Cuando se dispone de una confianza ciega en la sabiduría de un autor, y se sabe de la meticulosidad de éste en su trabajo y su conocimiento casi humanístico, entonces el espectador ya está perdido ante una obra críptica: está condenado a la (sobre)interpretación. Porque entonces, el espectador tiene la sensación de que TODO significa en sus obras, cada detalle anuncia un sentido y contribuye a la aprehensión total de la obra; o cada detalle imprime un nuevo discurso que modifica el propósito del texto...
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