Alexander Payne ha vuelto a construir una película en torno al motivo que mejor se le da: la road movie, el viaje como medio de descubrimiento de los personajes. Un motivo que constituía el eje fundamental de Sideways (Entre copas) en ese viaje por los viñedos de California, y que incluso introdujo levemente en The Descendants (Los descendientes), donde el personaje iniciaba un trayecto a mitad de metraje para reencontrarse con los miedos más internos, con el adúltero que se acostaba con su mujer en coma. Pero aquí, el viaje adquiere otro sentido: si el de Sideways es un viaje de ida hacia lo desconocido, hacia la aventura, de expedición a la conquista de Troya, y el de The Descendants es la propia batalla de Troya, en el enfrentamiento cara a cara con el enemigo, en Nebraska se convierte, inconscientemente, en una Odisea. La Odisea del propio director y de los personajes, que revisitan su propio pasado.

Crítica de Nebraska

Porque Nebraska es un viaje de regreso. Un viaje de regreso del director a su estado natal, Nebraska, donde filma una película después de años. Este motivo otorga a la película un tono nostálgico, que se filtra en la propia imagen, pues Nebraska está filmado en blanco y negro: el director ha querido insuflar un aire retro a la película, pues al final estamos en una arqueología de su propio pasado. Pero también es un viaje de regreso de los personajes, que transitan los espacios que una vez habitaron y en los que todavía está la huella de su experiencia.

Y eso que el movimiento inicial es de cambio: Woody, interpretado por Bruce Dern (Premio al Mejor Actor en el festival de Cannes), dispone de un billete de lotería falsamente premiado, un timo de una empresa para captar clientes, pero él confía ciegamente en su papeleta y desea trasladarse a Lincoln para embolsar la recompensa. Su familia desea insuflarle una mentalidad de desengaño, pero Woody hace oídos sordos a sus consejos y se escapa de casa para llegar a la capital de Montana, como un don Quijote que interpreta el mundo a través de sus obsesiones, en este caso, la ilusión del dinero. Su hijo (Will Forte), harto de su testarudez, se convierte en su realista Sancho Panza y decide iniciar un viaje desde Montana hacia la capital de Nebraksa para satisfacer sus deseos; un viaje que servirá para recuperar una relación paterno-filial perdida.

Crítica de Nebraska

Pero, pese a erigirse en road movie, al final encuentra una suma quietud en su argumento; y es que el viaje hacia Lincoln encuentra una estación de parada que constituye todo el nudo de la película, más de una hora de metraje: el poblado en el que nació Woody. Así, el viaje exterior en el fondo es un reposo en un espacio poblado de pasado, y el movimiento de los personajes transita por las calles, los bares y los hogares que una vez habitó Woody: se detiene el movimiento exterior, pero se multiplica el viaje interior, proyectado hacia el pasado. Por ello, un viaje de aventura deviene de súbito homérico, de regreso, pues el hogar se erige en la fundamental estación de parada; y en el encuentro con los habitantes del pasado se produce la apertura de Woody al espectador, que hasta entonces se encontraba plegado en torno a su billete de lotería y negaba la explicitación de su historia personal. E incluso hasta allí se desplaza la mujer de Woody, lo que provoca un choque entre el hogar de la juventud y el hogar del matrimonio: dos espacios en conflicto que son, a la vez, la lucha entre el pasado y el presente de Woody.

Así, podemos dividir el metraje en tres actos que son, a la vez, tres espacios: la casa de partida es la presentación, el espacio del pasado el nudo, y Lincoln el desenlace; pero, al final, la epifanía se produce gracias a esa revisión de la historia personal a través de los encuentros con la alteridad, único medio que permite comunicar al espectador la intimidad de un personaje que se cierra en sí mismo: su opacidad se vuelve transparente gracias a su diálogo con el pasado. Y este desvelamiento se produce porque la idea que el personaje tiene del pasado se desmorona en el contacto directo con sus vestigios, y para reflejar este conflicto entre idea y realidad, Alexander Payne decide recurrir al humor, al absurdo, presentando personajes secundarios con un aire coeniano pero con el toque realista que prefiere este director. Y, en el retrato del espacio, se asumen ciertos principios de la mirada pictórica de Edward Hopper a la América rural, en la frontera entre la naturaleza y la civilización, convirtiendo así Nebraska en una revisión nostálgica en blanco y negro de A Straight Story (Una historia verdadera) de David Lynch.

Crítica de Nebraska

Pero Nebraska se construye a partir del billete de lotería, un objeto vaciado de contenido que mueve toda la trama hacia su avance: es un auténtico mcguffin hitchcockiano, y de hecho, toda la película gira en torno a la materialidad de ese papel falsamente premiado, que emerge a la pantalla en primeros planos, y que guarda el personaje bajo su abrigo. Es el objeto que permite construir la red simbólica que teje las relaciones entre los personajes, y si lo suprimimos, entonces de produce una grieta en la familia a partir del hundimiento del miembro más anciano.

Pero, curiosamente, es un mcguffin que se sabe mcguffin, y que explicita su vacuidad tanto a los personajes como al espectador: mueve la trama haciendo consciente su propia carencia de sentido. Así, un significante sin significado adherido impulsa la road movie, y por ello, al final la película se convierte en algo matérico: todo está plagado de objetos que definen al personaje. De hecho, el deseo de Woody es intercambiar el premio del billete de lotería por una camioneta, de modo que la motivación fundamental es el intercambio de objetos

Crítica de Nebraska

Pero la película no se alía con el capitalismo, sino que impulsa un vaciamiento del predominio del objeto sobre su dueño: aquí, el poseedor no es poseído por lo que posee, sino que ocurre lo contrario, y los objetos se introducen en el relato en tanto que disponen de una significación para el personaje y en tanto que se les insufla memoria y sentido humano. De hecho, el papel de lotería premiado es, al fin y al cabo, el alma del personaje, que como un Fausto debe guardar el contrato con el que todavía puede continuar vivo, con la ilusión que le insufla la expectativa del premio. Y la camioneta a la que se accede a través del billete de lotería no importa en sí, por su propia presencia en el plano, sino por el hecho de ser conducida por el protagonista: al final, Nebraska es un canto de lo humano sobre el objeto, en una redefinición de las relaciones de los personajes a través del viaje.

4 estrellas