La Grande Bellezza, de Paolo Sorrentino, comienza con una secuencia de 5 minutos que retrata ciertos espacios turísticos de Roma. Pero no lo hace a la manera convencional, como postales fijas de la ciudad, sino con una cámara aérea que retrata la visita de los turistas al pasado arquitectónico de la ciudad, congelado en el tiempo a través de sus ruinas. Esta secuencia parece una reinterpretación directa de L´elisse (El eclipse), de Michelangelo Antonioni, pues en ambas carecemos de personaje principal: son los espacios los que generan el discurso, a través de los habitantes anónimos que surcan sus calles. Las dos escenas son simétricas y, a la vez, opuestas: en Antonioni, esos espacios son los que han aparecido a lo largo del film, y se concentran en un final que permite la narración del clímax de los personajes en su ausencia, pues todo el discurso emana de la arquitectura. En cambio, en Sorrentino se trata de la presentación de la ciudad, y sirve como eclosión de lo que va a ser la búsqueda del film.

Porque esa primera secuencia tiene como únicos personajes a los turistas fotografiando los monumentos de Roma, buscando la gran belleza de la ciudad. Y, precisamente, Sorrentino retrata el propio gesto que pretende realizar en su película: la auscultación de la belleza latente en la realidad. Y, para realizarlo, contamos con un guía de lujo: Jep Gambardella, un periodista cultural y escritor, interpretado por el magnífico Toni Servillo, que a través de sus paseos y su lucidez, filtra en su mirada la vida contemporánea de Roma. Pero este personaje es un siervo de la ciudad, pues es absorbido por la belleza que irradia su arquitectura, y muestra de ello es que aparece en el minuto 15 de la película, cuando ya nos hemos adentrado en el fresco de la vida en la ciudad que Sorrentino nos ofrece.

Pero ¿dónde hay que buscar esa belleza? Porque, en un primer momento, parece congelada en las ruinas de la ciudad, en los restos que quedan del pasado del Imperio romano y del esplendor renacentista. Sin embargo, a su alrededor pulula una vida de la alta burguesía que muestra signos de banalidad y declive, y que contrasta poderosamente con el espacio histórico. Así, la belleza estancada no puede ser actualizada por la existencia de una vida social bastante banal, por lo que después de esa secuencia sin personajes principales, pronto la película inicia un viraje y recoge la herencia directa de esa gloria pasada: unas fiestas berlusconianas, con Raffaella Carrá en remix en una discoteca, mientras el montaje somete la imagen al ritmo de la música.

Crítica de La Grande Bellezza

La belleza de lo fijo está obstruida por la vida de la alta burguesía, y Sorrentino se propone, así, generar un fresco de la decadencia de las altas clases de la ciudad. Y, aquí, encontramos otra cita a dos maestros del cine italiano: Luschino Visconti y Federico Fellini. Del primero recoge la progresión del declive de la riqueza, y del segundo, la banalidad de la conducta burguesa que retrata en La dolce vita. Encontramos una referencia directa a esta cima del cine de Fellini en en una secuencia en la que los personajes entran de noche en los palacios de la ciudad, y observan de noche una belleza congelada en el tiempo, la de la estatuaria renacentista de Roma.

Como La dolce vita, es un canto a la ciudad de Roma, pero en su doble vertiente: es la vida de una sociedad corrupta en un entorno que refleja los signos de la gloria del pasado. La cámara elabora, pues, una constante comparación entre una arquitectura fruto del esplendor cultural, y una vida en declive que la anima: hay numerosos planos de personajes banales y esperpénticos junto a estatuas de mármol del mismo tamaño, y que entre la armónica belleza de la obra de arte y el cuerpo tallado por la vida desenfranada del burgués cuestiona que la vida contemporánea sea, en realidad, un progreso.

Crítica de La Grande Bellezza

Pero ese personaje, agotado por su entorno social, sale a la ciudad a buscar la belleza. Y, aquí, encontramos de nuevo al maestro del cine italiano Michelangelo Antonioni, el gran cineasta de la mirada: la cámara recoge, en los paseos del periodista, acontecimientos azarosos y desligados de la narración que capta a través de su mirada, y que implican un cambio en su psique o un retrato social, del mismo modo que Antonioni recurría a Monica Vitti como medio de acceso a la realidad. Ambos directores se sirven de este **personaje como investigador de la belleza oculta del mundo*, como un ventríluoco que ofrezca con su mirada un medio de análisis.

Y, a esta gran reelaboración de los grandes directores del cine italiano, hay que sumar una influencia fundamental: la de Terrence Malick. Porque Sorrentino nunca detiene su cámara: ya era común en su cine el uso de travellings que nos acercasen directamente al rostro de los personajes, generando un retrato de cariz esperpéntico; pero ahora suma un vuelo constante de la cámara, captando la belleza que pasa alrededor de forma fugitiva. Si bien, si en Malick predomina la steadycam, en Sorrentino es más común la grúa; y, además, la mirada de Sorrentino no es la mirada primitiva de Malick, pues está filtrada por una visión intelectualizada y, ante todo, parte de la ironía en el retrato social.

Crítica de La Grande Bellezza

Y, alrededor de todo este retrato urbano, emerge la religión cristiana como telón de fondo. Una religión que Sorrentino también muestra, en parte, banalizada y esperpéntica, a través de un cardenal que sólo habla de cocina. Pero la Iglesia no ofrece, aquí, un punto de vista moralizante: sirve como contrapunto de la vida burguesa, y a través de una monja de 104 años, sor María, que practica la más rigurosa austeridad en la vida, encontramos otra posible concepción del mundo:

Yo practico la pobreza. Y la pobreza no se habla, sólo se vive.

la grande bellezzaEl protagonista, alienado por la riqueza que le rodea, el personaje comienza un viaje al pasado y al exterior para buscar los signos de belleza que le han abandonado, y así parece llegar a la conclusión de que el sentido está en el otro. Esa belleza congelada del pasado es bella porque un día fue habitada, y porque hoy es revisitada por los actuales habitantes de los espacios: la belleza, o el sentido, que es lo mismo, está vivo. Y, para encontrarlo, el periodista se aleja progresivamente de sus entornos habituales para conocer lo diferente a su rutina, los puntos de vista contrarios, y así poder iniciar una danza entre la ciudad y sus habitantes. Y, esta transición del personaje se produce a la hora y media, cuando un acontecimiento traumático divide la narración en dos mitades y obliga a un cambio de tonalidad: pasamos, así, de una exaltación de la frivolidad a una obra más reflexiva, en su meditación acerca de lo que la idea de lo bello puede significar en la actualidad.

5 estrellas