A la última película de Claire Denis se entra con una palabra de gran fuerza como primera imagen mental: les salauds, que traducen al inglés por “Bastards” Pero la apertura de significados que ofrece tal palabra permite múltiples interpretaciones, así que la directora sólo ofrece una pista argumental: algunos personajes son unos bastardos. Pero, una vez comenzada la película, tales bastardos nunca se ofrecen directamente a la mirada, así que el espectador se encuentra en una escisión entre una búsqueda infructuosa siempre en la imagen, y un clima de inquietud ante la invisibilidad del objeto que nombra el título.

Crítica de les salauds

Y es que la gran virtud de la película es convertir la propia trama, y el mismo título, en un misterio permanente, a través de una quiebra en la transmisión de la información. No hay presentación de personajes convencional, de modo que desde un primer momento estamos adheridos a una piel extraña, la de un marinero que regresa al hogar y recupera el contacto con su familia, a la vez que inicia relaciones sexuales con su vecina, que está casada y tiene un hijo. Somos guiados por alguien que resulta desconocido, y estamos rodeados también de personajes secundarios que aprehendemos como desconocidos, de quienes no conocemos su pasado ni sus motivaciones, pues la propia película rechaza su explicitación: es, ante todo, una película en presente, y sus personajes y el espectador conviven en una temporalidad que se proyecta al ahora.

Pero si los personajes son una incógnita, mucho más lo es la trama, y gracias ante todo al montaje. Porque Claire Denis rompe la linealidad temporal, y en el montaje anticipa algunas escenas del futuro e integra algunas del pasado: a la manera de Alain Resnais, la directora parece concebir la trama como un puzzle, y le otorga a cada pieza su lugar, formando un conglomerado que, según los cánones narrativos, es un caos. Pero, mientras se visiona, la mente inconscientemente ordena ese puzzle imperfecto.

Crítica de les salauds

A la vez, el caos informativo lleva a la generación de una sensación de inquietud, pues uno está ante la película como en espera de la resolución de un argumento que ni siquiera ha llegado a plantearse. Pero es que la directora te capta a través de los sentidos, pues si algo destaca es también la dirección: todos los planos están siempre demasiado próximos a los objetos, hasta el punto de que parecen desgarrar la retina del espectador. Del mismo modo, los rostros ocupan la totalidad del encuadre, ofreciendo una sensación de claustrofobia, no sólo para el personaje, sino también para el espectador, pues se niega la visión del contexto y del espacio. Es una película de primer plano y plano detalle, y nunca hay planos generales que nos ubiquen en situación: estamos inserto en el torbellino obsesivo, pesadillesco, que pretende presentarnos.

Crítica de Les salauds

Porque, al final, toda la película es una intensa pesadilla. El personaje principal se encuentra con personajes opacos, pero a su alrededor aparecen síntomas de extrañeza, de abusos sexuales, que nunca será capaz de explicar. El espectador se ubica en el mismo nivel informativo que tal personaje, de modo que nunca accede a una visión total de los acontecimientos, y entre ellos busca unos bastardos que nunca salen a primer plano. De este modo, toda la película se construye como una obsesión, como una atmósfera turbia en la que respira un mal omnipresente, que se proyecta sigilosamente sobre las imágenes.

De hecho, hay una gran huella del cine de David Lynch en sus imágenes muy nocturnas, especialmente en las escenas filmadas en los espacios aislados donde tiene lugar el goce perverso entre los bastardos. Esta construcción aislada de lo urbano es el espacio de la perversión, donde tiene lugar el nacimiento de lo traumático que se vela en la mirada, y que en Lynch también tiene su cabida, como la casa de Andy en Lost Highway (Carretera perdida), espacio de la transgresión. Este espacio apenas se representa en Les salauds, pero emite su negrura al resto de los planos. Asimismo, los trayectos al epicentro de la perversión que los personajes realizan en coche, con la carretera iluminada únicamente por los faros, beben directamente de los títulos de crédito de Lost Highway o del accidente de coche del comienzo de Mulholland Drive.

A ello, hay que sumar una banda sonora de música electrónica totalmente atmosférica, del grupo Tindersticks, y que tiene un eco de Angelo Badalamenti. Pero, si en Lynch puede tener lugar el surrealismo, Claire Denis sujeta toda la inquietud a la no mostración, a la no explicitación de ese espacio de perversión, siempre oculto a la mirada: así, es la sugestión y el desconocimiento lo que impulsa al espectador a lanzarse al vacío, pues ésta es la sensación que genera esta inquietante propuesta.

4 estrellas