La realidad baila siempre en el cine de Alejandro Jodorowsky. Y es que sus imágenes son resultado de una tensión entre polos opuestos, entre lo diurno consciente y lo nocturno inconsciente, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y así, claro, todo plano resulta tirante. Porque si algo caracteriza su cine es que lo inconsciente aflora directamente sobre lo visible, y modula la realidad hasta encarnar en ella los principios de lo invisible: por eso, el título de La danza de la realidad, la última película de Jodorowsky después de 23 años sin presentar nueva obra, es pertinente, pues con él bailamos alrededor de unas imágenes donde aflora constantemente lo oculto del ser humano.

Crítica de La danza de la realidad

Y esta danza esconde múltiples capas. Porque La danza de la realidad es, en realidad, una película autobiográfica, pues se trata de una revisión de su propia infancia, y de hecho, ha sido rodada en su pueblo natal. Así, el juego de referentes reales que nunca son estables encuentra en la revisión de la infancia del propio director su primer fundamento: y es que asistimos, en todo momento, a una rememoración del pasado, a una reconstrucción de hechos que han sido sepultados por el tiempo. Y en la arqueología de la infancia se produce una tergiversación de la realidad, inevitable cuando es tanta la distancia temporal entre el que recuerda (84 años tiene ahora Jodorowsky) y el recordado, el niño de 10 años en Tocopilla.

Pero a ello hemos de sumar que lo que se desea recuperar no es una memoria objetiva, sino subjetiva y, ante todo, de un infante, que vive la realidad como un mito. Por ello, las imágenes que salpican nuestra pantalla son un recuerdo, al fin y al cabo, modificado; modificado por el tiempo y, a la vez, porque la experimentación de tal vivencia procede de la mirada de un niño, que todo lo ve con ojos fabuladores. En este sentido, encontramos un paralelismo directo con Amarcord, de Federico Fellini, una auténtica reflexión sobre el tiempo, donde se reconstruye no el recuerdo objetivo sino la memoria ya cristalizada en mito.

Crítica de La danza de la realidadAsimismo, el propio Alejandro Jodorowsky se introduce en la película y sirve como narrador intradiegético, que evita la voz en off: el director se sabe narrador y guía de las imágenes a las que asistimos, por ello, se introduce en el plano para recordarnos que todo es una proyección, tergiversada por el tiempo, de su memoria. Y, en una bella fusión, el Jodorowsky actual toma a su doble infantil, al Jodorowsky niño, y juntos se solapan en un discurso sobre el tiempo: y es que el narrador-director es a través del niño, y el niño contiene, a la vez, la proyección del Jodorowsky contemporáneo. Por ello, los planos que unen ambos personajes crean un discurso de un tiempo condensado, de un tiempo en eclosión, donde el pasado y el futuro se dan la mano, pues todos conviven en el presente cinematográfico: el plano incluye una infancia que desemboca en la vejez, y una vejez determinada por la infancia, y todo es una interrelación ad infinitum.

Pero lo que más sorprende es que su hijo, Brontis Jodorowsky, sea el personaje principal e interprete al padre del Alejandro Jodorowsky niño. Y es que La Danza de la realidad esconde un profundo discurso sobre la paternidad: la película parece una reconciliación de Jodorowsky con su propio padre, mientras que en la película, este personaje paterno es interpretado por su hijo. Por ello, en el cine revisa dos elementos simétricos de su memoria: las relaciones conflictivas con su padre, y las que Alejandro estableció con su hijo en su momento, todo parece una revisión de su propio papel como padre. Pero, a la vez, La danza de la realidad permite invertir el orden natural de las cosas: ya no es el padre quien modula al hijo, sino el hijo quien, desde el poder de su personaje cinematográfico, puede vengarse (en el buen sentido) de toda la educación recibida por su padre.

Y la figura del padre es absolutamente excéntrica, porque es un padre autoritario que, sin embargo, se rige por unos principios que parecen antitéticos a la idea de autoridad. O, al menos en España, porque aquí, el rol de la autoridad a mediados del s. XX se corresponde normalmente con un padre católico y franquista, pero el padre de Jodorowsky es su opuesto: es comunista y ateo. Y, desde su punto de vista, le impone al hijo una disciplina estalinista y una desespiritualización de la realidad. Destaca, aquí, las escenas de castigo en su educación, que Jodorowsky filma admirablemente, como una escena de tortura, creando así resonancias entre la educación del hijo y el mundo militar.

Crítica de La danza de la realidad

Pero no arremete Jodorowsky contra el ateísmo, sino contra el racionalismo exacerbado. La crítica de La danza de la realidad tiene como diana de sus dardos a la razón técnica, a la razón ilustrada definida por Adorno y Horkheimer en La dialéctica de la ilustración, que pretende explicar toda la realidad mediante su observación, y termina por objetivizar al ser humano. Es la razón que ha guiado al fascismo y al comunismo, y en su película, Jodorowsky termina por fundir ambos discursos en un monolito contra el que luchar. Porque si hay algo vivo en este cine, es el ser humano, pues toda imagen es una proyección de su visión de la realidad.

Y, al fin y al cabo, La Danza de la realidad es un cine místico camuflado de surrealismo. Jodorowsky ofrece un discurso sobre la espiritualidad, pero siempre desligado de los cultos oficiales: para ello irrumpe el personaje del Teósofo, que afirma la posibilidad de fundir las tres religiones monoteístas en una sola creencia. Una creencia, más que nada, en el ser humano como sujeto, como un principio motor de la realidad, que inicia su baile en su proyección simultánea de consciencia e inconsciencia. Y, este juego de poeticidad del mundo, hay personajes que todavía mantienen el contacto con un mundo animado por el ser humano, como la madre, que conversa mediante el canto, y en lugar de hablar asume el constante rol de una cantante de ópera.

Crítica de La danza de la realidadElla, junto con su hijo, llega a contactar con la noche oscura del alma del propio San Juan de la Cruz, en una sublima escena en la que se pintan el cuerpo de negro y así pueden convivir con la noche: es su particular contacto con lo desconocido, paso previo a toda visión del mundo sublimada. Si en ellos predomina la razón poética definida por Maria Zambrano, la razón que permite la construcción de la metáfora y vivir el mundo en el simbolismo, el padre sin duda habita en la razón técnica. Y, para desprenderse de ella, inicia un particular descenso a los infiernos, que le hace abandonar sus propósitos racionalistas y de dominio. Y es que, a través del sufrimiento, se llega a la lucidez, y al transitar por el mundo marginal, conociendo a los personajes más excéntricos de Chile, como los tullidos, llega a una nueva concepción de la realidad.

Y este viaje, que siempre está filtrado por el surrealismo imaginativo de Jodorowsky, desestabiliza todos los referentes del padre, que inicia un baile con sus conceptos fijos hasta desmoronarlos; y sólo al final de sus pasos, puede reconciliarse con los otros miembros de la familia. Y, como telón de fondo, la psicomagia, la capacidad del sujeto para modificar, a través de sus emociones, la realidad circundante.