Los hermanos Coen han alcanzado, en Inside Llewyn Davis, una de las cimas creativas de su carrera. Y es que en esta obra, que sigue los pasos de un joven cantautor de folk en la escena musical de los años sesenta, logran recoger las dos vertientes que suelen definir su cine: la visión esperpéntica de la existencia, que predomina en Fargo o The Big Lewobsky (El gran Lewobsky), con las atmósferas opresivas e inquietantes, la incógnita de la realidad, que aparece de forma más pura en No country for old Men (No es país para viejos). Estos dos tonos se dan la mano es una obra que, partiendo de un absoluto clasicismo en su estructura, logra un estallido de cine moderno en el interior de las secuencias: macroestructura clásica, microestructura contemporánea.

Crítica de inside llewyn davisEn un principio, parece que asistimos a un retrato de la escena musical de Nueva York, y el protagonista, Llewyn Davis, un proto-Bob Dylan e interpretado por Oscar Isaacs, trata de despertar las conciencias de la sociedad a través de sus letras; pero, al final, queda condenado a ejecutar colaboraciones en las que niega su firma, y que son filmadas con el humor absurdo prototípico de los Coen. Pero esta tensión entre una aspiración artística y su negación por parte del sistema es el primer motor narrativo, pero poco a poco, la película va reinterpretando todo lo que ha construido.

Y es que en Inside Llewyn Davis, los hermanos Coen han construido una milimétrica narración: la película cuenta con una estructura especular, y cada secuencia de la primera mitad encuentra su correspondencia en la segunda mitad. Comienza y finaliza con un concierto en el mismo local, y toda la película es un díptico, que tiene como bisagra la estancia del músico en Chicago, donde ofrece un concierto a un productor musical para lograr escalar en la música. Este breve concierto funciona como bisagra de este relato escindido, y define dos movimientos del protagonista hacia su epicentro.

El retrato de la escena musical pronto se convierte en una road movie que camufla, en realidad, un descenso a los infiernos motivado por su fracaso musical. Un viaje hacia el declive que tiene numerosos guardianes, pues al salir de su primer concierto irrumpe una figura misteriosa, un hombre en la oscuridad con sombrero de cowboy que le propina una paliza, y que recuerda al cowboy de Mulholland Drive, construyendo esa atmósfera de lo siniestro que define Freud. Este personaje oscuro emerge como símbolo, como un Caronte que ayuda al personaje a cruzar el Aqueronte para seguir en el proceso de descenso.

Crítica de inside llewyn davis

En este viaje, se encontrará con personajes que, como en toda road movie, sirven para impulsar un cambio en el personaje, o más en concreto, como contrapunto a sus aspiraciones. Y es que, en su travesía en coche, cuenta con John Goodman y Garrett Hedlund como acompañantes: el primer ofrece una desesperanza, al considerar la música un productor más que un arte; el segundo asume la función de siervo de Goodman, mostrando al protagonista el resultado de una interpretación literal de las relaciones capitalistas, la sumisión más absurda.

Y en el concierto en Chicago alcanza el punto más profundo de su viaje al Tártaro, es el pozo del Cocito definido por Dante, el epicentro del fracaso y la cima de la marginación del personaje. Este concierto es filmado con una iluminación similar a la del comienzo, lo que indica su posición clave en la estructura: sirve como espejo entre las dos mitades del relato, y tras esta secuencia, el personaje regresa por sus propios pasos.

Crítica de inside llewyn davis

Aquí está la clave de la película: Inside Llewyn Davis es un viaje de ida y de regreso. No es una road movie, donde los puntos de partida y de regreso son, en realidad, simples soportes de un movimiento que define toda la película: aquí entramos en una doble road movie, en una road movie que se pliega en sí misma con dos movimientos contradictorios, el trayecto de ida y el trayecto de regreso, y tanta importancia tiene el viaje como los espacios de origen y destino.

Este discurso del viaje está apoyado por la presencia de un fiel acompañante: un gato que pertenece a un amigo fallecido, símbolo de su ausencia, y sirve también como síntoma del movimiento del personaje, pues su nombre es Ulises. Así, el nombre de la mascota ofrece la clave de la estructura: Llewyn sirve como una revisión irónica del viaje homérico de Ulises; pues si este héroe mítico ejecuta un viaje de ida y de vuelta marcado por el éxito, la conquista de Troya, mientras el de Llewyn tiene como marca esencial el fracaso. Inside Llewyn Davis es un díptico, conformado por una integración de la Iliada y la Odisea en una misma narrativa.

Crítica de Inside Llewyn Davis

Esta convivencia de dos movimientos opuestos ofrece el discurso más trascendente de la película: no basta con el viaje para iniciar el cambio interior, sino que es preciso un doble trayecto, la ida y el regreso, para sufrir una metamorfosis interior. Es preciso alejarse para obtener otras visiones de la realidad, pero también volver al punto de partida y reinterpretar lo conocido desde nuevas perspectivas. Y es, precisamente, el movimiento de la existencia, pues desde el no-ser nos dirigimos de nuevo al no-ser.

Y, como afirma el propio título, este viaje, aun siendo exterior, es una sumersión en el propio sujeto: es un viaje interior, de mutación de la personalidad, pues el título incluye la palabra Inside (dentro). Estamos dentro del personaje, y aunque los hechos ocurren, al final es en su visión de la realidad donde nos asentamos. Al final, parece que asistimos a una canción de Bob Dylan convertida en película, a un viaje en el fondo de la marginación.

Crítica de Inside Llewyn Davis

Por ello, dentro de una compleja y milimétrica narrativa, síntoma de un clasicismo abrumador, encontramos en sus detalles un discurso ontológico, que late de forma subterránea a causa de su molde musical. Y así es como, en el interior de cada secuencia, estalla una incógnita: la realidad se convierte en enigma a desentrañar por el personaje, y que se proyecta especialmente en el viaje, donde el coche está rodeado de nieve, niebla y oscuridad. Todo ello con una fotografía que favorece los colores grisáceos y que convierte cada plano en un misterio en el que adentrarse.

5 estrellas