El festival de Cannes también ofrece algunos momentos para un público mayoritario en su seno. Por ello, se cuelan propuestas en la sección oficial como Un chateau en Italie, al última obra de la actriz y directora de voz rasgada Valeria Bruni-Tedeschi, y cuya inserción sólo se explica por ser representante del cine francés, que siempre tiene su espacio en el festival. Pero, sinceramente, no es el hábitat en el que debería estar, y la ubicaría más en la Quincena de realizadores.

Crítica de un château en Italie

Aun así, es una película divertida, que sabe crear humor sin recurrir a estereotipos, o en todo caso, introduciendo estereotipos pero abordándolos con una mirada nueva. Y el tono, entre comedia y drama de la película, con un ritmo muy dinámico, permiten convertir el visionado en una agradable experiencia. Además, si en algo destaca es en la construcción de unos personajes con personalidad que fomentan la empatía con el espectador, y con atractivos intérpretes como Louis Garrel o la propia directora.

Unos personajes que se encaminan, sin solución de continuidad, hacia la decadencia. Porque la película nos ubica en el seno de una familia de industriales italianos venida a menos, que inicia un progresivo proceso de desintegración a causa de su ruina económica tras la muerte del padre: el hijo tiene SIDA, la madre está sola y la hija carece de relaciones con hombres en un principio. Y es que, al fin y al cabo, esta película construye un discurso sobre la decadencia de la burguesía industrial, sobre su incapacidad de adaptarse a la época contemporánea y la desintegración de sus lazos familiares. Además, se desarrolla en parte en Italia, recordando así a Io sonno l´amore (Yo soy el amor), de Luca Guadagnino, en la necesidad de buscar fuera de la familia burguesa un sentido.

Crítica de Un Château en Italie

La venta de obras de arte en subastas privadas, o ese árbol que cae inevitablemente sobre el césped familiar, son pequeños síntomas de este proceso de desmoronamiento que pretende retratar la película. Y, su aspecto más destacado es la presencia del catolicismo como telón de fondo, origen de algunos fragmentos cómicos y, también, determinante de la conducta de sus personajes, quienes buscan algunos consuelos a la caída en picado de su clase social.

La hija, interpretada por Valeria Bruni-Tedeschi, lo trata de encontrar en un joven parisino, que es interpretado por Louis Garrel repitiendo así en un personaje de galán con las mujeres, con un aire a los personajes que encarna en el cine de su padre Philip Garrel. Pero su relación se ofrece de forma demasiado esquemática, de modo que apenas genera escasa verosimilitud en sus fases, que pretenden marcarse con el tránsito de estaciones: invierno, primavera y verano.

El hecho de que sólo irrumpan tres estaciones es bastante sintomático, pues construyen un ciclo que no llega a completarse. Y es que la directora no ha querido instaurar un tiempo circular: su discurso de la decadencia es más anecdótico que estructural, y al final, el tiempo se despliega en linealidad, alejándose de la espiral de autodestrucción que, por ejemplo, encontramos en la magnífica Borgman, también en la Sección oficial y que aborda la desintegración de la familia burguesa. Porque Valeria Bruni-Tedeschi ha decidido encaminar su discurso por lo cómico, y ello le lleva a una pérdida de profundidad. Pero aun así, la comedia es exquisita, y bien merece la pena un visionado para sumergirse en la agradable ligereza de Un chateau en Italie.

3 estrellas