, la confianza y, chiquipunto para el equipo de los guionistas, la decepción, que no deja de ser el motor de un villano medianamente carismático, algo sobre la media y con lo que darnos con un adoquín en los dientes, Po es un repertorio de recursos físicos. Mimos, miradas, movimientos imposibles de no-cejas, porque no las tiene, sus andares, la manera de encajar una y mil veces la sucesión de ostias como panes que recibe estoicamente… es un personaje que no te cansas de ver.

Visualmente la peli es una sobrada tras otra, para empezar, por los insertos hechos con animación tradicional (y un uso imposible del español en los diálogos, muy tremendo). La fluidez de las escenas de pelea, que lleva la cámara en un frenesí sin ataduras, la sucesión de bullet-times que se distribuyen fifty-fifty entre el lucimiento y la búsqueda de la risa, el diseño y coreografía de ciertos momentos, como la imposible lucha con los palillos chinos… Todo acompañado por Hans Zimmer y John Powell a panchas en la banda sonora. Perros viejos de la compañía y de este tipo de producciones, no realizan una obra maestra, que tampoco se requería, pero dotan al tema principal de Po la socarronería, un poco a lo Kill Bill, que el desenfadado tono de la cinta requería.

Neuronas fuera. Palomitas y refresco dentro. Kung Fu Panda da hora y media de diversión asegurada. Mínimo este verano. Muy posiblemente, sus secuelas, alguno que otro más.

PUNTUACIÓN: 6.75 / 10

LO MEJOR: Po.

LO PEOR: Es muy básica. Terriblemente básica.

EL MOMENTO: El terrible golpe del tornillo del dedo, ¡chacaflush!