Si es que sigue adelante con su amenaza de abandonar el cine, Side Effects no sólo será la última película dirigida por Steven Soderbergh, sino la última que estrena en salas comerciales, dado que Behind the Candelabra va finalmente destinada a la pantalla chica. Envuelta en apariencia de thriller psicótico (más que psicológico), con pretensiones de denuncia hacia la industria farmacéutica, estos Efectos secundarios a los que alude la película -y como se les ha denominado en España-, se volverán en contra del mismo relato, pues ni llega a ser una cosa ni la otra: Lo que sí consigue es erigirse como una muestra más de la gélida obra de un cineasta ¿superdotado? que no ha realizado otra cosa que espectaculares y preciosos bluffs.

Cartel para la crítica de Efectos seundarios

Lo de superdotado lo digo porque Steven Soderbergh lo sabe hacer (casi) todo. Sólo en Side Effects cumple tanto las funciones de director de fotografía, encubierto bajo el alias de Peter Andrews, o de montador, escondido bajo el de Mary Ann Bernard. Y suerte tienen Thomas Newman de habérselas apañado para hacer la banda sonora o Howard Cummings para contribuir con un precioso y estupendo diseño de producción, aunque un tanto inconexo con la realidad de los personajes. Tampoco ha tenido problemas Scott Z. Burns para entregar su guión dado que es un colaborador habitual del director en filmes previos como The Informant! (2009) o Contagion (2011), compartiendo con ésta última muchos puntos en común, tanto en su forma, como en su contenido.

Dos son las principales lacras que terminan por ahogar el discurso de Side Effects: el abuso del estereotipo y la demonización irresponsable. Cierto es que cuando hablamos de una película de género, deberíamos considerar que va de la mano del cliché, pero cuando hablamos de un cineasta que se supone autor y que siempre ha manifestado su desacuerdo con la producción industrial de Hollywood, un servidor espera algo mínimamente más personal y profundo. Pero basta fijarse a la caracterización de algunos personajes, como el de Catherine Zeta-Jones, que cumple a la perfección el estereotipo de lo que representa, que no voy a mentar ahora para no fastidiarles los previsibles giros de la película.

Basta como ejemplo la elocuencia de una de las primeras secuencias de la película para aclarar cómo éste síntoma se extiende hacia el relato y sus personajes. Me refiero a aquella en la que hace aparición por primera vez el personaje interpretado por Jude Law, un psiquiatra británico que habla francés. Ese nivel cultural, tan superior al estadounidense medio (a los británicos altos) le permite entender las palabras de un enajenado custodiado por un policía, quien ante las explicaciones del doctor Banks, no tiene otra explicación al comportamiento del reo, considerando que está 'loco'. El doctor le corrige enseguida explicando que no está loco, está angustiado, sufre. Lo que no entiendo es que con la misma rapidez con la que el ignorante policía dictaminaba la locura de alguien que se comporta de una manera que no entiende, acaba Steven Soderbergh retratando a sus propios personajes. Porque Emily Taylor acaba pareciendo al final más una loca desquiciada que una mujer deprimida. Y eso lo consigue única y exclusivamente a través del uso del estereotipo más odioso de lo que podría ser una persona enferma.

Jude Law en Side Effects

Después está la demonización, esa que se ejerce, primero por el psiquiatra que le ha suministrado un fármaco determinado y, por extensión, sobre la industria farmacéutica, que hace medicamentos que tienen ¡¡efectos secundarios!! ¿Acaso tendrían que dejar de producir fármacos sólo por sus efectos secundarios en determinadas personas cuando son beneficiosos en otras? ¿Pretende decirme que es el médico el culpable de una muerte sólo porque a su paciente le recetó un medicamento que no le sentó bien? Claro, y el presidente del gobierno tiene la culpa de absolutamente todo lo que pase bajo su mandato. El dilema se cae por su propio peso a medida que avanza la acción y comprobamos que aunque traten de hacer parecer la película como una obra seria sobre la influencia de las drogas farmacéuticas en el ser humano, al final no es más que la enésima vulva de tuerca a una fórmula ultra desgastada.

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Cierto es que los aspectos visuales de la película están muy logrados, por bonitos, más que por adecuados, y las interpretaciones de los protagonistas resultan más o menos convincentes, a excepción de Catherine Zeta-Jones que parece estar en todo momento en una fiesta de disfraces sin acabar de sentirse cómoda, aunque también es cierto que no representan más que un estereotipo de la imagen de sí mismos. Quizás lamentar, de una vez por todas, que un actor en su día tan prometedor como Jude Law, se haya quedado en casi nada. Side Effects no consigue ni alcanzar un momento de verdadera tensión dramática ni de suspense, tampoco transmitir el sentimiento de impotencia que experimenta algún personaje en algún momento ni plantear los dilemas por los que sobrevuela su argumento. ¿Acaso estaba el director bajo medicación y por eso su película se quedó sin emociones? ¿O pretendía hacer una película con la que transmitir realmente lo que siente una persona habituada a loas antidepresivos? Porque en ese caso también falla.

Catherine Zeta-Jones en Side effects

En un panorama creativo tan desolador, me parece hasta graciosa la cita a Psycho, la famosa película dirigida por Alfred Hitchcock en 1960. Cuando el mago del suspense se anticipaba a la afición vouyerista de su protagonista por las huéspedes de su hotel, comenzaba la película con un plano en el que la cámara sobrevuela los edificios de Phoenix para ir a fijarse en una ventana determinada, como si se estuviera preguntando lo que allí está pasando y penetraba, como de una manera ilícita, en la intimidada de sus protagonistas. Siguiendo este mismo impulso, Steven Soderbergh comienza Side effects de la misma manera, aunque ninguno de sus personajes sea precisamente un voauyeur, atreviéndose además a cerrar la película con el plano inverso. Espero que sea realmente una premonición del cierre verdadero de su filmografía y ésta sea su última película.

2 estrellas