Pocos vestigios quedan en el cine de Thomas Vinterberg de su etapa Dogma, cuando presentó aquel perturbador film que ganó el Premio del Jurado de Cannes de 1998, Festen (Celebración). Este film estaba filmado de acuerdo con los presupuestos estéticos del dogma, y con iluminación natural, ausencia de música extradiegética, sonidos naturales y cámara siempre al hombre, mostraba los efectos perjudiciales que provoca el mantenimiento de un secreto en la familia: los abusos sexuales de un padre a su hijo. Y es que dentro de la familia, todas las relaciones se tejen en torno a ese secreto, o más bien en torno a su ocultamiento, hasta que el hijo lanza la bomba de los abusos sexuales en una comida familiar, provocando el estupor y el desmoronamiento de la estructura familiar. Desde ese turbio film, Vinterberg ha limado sus presupuestos estéticos, y en una tensión entre Dogma y un cine más convencional se presenta Jagten (La caza), su última película.

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Porque La caza mantiene algunas de los estilemas que introdujo en su obra maestra, y que constituyen los rasgos más interesantes de su propuesta: continúa con esa cámara al hombre, con movilidad continua, golpeando a los personajes en cada acontecimiento y sumergiéndonos en los conflictos que se construyen en su psique. Y esta cámara está atada al argumento turbulento que plantea: un profesor es falsamente acusado por una niña de abusos sexuales, pero el pueblo cree antes a la joven y comienzan a linchar y marginar al profesor, quien vive un proceso de marginación y descenso a los infiernos. Así, forma y fondo están unidos en cuanto a que una violenta e íntima historia se construye mediante una cámara violenta en cuanto a su movilidad, que permite una sumersión en el visionado, dejando casi sin respiro al espectador. Y, además, cuenta con la gran presencia de Mads Mikkelsen como protagonista, quien se alzó con el Premio al Mejor Actor en el festival de Cannes de este año por su intensa interpretación.

La caza pretende demoler ese antiguo refrán que afirma que “los niños y los borrachos siempre tienen la razón”; al menos, pretende derrumbar el primer sujeto de la oración, y desconfiar de la palabra del niño, despojarla de autoridad para el derecho penal. Pero el planteamiento del film va más allá de esta simple cuestión: es la palabra el eje de la crítica de La Caza, la autoridad que toda palabra, aunque sea sin argumentos sólidos o racionales, lleva adherida a su propia verbalización. Una palabra siempre crea efectos: no se difumina en el aire en su propia pronunciación, sino modifica el mundo. Y la crítica de La caza se encamina hacia esa credulidad social de la palabra: la emisión de una opinión se toma, en ocasiones, como verdad, y provoca el cercamiento de individuos sujetos a su juicio.

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Pero para la existencia de una palabra autoritaria, es preciso la existencia de una comunidad, donde cada individuo integrado dispone de poder dialéctico; así, lo más destacado del film es presentar el conflicto de la pederastia falsa en un pequeño poblado danés, donde todos los miembros se apoyan mutuamente y se unen para expulsar al extranjero. Y, a la vez, al señalar la procedencia foránea del profesor, se estimula una interpretación de rechazo al diferente, pues los habitantes crean rumores que perjudican su persona, en un reverso siniestro de lo que ocurría al comienzo de El festín de Babette (también en un pueblo danés). Esta idea de la palabra es la que también tejía Festen, pues la palabra del padre se imponía sobre la del hijo, quien era expulsado de la mesa para evitar la emergencia de la verdad. Así, en ambos films parece señalar que una mentira puede vestirse de verdad si hay condiciones de proximidad o jerarquía que le otorguen autoridad: si una mentira nace de la comunidad, y en concreto de sus estamentos más altos (el padre de la familia) o más inocentes (el niño), es fácil su conversión en verdad objetiva.

Pero ése es, también, el problema de la película: no es un film pegado a la realidad, sino a ciertos arquetipos narrativos ya existentes. Vinterberg ha cogido un relato clásico, el extranjero expulsado, y ha erigido su película, pero no ha surgido de una observación de un caso ni de acontecimientos reales y cotidianos, sino de su contrario: todo parece haber sido creado desde la propia mente, desde la idea desconectada con la realidad. Así, el resultado es la sucesión de numerosos estereotipos en la trama, que se corresponden con las fases de la marginación y de descenso a los infiernos: todos los hechos que vemos tienen un eco de otras narraciones, nada parece ser novedoso. Así, sus animales sufren ataques de los vecinos, como podemos ver en Primera Memoria, de Ana María Matute, sobre los efectos de la guerra civil en el conglomerado familiar, por poner un solo ejemplo. O el personaje sufre un juicio en la iglesia, espacio clave de la moral de la comunidad y recurrente en exceso para estos hechos. De este modo, la idea predomina sobre lo real, y así el estereotipo se impone en ocasiones.

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Además, Vinterberg recurre a música extradiegética para animar el film, y resuena a veces en exceso, casi colmando algunas carencias de la trama. De hecho, el film comienza con Moondance, de Michael Bublé, mientras varios miembros de la comunidad se bañan en un lago; de este modo, una música de corte estadounidense, de jazz, contrasta en exceso con la naturaleza danesa, pero no crea un contrapunto, sino una disonancia: el sentido no se densifica con este recurso, sino que se diluye. Son estos ejemplos y la inclusión de ciertos clichés lo que provocan que un relato turbulento, que provoca conmoción, pierda vigor y se haga más amable: un dogma más puro hubiese logrado resultados más efectivos.

4 estrellas