Hace unos años un amigo que andaba perdido y no sabía muy bien a qué dedicarse me pidió consejo. Yo le dije que lo que tenía que hacer era aquello que le provocara el subidón de la “montaña rusa”. Cuando de niño -al menos a mí me pasaba- sabías que al día siguiente ibas a subir a una montaña rusa no podías dormir en toda la noche. Esa sensación de tener todos los sentidos alerta, esos nervios antes de montar, la excitación y euforia en medio del loop, ese mareo satisfecho cuando pisabas de nuevo el suelo y la gratitud por seguir entero, por haber transitado un terreno peligroso y haber sobrevivido, esa satisfacción de vencer a la máquina es lo que a mi juicio deberíamos exprimir de todas y casa una de las cosas a las que nos dedicamos en esta vida. Y esa sensación es lo que le pido al cine.

Carmen Maura sexo en la ley del deseo

Esto me recuerda algo que me dijo Carmen Balagué, la protagonista de mi primer cortometraje en 35mm, Hábitos, que fue nominado al Goya 96. El corto lo rodamos durante dos intensas noches en la iglesia del cementerio de la Almudena y cuando lo terminamos Carmen me llamo por teléfono y me dijo: “Juan, ¿hemos rodado? ¿Hemos hecho un corto? Me parece que todo ha sido un sueño”. Eso es lo que yo le pido al cine también, esa intensidad y esa euforia y esa fugacidad… pero además con la ventaja de que podremos repetir todas las sensaciones otra vez, sólo con ver la película de nuevo.

Hábitos mi primer cortometraje en cine. La actriz principal pensó que el rodaje había sido un sueño.

Por suerte hay miles de películas, momentos, secuencias, maquinistas, actrices, maquillajes, directores o sastras que me han provocado esa maravilla que yo llamo “el subidón de la montaña rusa”. Pero que nadie se lleve a engaño que esto no quiere decir que sólo me interesen las películas de acción o entretenimiento -nada más lejos, aunque también. “El subidón de la montaña rusa” tiene que ver más con lo irracional que con lo analítico y entran en juego factores ambientales muy importantes, no sólo la edad con la que se ve una película determinada, sino también el lugar, el momento personal, hasta lo que llevas puesto en un momento dado… o lo que no llevas puesto.

Y para entrar en harina dejadme que os hable de uno de mis directores favoritos, Pedro Almodóvar, y de la película que le dio el espaldarazo definitivo como creador a tener en cuenta no sólo en España, sino sobre todo en el extranjero: La Ley del Deseo (1986). Fue la primera película suya que vi en un cine y para mí resultó un impacto absoluto por cuanto mostraba la homosexualidad sin pudor y de una manera desprejuiciada y libre, despojada de culpabilidad, algo nunca antes visto en el cine español. Todos conocemos los momentos míticos de la película y muchos se han convertido ya en parte de nuestro acervo cultural: el “riégueme, no se corte”, el asesinato en el faro, la pareja de guardias civiles en la playa, Laura P, Los Panchos, el beso en la Plaza de los Cubos, el “esto es Madrid”, la pelea en el apartamento, el final con los polis abajo y los amantes arriba… En fin, una obra maestra llena de enormes momentos que encajan como un rompecabezas bizarro, como un engranaje insospechado cuyas piezas aisladas pueden parecer una locura, incluso ridículas, pero juntas conforman una obra maestra del cine universal. Eso es algo que admiro profundamente en el temprano Almodóvar: su capacidad para transitar entre la fina línea que separa lo ridículo de lo sublime, quitándole gravedad a esto último y dotándole a lo primero de una nueva dignidad.

¡Riégueme, no se corte!

Pero si La Ley del Deseo fue un shock para mí es porque me susurró al oído: “oye tranquilo, hay gente que es como tú”. Y lo que voy a contar es muy íntimo y me da vergüenza pero qué demonios. En aquellos años tuve un encuentro sexual con una persona mucho mayor que yo. Es posible que fuera el primero de mi vida, no lo recuerdo bien. Pero sí fue el primero en el que tuve la sensación de estar atravesando una frontera porque… bueno, hicimos cosas y adoptamos posturas en la cama que a mí me parecieron degeneradas, perversas… pero claro, no me quejé porque en el fondo me gustaban, con lo que acabé por sentirme un depravado. Fue muy poco tiempo después cuando vi La Ley del Deseo en el cine. ¡Y resulta que Eusebio Poncela y Antonio Banderas hacían exactamente aquello que había hecho yo también! Aquello que me parecía tan depravado y tan único y tan vicioso y tan degenerado… no lo debía ser tanto si salía en una película. Quizá no fuera algo para ir contándolo en público (como estoy haciendo yo ahora por cierto) pero al menos la gente lo practicaba también, no era un vicio horrible, exclusivo, inventado por ese demonio tan viejo y experimentado que quiso corromperme.

Hillary Clinton te comenta que todo irá mejor.

Para un joven adolescente inseguro e inexperto el saber que hay más gente como tú, que no eres un ser despreciable ni malvado ni disoluto, puede marcar la diferencia entre la felicidad o la angustia, la alegría o la depresión, la vida y la muerte. En aquellos años de mediados de los ochenta no existían aún campañas tan necesarias como “it gets better project”, ese canal online fundado por Dan Savage en 2010 cuyo objetivo es prevenir el suicidio entre jóvenes LGTB. Gente como Hillary Clinton, Barack Obama o Madonna les dicen a los quinceañeros que sus vidas mejorarán, que no importa cuánto estén sufriendo ahora, el futuro es inmenso, brillante y lleno de potencial. Si yo hubiera recibido a mis quince años un mensaje tan positivo, tan lleno de esperanza, coraje y ánimo sé que muchas cosas habrían cambiado. Por otro lado, no me imagino a las estrellas de la época siendo abiertamente solidarias con la causa LGTB. ¿Se figuran a Mayra Gómez Kemp, Adolfo Suárez o a Pajares y Esteso animando a los jóvenes gays de la época, diciéndoles que lo mejor está por venir? Menos mal que las cosas han cambiado y, bueno, no me fue tan mal; yo, por suerte, tuve La Ley del Deseo.

¿Se imaginan a este dando ánimos a los quinceañeros gays?

Años más tarde La Ley del Deseo siguió dándome pistas en la vida y aunque no he sido capaz de amar y ser amado hasta el desgarro y la muerte como les pasa a los amantes en la película (y menos mal porque sino menudo movidón… Como dice Alaska: en el arte el drama está muy bien pero en la vida mejor las comedias), al menos sí comprendo más algunos de los resortes del alma humana y lo irracionales que podemos llegar a ser por culpa del amor y las relaciones. Y ese conocimiento me ha venido bien no sólo para la vida, sino para mi trabajo, mis escritos y mis películas.

Pero es que La Ley del Deseo continuó hablándome directamente ya no sólo a nivel sexual o sentimental. Resulta que con el tiempo me hice actor de doblaje y cada vez que me tocaba trabajar ante el atril no podía evitar pensar en la impúdica y magistral secuencia inicial de la película… y luego, en un viaje a Madrid, conocí la mítica cafetería Manila, por desgracia ya extinta, con su neón verde de palmeras, desde la que se divisaba toda la Gran Vía y me di cuenta de que el Madrid que Almodóvar dibujaba en sus películas era la ciudad de mis sueños, era donde yo quería estar, era el decorado, el forillo de mi propia película vital. Pero eso ya os lo contaré con más detalle en otra ocasión cuando hablemos de otra de sus pelis míticas Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios que para mí representa como ninguna la ciudad de Madrid y su cielo crepuscular artificioso y en technicolor.

Manila sexo en la ley del deseo

Este es mi Madrid soñado (Juan Flahn)