Harmony Korine es célebre por la construcción de personajes al margen, incapaces de adaptarse al sistema y que muestran su disconformidad a través de su actitud excéntrica, como los jóvenes marginales de Gummo o Trash Humpers o el protagonista con esquizofrenia de Julien Donkey-Boy. Pero en Spring Breakers, su propuesta estética ha variado, pues sus protagonistas no son, ya, los márgenes, sino su epicentro. Y es que el film sigue las vacaciones de cuatro jóvenes estudiantes adaptadas al sistema, que desean el desenfreno durante una semana como forma de evasión, y para ello, se ven obligadas a robar un establecimiento para obtener el dinero con que sustentar su viaje.

crítica de spring breakers

Así, la crítica de Spring Breakers al sueño americano parte, no se las frustraciones que conlleva, sino de su realización hasta sus últimas consecuencias: las jóvenes de Spring Breakers muestran, por el exceso de perseguir la utopía de juventud y experiencia vital que la ideología estadounidense transmite, la decadencia del propio sistema. El mérito de Korine es mostrar el hundimiento de su sociedad desde su éxtasis, desde el foco al que se dirige directamente su ideología.

Spring Breakers no pretende ser un estudio psicológico de la juventud americana. Es, en realidad, un experimento fílmico y sociológico. Porque Korine tome a las chicas de la factoría Disney y a su propia esposa, Rachel Korine, y las filma en el éxtasis orgiástico: su idea es, también, tomar el culmen de la inocencia que transmite Disney y tratar de revertirla a través de lo que Disney oculta, el sexo y el desenfreno. Porque Disney camufla su discurso antitético en su seno, como algo adherido a él aunque lo eluda en su representación: nadie ya es capaz de creer las ideas de la factoría, y sus discursos se asumen siempre con un distanciamiento, con la asimilación inconsciente de su contrario. Y Korine saca a la luz todo ese trasfondo oculto a través de las protagonistas que lo encarnan, las chicas Disney: Selena Gomez, Vanessa Hudgens y Ashley Benson. Así logra crear un discurso de transgresión social a través de la introducción de iconos pop del triunfo, como ya hizo David Cronenberg en Cosmópolis con Robert Pattinson.

crítica de Spring Breakers

Una de las mayores virtudes del film de Harmony Korine es la comparación, a través del montaje, de dos estilos de vida contrapuestos: el cristianismo al que se aferra Faith (el nombre requiere de pocas explicaciones, no es muy críptico) y la explosión festiva de las vacaciones de primavera en Miami. Porque Korine ubica las dos experiencias en la primera parte del metraje, y hay flashes en mitad de la fiesta que aluden a los rezos de Faith. De este modo, por medio de una comparación, produce dos efectos, destruye y construye, derrumba y erige. Por un lado, desmorona la posibilidad de trascendencia a través de la fe, pues advierte que, como el paréntesis festivo en Miami, es otra ficción humana, otro constructo para encontrar el sentido. Por otro lado, sublima el rito orgiástico de la fiesta pues al compararlo con la religión, le atribuye la misma capacidad de elevación que tradicionalmente se asimila con la creencia.

Y, de hecho, el guión enfatiza tal irrupción de la transmutación del sujeto a partir de la experiencia narcótica y el éxtasis de la electrónica. A través de una voz en off omnipresente, que enhebra todo el film mientras se suceden imágenes de fiesta con el sonido amortiguado, un poco al estilo de Tree of Life pero con desnudo femenino, las jóvenes señalan que estas vacaciones les han servido como una mutación de su sentido del mundo. Y es que la música electrónica, con su ritmo casi fisiológico, de pálpito de corazón, e ininterrumpido, les permite descubrir unos ritmos del mundo, que trascienden al sujeto individual: el sujeto se diluye en la sonoridad de música electrónica que no cesa, pierde las fronteras de su piel a través del aparato auditivo y la vibración constante, así se forma un ambiente dionisíaco en el sentido de Nietzsche, de pérdida de la individuación en favor de una experiencia de lo informe, de la fusión con el otro.

Crítica de Spring Breakers

Harmony Korine sabe que, para esos jóvenes, hay una especie de misticismo en su experiencia, y lo filma como tal: la película puede verse a dos niveles, a un nivel narrativo, a un nivel puramente formal, como una sucesión de formas, tintadas de colores de neón y fluor, que se suceden en la pantalla mutando en múltiples concreciones diferentes. Hay una proximidad con la abstracción plástica, a través del color, que permite visionar el film a través de una experiencia puramente del instante, sin ahondar en la narrativa. Es una abstracción lograda a partir de la figuración a través de la continuidad y discontinuidad de los colores, como si asistiésemos a una suerte de expresionismo abstracto fílmico. Además, el montaje sigue el ritmo de la música electrónica, los planos duran fragmentos de piezas de música, y así se transporta esa experiencia de trascendencia al propio espectador, gracias a las composiciones plásticas y rítmicas. Además, la voz en off con ralentíes simula, en general, el fluir de la conciencia en un estado narcótico o en una sumersión en el epicentro de una discoteca.

Crítica de Spring BreakersEl film no termina ahí, porque Harmony Korine quiere filmar la posibilidad de que el sueño americano se transforme en pesadilla a través del exceso en su puesta en práctica. Porque Harmony Korine introduce un nuevo personaje, Alien (su nombre ya lo dice también todo), interpretado por James Franco, un narcotraficante y rapero que les saca de la cárcel, y cuyo estilo de vida resulta de una extremación del sueño americano: ser emprendedor desde la máxima individualidad, utilizando los medios que la sociedad pone a tu disposición, en este caso las armas. Es la transposición del mafioso del género del gangster en la postmodernidad, y permite ver cómo la acumulación del discurso del éxito lleva a su reverso oscuro, al crimen. Así, las jóvenes que buscaban el sueño americano se encuentran con él en su exceso perverso, que las seduce y lleva al mundo de la violencia. Por eso, se contraponen dos sueños americanos, el de la fiesta primaveral y el de la violencia y el narcotráfico, ambos por profundización de algunos ideales de autonomía y trabajo estadounidenses, y en un progreso de descenso a los infiernos.

También irrumpe lo kitsch, especialmente en la escena en la que James Franco toca al piano un tema de Britney Spears, y ellas le acompañan con fundas en la cabeza y pistolas, fundiendo así la sexualidad, la violencia y el éxito en una sublime y grotesca escena junto al mar, donde el pop más comercial se interpreta en un piano de cola inicialmente previsto a obras de mayor tradición artística: se imita la idílica escena de interpretación en piano junto al mar introduciendo la sonoridad del pop más prefabricado. Pero quizá un fallo sea la elección del actor, no a causa de la interpretación del propio James Franco, sino porque el propósito de Korine es provocar repulsión con su personaje, especialmente en la escena en que seduce a la fuerza a Faith mientras llora; pero el problema es que el personaje no resulta repulsivo a la audiencia, porque se reconoce a un James Franco bajo la epidermis del personaje: hubiese causado una mayor conmoción un actor desconocido. De todos modos, es recomendable visitar la sala de cine, pues el film es, más allá de su narración, una experiencia estética, que funde lo sublime, lo kitsch y lo grotesco en una sola capa de celuloide.

4 estrellas