El festival de Cannes tiene la manía, en ocasiones, de tratar de dar voz a todos las cinematografías del mundo. Hecho positivo, pero el problema nace cuando predomina la corrección política y el multiculturalismo sobre la principal idea que inspira el festival: la calidad del cine y su importancia en el avance del lenguaje cinematográfico. Por ello, todos los años encontramos una película escogida en razones de representación, pero que carece de entidad para estar en la sección oficial. El año pasado fue Después de la batalla, del egipcio, que trataba de construir una ficción con los acontecimientos de la plaza de Tahir. Y en esta edición ocurre de nuevo con una cinta procedente del cine africano: se trata de Gigris, del director de Chad Mahamat-Saleh Haroun. Un director que ya fue premiado con el Premio Especial del Jurado por Un homme qui crie.

crítica de Gigris

La película parte del motivo de la bella y la bestia, construyendo una historia de amor en la desigualdad, entre un hombre con una discapacidad física y una mujer de gran belleza. Esa historia de amor, que el director pretende que conmueva y sea intensa sin lograrlo, se combina después con una trama de thriller, y que pretende reflejar la difícil supervivencia y la infructuosa vida laboral del discapacitado en África, quien necesita dinero urgentemente para operar a su padre. Romance y thriller se dan la mano en una propuesta que, en su estreno, ha provocado risas en el auditorio en los tramos que pretendían ser dramáticos.

Y es que Gigris es cine rudimentario. El director parece que desconoce el hecho de que el cine puede narrar más allá de la historia, y que en cada plano pueden introducirse muchos más discursos que desbordan a la simple concatenación de acontecimientos. Así que, partiendo de este desconocimiento, todo es un intento de levantar una trama con cierto aire del policíaco de EEUU adaptado a los parajes rurales y nómadas de Chad, sin que la fusión logre ningún resultado interesante.

grigris

Mientras se visiona, se tiene la sensación de que los planos duran en exceso, en comparación con la información que pretenden transmitir, pues hay un vacío en la construcción del discurso: los planos son opacos, son lo que muestran, y apenas logra sugerir o recurrir al fuera de campo. Y, cuando lo que es, es, entonces falla la principal arma del cine, la sugestión.

Sólo la iluminación y los colores, junto con una mirada sobre un paraje poco explicitado en el cine, permiten generar cierto interés en la película. Eso y los bailes que se marca el protagonista, pues es el rey de las discotecas del lugar y conquista las miradas con sus peripecias y el movimiento de su cuerpo. Pero estas escenas se ubican al comienzo, de modo que el atractivo del film inicia un camino de declive hasta la resolución de la trama criminal, que utiliza las mismas armas que la película: unos palos tan toscos como los planos y la construcción narrativa de la película.

1 estrellas