Keep the lights on comienza con un joven homosexual que llama por teléfono en busca de sexo, en una de esas noches solitarias en las que no hay planes con amigos y uno se queda en casa, con ningún deseo de leer o ver una película. En la conversación telefónica, él se define como activo, al igual que el receptor, y finalmente abandonan la conversación: el personaje debe seguir buscando alguien con complicidad en la cama en cuanto a rol sexual. Independientemente de que, quizá hoy, se usen otros medios más virtuales, como el grindr, para esta búsqueda de sexo en la noche, Keep the lights on, la nueva película de Ira Sachs y elegida la décima mejor película del año por Cahiers du cinéma, destaca por estos pequeños detalles: por hacer visibles actitudes y conversaciones existentes que el cine, en numerosas ocasiones, camufla.

Crítica de keep the lights on

Y toda esta libertad en el tratamiento del sexo se traslada, más tarde, a la representación de la pareja, pues al fin y al cabo, Keep the lights on es un film sobre una pareja homosexual que extiende su relación durante años. Una relación intermitente, surcada por los secretos, las adicciones y las idas y venidas. El film se erige, así, en un catálogo que desmonta todos los estereotipos que han recaído sobre las relaciones homosexuales en cuanto al desarrollo de una relación, negando la asunción de distintos roles genéricos en al pareja. Estos estereotipos alcanzaron su cúspide en los años noventa, cuando la homosexualidad comenzaba a tener visibilidad, pero era representada desde los espacios del patriarcado; entonces, sólo cabían dos opciones: el gay deshinibido sexualmente, cuando hablaban desde los discursos dominantes; o el gay marginal, cuando se hablaba de la homosexualidad como resistencia, desde la periferia de los discursos.

Pero Keep the lights on es filmada desde otra perspectiva, con una homosexualidad cada vez más aceptada y un director que proclama abiertamente su tendencia sexual, y ello se nota en su discurso. Por un lado, pierde ese carácter de reivindicación, que procede de una cultura homosexual en los márgenes, que se convertía en bastión contra los discursos hegemónicos. Pero, por otro lado, gana en naturalidad, pues el film aborda la relación homosexual no con la estética de una relación heterosexual, sino simplemente con sinceridad, como ya pudimos ver en Weekend, de Andrew Haigh, si bien aquí condensado en dos días de contacto, en un fin de semana, y con una fotografía más realista.

Crítica de Keep the lights on

El resultado es la existencia de personajes bastante reales, y a la vez contradictorios, pues disponen de esa faceta de seres recién integrados al epicentro de los discursos, cuando hace unos años eran excluidos. Así, los miembros de la relación no son personajes marginales: el protagonista, Erik, en cuya mirada nos posamos para diseccionar la relación, interpretado por Thure Lindhardt, es director de cine; y su pareja, Paul, encarnado por Zachary Booth, es ejecutivo en una gran corporación. Sin embargo, el primero quiere y el segundo es adicto a las drogas: así, personajes en tensión, que los hacen atractivos y complejos, mostrando ese aterrizaje reciente de la homosexualidad a la visibilidad social.

Además, es interesante la utilización de la profesión del protagonista, pues es director de cine y se encarga de realizar un documental sobre un artista homosexual de los años sesenta en Nueva York, que reivindica sus discursos desde la absoluta marginalidad. Este hecho funciona por contraste con la vida cotidiana de los protagonistas, creando un eco sobre la existencia de discursos más radicales pero emitidos desde la soledad radical.

Crítica de Keep the lights on

Pero la película va, ante todo, de amor, y de cómo comprender al otro miembro de la relación desde la individualidad. Así, todo el metraje está filtrado por la mirada de Thure Lindhardt, que trata de entender la conducta errática de su novio y alejarlo de sus adicciones. Y el film tiene la virtud de sumirnos en esa incomprensión radical de lo otro: pese a desarrollar una relación de años, uno nunca llega a ser el otro, siempre hay una incomunicación esencial imposible de borrar. Nosotros sólo vemos lo que ve el protagonista, y como él, desconocemos los motivos que mueven a su novio a actuar; por ello, asistimos no sólo a la relación, sino a las conversaciones con los amigos para poder interpretar al otro.

Quizá se le pueda achacar cierta deriva en la narrativa del film, a través de decisiones de los personajes que parecen algo caprichosas o incoherentes, pero para mí, esto implica más una apertura a la realidad, pues en la ficción se crean campos de elección en torno a los personajes, mientras que en la realidad somos mucho más imprevisibles, y eso logra atraparlo en el film. Además, dispone de una fotografía sencilla, siempre próxima al personaje, en planos medios, pero muy bella, compaginando lirismo y realismo. En definitiva, la crítica de Keep the lights on parece ir dirigida hacia esa opacidad que la ideología social impone a la visibilidad del sexo y al amor homosexual, que normalmente asume a través del filtro de los estereotipos: viene, por ello, a iluminar aspectos sobre el sexo y las relaciones homosexuales, "mantiene la luz encendida".

4 estrellas