
En una de las primeras secuencias del capítulo número 10 de una de las series del momento, Mad Men, el personaje interpretado por la muy atractiva Christina Hendricks y el interpretado por el muy televisivo John Slattery hablan en torno a una película que está en esos momentos en cartelera en Nueva York en 1960: The Apartment.
No es un simple guiño, ni un capricho del guionista. Como no lo es establecer un puente entre esta serie fundamental para entender la televisión y el audiovisual de hoy, y aquel filme inolvidable tan importante para su época, auténtico puente entre el cine de los 50 y el de los 60 y 70. Ambas transcurren en la misma época, en Nueva York, y ambas nos hablan de las mismas cosas y los mismos motivos, aunque las personalidades de sus creadores (y esto se agradece) sean tan distintas. Continuar leyendo »

Hay directores que dan lo mejor de sí mismos cuando están bajo presión (véase Francis Ford Coppola, que cuando hace lo que le da la gana y sin presiones parece como si le faltara algo), otros que necesitan sentirse confiados y libres para poder desarrollar plenamente su talento. No sé cuáles son mejores directores, y a lo mejor nadie lo sabe. Billy Wilder pertenece sin duda al segundo grupo, como le pasó a Alfred Hitchcock.
Esto puede trasladarse a todos los trabajos creativos. Cuando a un intelectual o un artista sensible le rompen la seguridad en sí mismo, puede ser difícil recuperarla. Wilder no supo recuperarse del tremendo fracaso de una de sus más hermosas películas, quizá la más exquisita y arriesgada, The private life of Sherlock Holmes. Continuar leyendo »

Tercera versión de la genial comedia escrita por Ben Hetch y Charles McArthur, que primero dirigió Lewis Milestone en 1931, con Adolphe Menjou y Pat O’Brien, que conoció una segunda versión (una obra maestra esta vez) dirigida por Howard Hawks en 1940, ésta vez titulada His girl friday, con Cary Grant y Rosalind Russell, una gozada insuperable, que Wilder intentó superar (sin conseguirlo, pero quedando cerca), en 1974. Aún conocería otra versión en 1988, dirigida por Ted Kotcheff, bastante digna, la verdad; con Kathleen Turner, el malogrado Christopher Reeve y el siempre infravalorado Burt Reynolds. Continuar leyendo »

Muy pocos realizadores llegan a filmar más de 20 películas. De los pocos que lo hacen, la gran mayoría superan esa cifra luchando toda su vida, soportando severos reveses a su libertad y a su confianza en sí mismos. Ni siquiera conocer un enorme (incluso grandioso, como en el caso de Billy Wilder) éxito en un pasado, le salva a uno de una recta final llena de baches y dificultades.
Ahora, Billy Wilder, creador de algunas obras imperecederas, apenas es conocido por los nuevos espectadores, sólo por los cinéfilos ‘pata negra’ (y no son pocos). Otros prefieren un póster de la versión para cine de Dragon Ball Z, o un vídeo de la absurda Speed Racer, a una retrospectiva sobre su cine. Él era consciente de ésto, de que no sólo su declive era imparable, sino de que algún día sería apenas recordado. Continuar leyendo »

Para recuperarse del brutal batacazo que supuso la estupenda y nada valorada Kiss me, stupid, Wilder, según sus propias palabras, necesitaba sentir que volvía a estar en forma. Tanto él como Diamond se pusieron manos a la obra con uno de los guiones más furiosos que escribirían juntos, que daría lugar a la magnífica The fortune cookie.
Hay mucho en ésta tragicomedia que recuerda a The apartment, sobre todo en esa mezcla de tonos que tan bien le quedó en su obra cumbre, con el añadido de la presencia arrolladora de Matthau, quien por cierto sufrió un ataque al corazón en mitad del rodaje, lo que se percibe en su aspecto más debilitado de las últimas escenas… Continuar leyendo »

El filme número 20 del director austríaco significó el principio del ocaso de su carrera. Así de sencillo. Un año después del taquillazo que significó Irma la dulce, cosecha un fracaso estrepitoso con Kiss me, stupid, por la que la crítica poco menos que le crucificó y el público le dio la espalda.
Sería muy interesante que alguien (yo no creo que tenga tiempo) escribiese un libro sobre lo que significaron los años 60 para directores como Billy Wilder, Alfred Hitchcock y John Ford. Sobre todo en el caso de los dos primeros, los años 60, plenos de cambios industriales y de convulsiones ideológicas, fueron muy duros, viendo cómo sufrían severos fracasos económicos, cómo su confianza en sí mismos se veía puesta tremendamente a prueba y cómo de la noche a la mañana la industria les tachaba de cineastas prematuramente desfasados. Continuar leyendo »

Lo que son las cosas. De filmar una de las películas que deberían estudiarse en las escuelas de cine para impartir lecciones de cómo imprimir ritmo (Uno, dos, tres), Wilder pasa a una película que adolece descaradamente de un sentido del ritmo y de un montaje con más chispa. Sin embargo, resultó un gran éxito comercial, el último taquillazo de Wilder.
Adaptación de un musical que gozó de buena fama, escrito por Alexandre Breffort, Irma la dulce es un divertimento de un colorido vibrante y muy vistoso, al que muchos wilderianos defienden, pero que es un claro paso atrás después de una racha (Witness for the prosecution, Some like it hot, The apartment, One, two, three) de obras maestras imperecederas. Continuar leyendo »

¿Cómo poner a parir al corrupto y decadente mundo capitalista, mientras se atacan las hipocresías y abusos del brutal mundo comunista? ¿Y cómo hacerlo con un James Cagney ya maduro pero aún depositario de una fuerza arrolladora? Billy Wilder, después de su obra cumbre, lo tenía claro. La respuesta a ambas preguntas es una de las comedias más ‘rápidas’ e ingeniosas que dirigió el austríaco
Lo que viene a ser lo mismo que decir una de las comedias más ‘rápidas’ e ingeniosas de la historia del cine. Y cuando decimos rápidas, decimos veloces. Los chistes de Uno, dos, tres alcanzan un ritmo tan furioso que en su tercio final uno se pregunta de qué chiste está riendo, si es que las carcajadas no le impiden oír los diálogos o percatarse de las situaciones que Wilder y Diamond despliegan con genio. Continuar leyendo »

Hay películas que desde luego parecen tocadas por una gracia más allá del talento o la fortuna. The apartment, la película número diecisiete dirigida por Wilder a sus cincuenta y pocos años, parece una de ellas.
Perfecta mezcla de tragedia y comedia, ésta tragicomedia genial es el puente entre el clasicismo de los 50 y la nueva ola de los 60. Un cuento moral sucio, como algunos detractores la calificaron, cuando a Wilder seguramente no le hubiera desagradado el término. Porque es un cuento moral, de eso no hay duda. Como asume el personaje de Shirley MacLaine al de Jack Lemmon: “el mundo se divide en víctimas y aprovechados, usted y yo somos víctimas.” Continuar leyendo »

Cuenta el propio Wilder en sus memorias que durante la entrega de los premios Oscar de la primavera de 1960 (no ha llovido, casi…), en la que arrasó el Ben-Hur de su amigo William Wyler (quien le preguntó a Wilder si debía aceptar el encargo de tan gigantesco proyecto, a lo que Wilder contestó que si quería forrarse para siempre con una mala película, lo aceptara), que cada vez que en lugar de recibir él un premio por Some like it hot lo recibía Ben-Hur se bebía un ‘margarita’.
Teniendo en cuenta que la película protagonizada por el recientemente fallecido Charlton Heston se llevó 11 estatuillas y la de B.W., nominada a 6, sólo se llevó el de mejor vestuario en blanco y negro para Orry-Kelly, pues otros asistentes cuentan que tuvieron que sacar a Billy a rastras del teatro. Continuar leyendo »

Hace años me dí cuenta de que hay que ser genial para conseguir algo mediocre. Imaginaros lo que hace falta para conseguir algo genial.
En el caso de uno de los más importantes directores de la historia del cine norteamericano (por ingenio, cultura, carácter, combatividad), el ínclito Billy Wilder, pues tenemos una carrera larga y bastante regular, que en el tercio final comenzó a encontrar dificultades para ser comprendida, para ser apreciada como debía. A principios de 1958, hace ahora medio siglo, a Wilder aún le quedaban algunos años para pasarlo mal.
Era el año de Witness for the prosecution. Continuar leyendo »

Como ya comentábamos ayer en EXTRACINE, 1957 fue un gran año en la carrera del director sobre el que estamos haciendo un repaso a todas sus películas. Cuando, ya retirado, la mujer de I.A.L. Diamond (el gran guionista y productor con el que Wilder empieza a trabajar en este título, y salvo la consecutiva a ésta, sería el coguionista de todas sus películas hasta el final de su carrera), afirmaba que gran parte de lo que significaba la carrera de Wilder se lo debía a Diamond, parece que exageraba.
Wilder ya era Wilder antes de que Diamond fuera su coguionista, aunque bien es cierto que nunca Wilder fue más Wilder que con Diamond. Parece un juego de palabras, pero es la verdad. Aunque viendo la posterior Witness for the prosecution, está claro que Wilder hubiera seguido siendo un gran director. ¿Quién sabe con qué coguionista? Continuar leyendo »

Charles Lindbergh (1902-1974) fue el primer piloto en cruzar el Atlántico en solitario y sin escalas. Lo hizo en 1927, en un vuelo de 33 horas y 32 minutos, a bordo de su monoplano de un solo motor, al que llamó El espíritu de San Luis. 30 años más tarde, Billy Wilder estrenaba su versión del asunto, y no deja de ser lógico que sea una de sus películas menos vistas, pero es puro Wilder…
Ayudado en las labores de guión por Wendell Mayes y Charles Lederer (adaptando el libro por el que Lindbergh ganaría el Pulitzer), es sin duda una propuesta extraña por parte del director que con tanto sarcasmo y mala hostia diseccionó las miserias de Hollywood, de la prensa, de las compañías de seguros o del alcoholismo en anteriores filmes muy célebres. Para terminar de rematarlo, el elegido para encarnar a tan famoso y controvertido personaje sería un actor tan poco wilderiano como James Stewart. Continuar leyendo »

De nuevo una comedia basada en una obra teatral, esta vez de George Axelrod, que colaboraría en la escritura de la película, para una de las más divertidas, cáusticas películas de Wilder, todo un taquillazo con una Marilyn Monroe realmente más sexy que nunca. The seven year itch puede parecer lenta para un espectador actual, pero es absolutamente brillante.
Primera comedia ‘pura’ (Sabrina puede considerarse un melodrama) de su director desde 1942, sí que es verdad que es puramente Wilderiana, con su tratamiento del hombre medio como auténtico depositario de la nobleza humana y de la mujer atractiva como pozo en que ahogar las penas de un mundo capitalista y aburrido. También como símbolo de libertad, felicidad y pura alegría. Pocas películas de los 50 tan sensuales como ésta. Continuar leyendo »

Sólo se puede ser muy duro con aquello que se ama. Y por mucho que cueste creerlo en ocasiones, Wilder sentía amor por su prójimo, era un ser sensible y melancólico, que sufría por sus vecinos. Sólo así se explican cosas como Sunset Blvd. o Ace in the hole, pero también cosas como Sabrina, una agradable comedia que la mitomanía ha elevado a una sobrevaloración evidente.
Lo de contar con una encantadora Audrey Hepburn en el reparto es un gran aliciente, que hace olvidar lo poco creíble que es su enamoramiento tardío hacia un envejecido y algo perdido Humphrey Bogart, que es bien sabido que nunca se llevó bien con Wilder en el rodaje y que no congeniaron precisamente en su forma de ser. Continuar leyendo »