Cuando se ve una película de Claude Lanzmann, se tiene la sensación de que no hay otra forma posible de representar el holocausto en el cine. Y es que la vivencia en un campo de concentración es algo que no puede representarse con facilidad, es un punto ciego de la mirada, pues ya en sí, su idea fundatoria reside en el aislamiento de seres de la sociedad, expulsados de los ojos del sistema: son agujeros negros donde se entierra la figura del rechazado. La ficción no ha encontrado un tono que pueda reflejar todo el horror vivido en la 2ª Guerra Mundial, pero en la pequeña historia del cine de la shoah, el documental si ha aportado grandes formas fílmicas que lo han visible, como el mediometraje de investigación Nuit et brouillard (Noche y niebla), de Alain Resnais, con una voz en off superpuesta a los escenarios del horror. Y el epítome de esta convocatoria de las imágenes para representar lo irrepresentable es Claude Lanzmann.

Crítica de le dernier des injustes

En su obra Le dernier des injustes (El último de los injustos), su última producción, de casi 4 horas de duración y presentada en el festival de Cannes fuera de competición, recupera una entrevista que el director realizó en 1975, y que nunca había visto la luz. Una entrevista que realizó a Benjamin Murmelstein, un intelectual judío que durante la guerra colaboró con los nazis en un campo de concentración en la República Checa, como única forma de garantizar su supervivencia. Este campo fue construido con la intención de convertirlo es un campo modelo, fingiendo una falsa utopía social en su interior de cara a la opinión pública, tratando de crear una imagen falaz de la red de campos de concentración: era un simulacro de campo de concentración. O, mejor dicho, era un campo de concentración que, ante el abismo de muerte que ejecutaba en su interior, un fundido en negro de la mirada, proyectaba sobre sí mismo una imagen falsa para colmar tal oscuridad. Y la labor de Murmelstein era embellecerlo para que pudiese ser introducido en la mirada de la sociedad.

Así, el documental ya encuentra una clave en la elección de su objeto de estudio, pues Murmeltein es un ser fronterizo, habitante de una tierra de nadie. Es judío practicante, y afirma que la Europa despojada de judíos tras la 2ª Guerra Mundial ha dejado un continente huérfano de una sensibilidad exclusivamente judía; pero a la vez, fue amigo íntimo de Eichman, el principal responsable de la solución final y del exterminio de los judíos, cuyo juicio de condena de muerte llevó a Hannah Arendt a escribir La banalidad del mal. Murmelstein colaboró con él en la creación de una imagen saludable de los campos de concentración, ocupándose del servicio de salud. Así, es un ser en tensión entre dos polos opuestos, rechazado por judíos y por los nazis en su momento, monstruo para unos y colaborador útil para los otros. De hecho, nunca se ha atrevido a viajar a Israel tras la creación del país en territorios palestinos.

Crítica de Le dernier des injustes

Lanzmann recupera sus declaraciones ahora que ha fallecido y, por lo tanto, ya no hay una injerencia directa en su personalidad, pues él no deseaba convertirse en figura pública por su papel en el holocausto. Y, si algo destaca en la cámara de Lanzmann de 1975 es la ausencia de juicio de valor: el director encuadra constantemente su rostro, ejecutando un acercamiento cuando vierte palabras relevantes, y un alejamiento cuando son más prescindibles. El encuadre es su rostro, hacia el que lanza sus ideas con absoluta libertad, y el espectador ha de encargarse de dos funciones: en primer lugar, imaginar los horrores que narra, y que son irrepresentables; y en segundo lugar, construir una opinión propia acerca de la responsabilidad que haya podido tener o no en el holocausto, pues el propio director afirma que algunos intelectuales judíos pedían la pena de muerte.

Pero Lanzmann no está ausente,pues su rostro emerge en la pantalla cuando habla, y guía la conversación con preguntas pertinentes que llevan al entrevistado a una contradicción de sus propias palabras, a un callejón sin salida, pero respetando siempre su voz. El film evita el juicio del personaje hasta el punto de que el título del film, El último de los injustos, es en realidad un término que Miselden introduce en sus declaraciones: Lanzmann no le llama injusto en el título, sino que toma su palabra como propio título del documental. Esto nos da idea de la ausencia de filtros, en la medida de lo posible, entre la voz del entrevistado y el resultado final del montaje.

Crítica de le dernier des injustes

Sus palabras hacen alusión a un horror velado a la mirada. Pero falta una imagen, una imagen del dolor que Lanzmann pretende buscar en todo momento. Esa imagen que ya trató de buscar Rithy Pahn en el caso del régimen de Pol Pot en Camboya, en su película L´image manquante (La imagen que falta). Es la imagen del sufrimiento, de lo traumático, de la muerte, que Lanzmann trata de recuperar; y en su búsqueda encuentra un elemento clave: el espacio. Porque si algo ha quedado de esa guerra son, por un lado, los testimonios directos, que recoge en la entrevista; pero, por otro lado, los espacios de la tragedia.

Y es que todo espacio recoge su pasado, todo espacio es una proyección de la historia, y sus construcciones son síntomas del tiempo humano, del tiempo vivido. Así, como contrapunto a esas palabras del entrevistado, que son siempre su punto de vista, Lanzmann recorre los campos de concentración de la 2ª Guerra Mundial, espacio del dolor. Unos espacios que se ofrecen como acompañamiento de la voz del entrevistado, de modo que imaginamos el horror con dos medios, el sonoro y el visual; pero a la vez sirven para negar el sentido de sus palabras. Y el propio Lanzmann lee, en los campos de concentración, fragmentos de un libro escrito por Midelsen sobre su experiencia en la guerra, mientras se ve aturdido por la imaginación del holocausto y debe detener sus pasos.

Crítica de Le dernier des injustes

Así, Lanzmann nos hace conscientes de que la reconstrucción es el medio a evitar en la representación de la historia, pues el único medio de acceso a ella es a través de las huellas que deja: testimonios desgarradores y los espacios históricos. Como mucho añade una película nazi de la época, y que es una mirada de los años cuarenta a sí mismos, por lo tanto, totalmente aceptable dentro de la construcción de Lanzmann. Al final, el espectador proyecta en su mente esa imagen que falta, la imagen de lo traumático. Porque la imagen directa del holocausto sólo puede tener lugar en los márgenes de la imaginación.

5 estrellas