El director español Jesús Franco definió en una entrevista a Klaus Kinski como "un loco", un verdadero "esquizoide"; pero a pesar de todo, un magnífico actor y un profesional que se entregaba a su trabajo en todos los sentidos. Con el director madrileño trabajó en cuatro ocasiones y entabló una sincera amistad, algo raro viniendo de una persona tan compleja y dada a enemistarse con sus compañeros de profesión. Kinski ha sido un personaje dentro y fuera del mundo del cine, su personalidad irascible y su temperamento irrefrenable le ayudaron a meterse en la piel de personajes atormentados, monstruosos e inestables, pero también provocó que su vida privada no fuera ejemplar. Se creó una imagen exterior que, favorecida por su aspecto físico, le convirtió en un ser indeseable y con el que pocos directores quisieron volver a trabajar. Werner Herzog fue una de las pocas excepciones. En desmontando a Klaus Kinski repasamos los puntos claves de su carrera y de su propia personalidad.

Klaus Kinski

A Klaus Kinski le tocó criarse en la posguerra alemana en la ciudad de Berlín -nació en Dánzig en octubre de 1926- y, siendo muy joven, tuvo que participar en la Segunda Guerra Mundial tras ser movilizado por las juventudes nazis. Acabó preso en un campo de prisioneros tras ser capturado por el ejército británico, pero cuando el conflicto concluyó pudo dedicarse al mundo del teatro, donde se impregnó del arte de la representación en vivo y de los movimientos teatrales surgidos tras la gran guerra: el arte abstracto, el expresionismo y el teatro del absurdo. Tras ganarse una cierta reputación por su personalidad histriónica y sus viscerales representaciones, Kisnki se dio cuenta de que el dinero estaba en el mundo del cine.

Poco a poco fue apareciendo en diversos filmes, mostrando un desprecio absoluto por la calidad de las producciones en las que participaba; por lo cual, repasando su filmografía, encontramos muchas películas de baja calidad y auténticos bodrios. Es célebre una frase suya reflejando su actitud frente al negocio cinematográfico:

Soy una prostituta. Hago esta basura por el dinero, nada más

Klaus Kinski adquirió fama gracias a sus primeros papeles, con los que se especializó en personajes malvados y excesivos. Su gestualidad, su voz rechinante y sus ojos alucinados y ojerosos le ayudaron a encadenar papeles secundarios en una multitud de películas en sus primeros años de carrera. En sus inicios, trabajó mucho con el alemán Alfred Vohrer, un director especializado en el cine de suspense, pero los primeros filmes destacables de su carrera fueron Per qualche dollaro in più, de Sergio Leone, y Doctor Zhivago, de David Lean. En ambas películas, producidas en 1965, se encargó de roles secundarios: un villano en el filme de Leone y un anarquista disidente y exaltado en la de Lean.

Tras unos años muy fructíferos en el cine europeo, momento en el que colaboró con una multitud de directores italianos y con el recién fallecido Jesús Franco, comenzó su relación con Werner Herzog, a quien conocía desde su juventud. Del binomio entre el director y el actor alemán han nacido películas espléndidas, que son también el reflejo de una relación bizarra, tormentosa y muy violenta. La primera colaboración fue Aguirre, la cólera de dios (Aguirre der Zorn Gottes), en 1972. Kinski dio vida a al conquistador español Lope de Aguirre, que exploró el río Amazonas a la altura de Perú buscando El Dorado. Aguirre ha pasado a la historia como una de los mejores filmes de Herzog y, posiblemente, la mejor interpretación de Kinski, pero también como un rodaje lleno de conflictos e incluso intentos de asesinato. Así como el personaje Lope de Aguirre perdía la cabeza por culpa de su ambición desmedida, que le convertía en un ser irascible y despediado, el actor sacó de quicio a todo el mundo por culpa de su personalidad incontrolable y sus aires de divo. Quien mejor ha contado sus ataques de rabia fue el propio Herzog en el documental Mi enemigo íntimo (Mein liebster Feind).

Tras hundirle el cráneo al secundario Justo González en la escena que acabamos de ver y tras disparar con munición real contra un grupo de extras, el ambiente que se respiraba contra Kisnki era tóxico. Tanto es así que, en el documental, Herzog cuenta como varios indígenas le ofrecieron asesinar al actor si él daba su consentimiento. El director no accedió, aunque ha llegado a reconocer que ambos llegaron a planear asesinarse mutuamente.

Werner Herzog ha afirmado que los insultos y los problemas surgidos en Aguirre solo fueron una maniobra publicitaria pensada para promocionar la película, pero es evidente que la mayor parte tiene una base de realidad. Kinski no solo disfrutaba maltratando y faltando el respeto a los miembros del casting, también solía poner en duda las decisiones y las capacidades de Herzog como director, catalogándole de rencoroso, envidioso, sádico, chantajista y cobarde. El propio cineasta explica en esta entrevista como conseguía reconducir todas estas emociones dañinas en favor de su película.

Cuando Kisnki se ponía completamente histérico, intentábamos empezar a rodar lo antes posible. Él daba algo que, quizás, ningún actor del mundo habría sido capaz de dar en escena.

Klaus KinskiEl vínculo que unía a Herzog y Kinski estaba a medio camino entre el odio profundo y la admiración. Del ingenio de uno y de la facilidad para interpretar a personajes extravagantes del otro nacieron grandes películas: Woyzeck (1978), Nosferatu: Phantom der Nacht (1979), Fitzcarraldo (1982) y Cobra verde (1987). Muchos le recordarán como el vampiro más andrógino y creíble de la historia del cine o como el soñador y excéntrico hombre de negocios obsesionado con la ópera de Fitzcarraldo, capaz de atravesar una montaña con un barco. La fructífera relación profesional acabó con Cobra verde, en plena eclosión de odio hacia la humanidad y hacia sus compañeros de profesión por parte de Kinski.

Después, el actor se embarcó en el proyecto más personal de su vida: Kinski Paganini (1989). Una película que cuenta la historia de Niccolo Paganini, El Diablo del Violín; un músico con el que Kinski se sintió tremendamente identificado por su forma de vida llevada al extremo.

Klaus Kinski murió a los 65 años, pero tuvo tiempo de escribir sus memorias, tituladas Ich bin so wild nach deinem Erdbeermund (Ansío salvajemente tu boca de fresa), donde incluso contó algunas de sus aventuras sexuales con mujeres menores de edad. Más leña al fuego de su leyenda de obseso sexual y proclive patológicamente a proferir obscenidades. Todo ha cobrado otro cariz este mismo año, cuando su hija mayor, Pola Kinski, ha afirmado en su autobiografía que su padre abusó sexualmente de ella durante toda su niñez y la adolescencia.

Le daba igual que dijera que no quería, sencillamente se apropiaba de lo que quería. Cuando le veo en sus películas siento que era exactamente igual en el cine que en casa.

Según su hija, Klaus Kinski "daba por supuesto que podía saltarse cualquier norma" social o moral. Una confesión que no hace más que alargar la sombra de un hombre enfermo y atormentado, con una psicopatía diagnosticada, pero que supo volcar ese torrente de emociones en la interpretación de sus mejores personajes. Como actor será recordado, como persona es mejor no juzgarlo, sus actos hablan por sí mismos.