Borgman, la propuesta más surrealista de Cannes 2013, dirigida por le holandés Alex van Warmerdam, parece en todo su desarrollo una reinterpretación de Funny Games de Michael Haneke. Y es que parte del mismo motivo que la turbulenta obra del austriaco: un individuo que se introduce en la casa y va destruyendo la unidad familiar desde dentro.

Critica de BorgmanPero mientras Haneke jugaba en cierto modo con la apariencia pulcra de los individuos que introducen la distorsión en el seno del hogar, en el caso de Borgman, su estética inquietante parece una proyección de los miedos más íntimos de la sociedad. Y es que el personaje cuenta con los rasgos que quedan desterrados al margen de la representación, pues el individuo foráneo cuenta con el pelo largo y canoso, barba frondosa y vestimenta sucia.

Y lo interesante es que para cada miembro de la familia desempeña una diferente función: los niños lo interpretan como un mago, la madre lo toma como un ser a quien cuidar y ocultar, mientras que para el padre es invisible, pues aparece velado a su mirada. Y su extraña presencia crea un contrapunto con los espacios de la familia burguesa holandesa, pues el film se desarrolla en una casa de estética Bauhaus plagada de geometrías, mientras que las formas onduladas de su barba y cabellos provocan la degradación de los espacios.

Pero, ¿quién es Borgman? ¿Es un ser real o imaginario? La película juega con la duda, y se sostiene gracias a ella y al humor negro que irrumpe en cada secuencia. Porque el personaje va introduciendo pequeños elementos de distorsión en el idilio familiar, y poco a poco van estallando y destruyéndose unos lazos que, en realidad, eran menos sólidos de lo que parecían. Así, todo puede ser una proyección de la realidad subterránea, de la grieta íntima en la que se asienta la unidad familiar.

Crítica de Borgman

Pero a la vez, este personaje se asienta desnudo sobre la mujer mientras duerme, de modo que está conectado al personaje de la madre. Podría ser todo un sueño de ella, proyectando su deseo íntimo: la claustrofobia familiar y su necesidad de derrocar el conglomerado de miembros que lo forman y sentir la libertad. Así, toda la película adquiere también el tono de proyección pesadillesca de un personaje, la madre, emitiendo mediante estas imágenes sus deseos inconscientes y, ante todo, su odio silencioso hacia su marido.

Y, si en algo destaca Borgman, es en el cuestionamiento de la realidad de la imagen: toda la película está rodada con planos que buscan crear verosimilitud a los acontecimientos, con un cierto realismo, pero la introducción de este personaje en el seno familiar es de todo menos realista. Así, toda imagen se contradice a sí misma: presenta una realidad que, a la vez, tiene una marca inconsciente en su superficie.

Crítica de Borgman

Y esta marca se hace visible progresivamente, pues Borgman decide cortarse el pelo y la barba y se ofrece como jardinero de la familia. Así, el surrealismo sale, a mitad de la película, a la luz, y queda como un elemento visible para todos los personajes. Aquí es donde todo alcanza un clímax de duda, de incertidumbre, y sólo queda una sensación: la familia es un constructo imaginario, y desde su propia génesis se inicia la destrucción. Porque cuando un personaje decide emitir un deseo de libertad, el individuo se sobrepone al grupo y ocasiona, de forma progresiva, su desmoronamiento.

4 estrellas