El director chino Jia Zhang Ke ha ofrecido, en el festival de Cannes 2013, la película más violenta y visceral de su filmografía. Porque su última obra, A Touch of sin, parece una especie de revisión de A History of Violence (Una historia de violencia), de David Cronenberg, aunque cambiando el artículo indeterminado que encabeza el título: aquí estamos en unas historias de violencia. Y es que, como la obra de Cronenberg, A Touch of Sin se erige en un análisis de la violencia desde múltiples visiones, en un perspectivismo de las pulsiones más brutales del ser humano, pero aquí no hay un protagonista, sino cuatro, pues el film se construye a través de cuatro historias que se suceden y que encuentran su hilo en común en las reacciones impulsivas de sus personajes.

Crítica de A Touch of sin

Algunos críticos señalan que el discurso deviene algo repetitivo y se dispersa al dividir la trama en capítulos independientes, pero para mí, ésta es la gran virtud de la película, pues ofrece una libertad absoluta al espectador en su visionado. Ver A Touch of Sin es sumergirse en una espiral de violencia inconsciente, ya sea a través de personajes que son verdugos o que se convierten en víctimas, y que deja todas las claves abiertas a una interpretación radical: no hay un estructura cerrada, sino que todo se proyecta en posibilidades y puntos de fuga.

Y es que cada historia ofrece una visión totalmente autónoma de la brutalidad, y que en ocasiones convergen o se contradicen. Pero, en todas ellas, hay una conexión directa entre la religiosidad y la violencia, tal y como indica el propio título: A touch of sin, un toque de pecado. Porque cada personaje está tocado por el pecado original, que es la ruptura de la primera armonía: vivimos, ya, en un sistema fundado en la jerarquía entre opresor y oprimido, estamos después del paraíso caído. Así, toda la película parece una revisión del trauma fundatorio de la sociedad, la expulsión del paraíso, y que supone la construcción de una sociedad fundada en la explotación.

Crítica de A touch of sin

Por ello, son constantes las referencias a la religión en la película. Y, especialmente a la cristiana, pues el pecado es una concepción procedente básicamente del cristianismo: en la primera historia, el telón de fondo es la expulsión del cristianismo del país, y en la profundidad de campo emergen numerosos síntomas de esta exclusión, como monjas en su deambular por los paisajes desiertos que siempre introduce en su cine, o cuadros del corazón de Jesús que son transportados fuera del poblado en camiones.

De hecho, la tercera historia parece una reinterpretación del Génesis: parte de una pareja de adúlteros que, en su contacto sexual, parecen haber tomado el fruto del árbol del conocimiento, pues en el Génesis, la adquisición de la manzana es, en realidad, su contacto sexual. Las referencias se acumulan: el hombre no puede transportar un cuchillo en el tren y, por lo tanto, debe comerse la manzana sin pelar; y la mujer se topa con varias serpientes en su camino. Además, en la sauna en la que trabaja, las paredes están forradas con un verde plagado de hojas que son las mismas que toma para los créditos de inicio. Unas hojas que simbolizan el primer paraíso, y que después se colman de sangre: toda la película es este camino hacia la contaminación. De hecho, a partir de su adulterio se despierta una venganza contra la protagonista que le lleva a su rebelión violenta: tras tomar el árbol del conocimiento, es vejada socialmente, y la única vía de salida es la explosión de la violencia.

Crítica de A Touch of sin

Finalmente, también hay referencias al budismo, pues en la primera historia, el asesinato se produce delante de un templo, mientras que en la cuarta historia, hay dos jóvenes que se besan dentro de un coche mientras una figura de buda está sobre el capó, sometido a una lluvia incesante. Así, Jia Zhang Ke parece señalar una pérdida de espiritualidad de la sociedad que ha llevado a una deriva hacia la violencia irracional. Pero no busca, con ello, la recuperación de las religiones existentes, sino simplemente una necesidad de volver a poetizar la existencia.

Además, la película está plagada de animales que son sometidos por el ser humano, capturados y torturados, mientras que los personajes más irracionales tratan de liberarlos: parece poner en escena esa contradicción en el Génesis entre los dos primeros capítulos, donde emergen dos relatos de diferente origen. Y es que, en uno de ellos, Dios dicta al ser humano la conservación de los animales, mientras que en el otro dicta su sumisión: el resultado es una tensión entre liberar al animal o someterlo al ser humano, en una relación de dominación que teje todo el discurso de la película.

Crítica de A Touch of sin

Y este discurso sobre las jerarquías fundadas en la escisión entre oprimidos y opresores se proyecta, también, sobre las relaciones sociales entre los personajes. Y es que numerosas reacciones violentas son, también, consecuencia de un sistema fundado en la jerarquía. Por ejemplo, la primera relata la rebelión, por parte de un trabajador, contra los presidentes de la compañía para la que trabaja, una empresa minera que se hizo con la propiedad de unas minas tras su privatización. Su acto violento es un acto de subversión de las jerarquías, pero en su trayectoria se suman discursos socio-políticos de su país: la brutal instauración del capitalismo en la China comunista, que suprime todos los derechos del trabajador. Del mismo modo, la cuarta nos sumerge en la piel de una joven víctima, trabajador explotado en fábricas y cuya violencia no estalla hacia su entorno, sino hacia sí mismo, hacia su interior.

Y, quizá, la segunda historia es la más extraña, pues nos introduce en una pura mirada, que recoge en su deambular los signos de violencia irracional a su alrededor, y que estallan, en realidad, por el tedio: la violencia parece una consecuencia directa del peso del régimen capitalista-comunista. Pero, si algo destaca, es la construcción de atmósferas y de planos, de una absoluta maestría: Jia Zhang Ke es capaz de introducir en sus encuadres una suma de discursos y proyectar en la composición lo psicológico, lo social, lo político y la pura narración.

Crítica de A Touch of sin

Así es como, con unos paisajes que muestran tierras baldías o ciudades pobladas de edificios anónimos, Jia Zhang Ke introduce a sus personajes y los somete a unas relaciones de jerarquía que les obligan a una reacción impulsiva, de un modo u otro. Todo ello con un ritmo absorbente y una dirección prodigiosa, que es capaz de crear, ante todo, la existencia de un mal latente, un mal construido por el propio devenir social y del que sus personajes son incapaces de huir.

5 estrellas