cara oficial de chantaje emocional Thomas Newman, pese a quien pese, es uno de los nombres más importantes asociados a la música cinematográfica reciente. No ya por el legado familiar que atesora, siendo su padre Alfred Newman, y teniendo muy cerca en el árbol genealógico al, bueno venga, irregular David Newman y al otrora brillante Randy Newman, sino porque Thomas es creador de una marca sonora reconocible que ha sido plagiada y emulada hasta la saciedad. 8 nominaciones al Oscar lo avalan.

Sus sonidos melancólicos, pequeños y humanos, sus orquestraciones mínimas, la mezcla ecléctica de instrumentos en sus composiciones… Si bien son los puntos fuertes de su talento, también han sido su pequeña cruz estilística, pues, quizás enfrascado en la evolución de esa marca, más interesado en combinar y experimentar con patrones sonoros establecidos, sus bandas sonoras son parientes demasiado cercanos, que indudablemente y en todo caso potencian las imágenes que acompañan.

En el caso que nos ocupa nos encontramos precisamente con esto. Lejos del despunte formal que supuso El Buen Alemán, tenemos a un Thomas Newman fiel a su propio legado de la última época. Su Wall•E es bonito, comedido, y de seguro le sentará como un guante de seda a la película, pero también es cierto que el tono coqueto y juguetón característico de Lemony Snicket se deja ver en cortes como el mismo tema asociado al protagonista de la cinta, Wall•E, o el frenesí dramático de ciertos cortes de Nemo es patente en Foreign Contaminant. Incluso si me apuran, se puede apreciar el descaro de Jarhead en tracks como Mutiny!.

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